DE TARTESSOS A ROMA. Por Víctor Manuel Galán Tendero.

26.07.2026 11:38

             

              El alba de Tartessos.

              A comienzos del siglo XII antes de Jesucristo las gentes de los yacimientos granadinos de la Cuesta del Negro de Purullena y del Cerro de la Encina de Monachil todavía vivían al modo del Bronce Medio. Sin embargo, se produjeron importantes cambios en el 1150 antes de Jesucristo.

               Ya no se alzaron bastiones al modo de El Argar. Se construyeron casas de planta rectangular, las ovejas y las cabras se hicieron más numerosas, y se emplearon cerámicas decoradas con escisiones.

               Las cerámicas, las armas y las joyas nos ayudan a reconstruir, en la medida de las posibilidades, la vida de los casi quinientos años que median entre el Bronce Medio y el arranque de la Edad del Hierro. No es mucho, especialmente en el Suroeste de la península Ibérica, donde eclosionaría Tartessos. Allí, los pocos poblados se ubicaron en cerros sin amurallar.

               La modestia de este poblamiento, tanto en número como en calidad, ha sido explicada de diversas maneras. Recientemente, se ha atribuido a los efectos de un prolongado período de sequía. Más de una comunidad tuvo que dejar en los valles del Guadalquivir y del Guadiana sus modelos de agricultura intensiva por los de la ganadería trashumante, en estrecho contacto con el interior peninsular. Los citados cambios en los yacimientos granadinos indicarían el mismo camino. Paralelamente, se intensificaron los contactos con las comunidades del Bronce Atlántico.

               Las estelas de guerreros del Oeste de Extremadura y del interior de Portugal, con las espadas de lengua de carpa y los escudos escotados, se han asociado a la aparición de aristocracias guerreras. Atentas a la consecución de botín, sentían predilección por los torques, los brazaletes y los pendientes de oro macizo. Sus gentes empleaban una cerámica elaborada con hornos de cocción reductora, dando a sus cazuelas un aspecto metálico.

               Este mundo, relativamente sencillo, terminaría de cambiar con la llegada de unos avezados navegantes y comerciantes del Mediterráneo oriental, los fenicios, apareciendo la cultura tartesia.

              Los fenicios llegan a la península Ibérica.

              A finales del siglo IX antes de Jesucristo los inquietos navegantes fenicios alcanzaron la ría de Huelva, entre el Tinto y el Odiel. Buscaban metales tan preciados como la plata, muy necesarios para la economía y la estabilidad social de los grandes poderes estatales del Oriente Próximo.

                En las cimas y laderas alrededor de la ría se había ido estableciendo a lo largo del tiempo una población local que no hizo ascos a los recién llegados. Los comerciantes y artesanos fenicios fueron acogidos con hospitalidad, pues sus objetos y servicios atrajeron muy tempranamente el gusto de los aristócratas locales, que no titubearon en poner a trabajar en labores de extracción minera a las gentes de sus comunidades y aldeas. Así se originó la sugerente Tartessos, la confederación de gustos orientalizantes que tan activamente participara de las grandes rutas del comercio entre el Mediterráneo y el Atlántico.

                Fenicios y tartessios aprendieron a convivir juntos, adoptando los segundos la metrología del shekel. Las torteras y tahonas de cuño oriental indican a las claras la importancia de la aportación fenicia, que se avino a emplear vasos de factura local.

                En la estratégica desembocadura del Guadalquivir, ruta de acceso hacia el interior peninsular, los fenicios fundaron en la primera mitad del siglo VIII antes de nuestra era otra grande de nuestra Historia Antigua, Gadir, la magnífica ciudad que acogió el templo de Melqart, el llamado Heracles fenicio. Algunos autores se han inclinado más por las pesquerías del atún que por el intercambio a la hora de explicar los motivos de su establecimiento.

                No se conformaron los hijos de Fenicia con la campiña cercana a Gadir, y pusieron sus ojos en los fondeaderos del litoral de la actual provincia de Málaga a lo largo del mismo siglo octavo. A diferencia de lo sucedido en la ría de Huelva, allí los orientales no se encontraron con gentes prestas a anudar una serie de intercambios de negocios y humanos. Ganaderos de las sierras circundantes, dejaron a los fenicios un territorio de elevado valor agrícola y muy atractivo a la hora de fijar las principales vías de comunicación entre los puntos de su círculo.

                El emplazamiento de Morro de Mezquitilla fue el primero de su género, seguido del de Toscanos al finalizar la centuria en la desembocadura del río Vélez. Se dotó la fundación de fortines protectores, capaces asimismo de estructurar el territorio. A principios del siguiente siglo le llegó el turno a Malaka.

                Las tumbas de cámara de Trayamar nos transmiten la historia de personas orgullosas de su linaje fenicio, que se preciaban de emplear en sus libaciones rituales los vasos de alabastro de factura egipcios, asociados con la realeza de naturaleza religiosa. Con precisión Ana Delgado ha distinguido entre este grupo fenicio, que caracteriza de colonialista, y el Huelva-Cádiz. Gracias a los hallazgos arqueológicos y a su meticulosa interpretación cada vez más conocemos mejor a tan singular grupo humano, antecedente de los libio-fénices, cuyos patrones de asentamiento han sido acertadamente comparados con los del África púnica.

              Los graníticos guerreros galaicos.

              Al Noroeste de la península Ibérica floreció la cultura castreña, con un perfil más urbano del que se había supuesto inicialmente, según vimos en Los señores del Finis Terrae en esta misma publicación. Esta cultura experimentó una importante evolución desde el siglo VII antes de Jesucristo al comienzo de la Era cristiana, cuando los romanos ya impusieron su dominio en toda Hispania de una forma u otra.

                Una de sus manifestaciones más conocidas fueron las estatuas de guerreros, de los pueblos galaicos, particularmente en el territorio del convento o demarcación provincial romana de Braga, donde se han localizado una veintena de piezas con una gran homogeneidad a nivel general, pese a que a veces encontramos en algunas estatuas detalles singulares. Las estatuas se elaboraron en granito, demostrando un consumado dominio en muchos casos del arte de la escultura. Sobre los artesanos y sus posibles talleres sabemos poco, si fueron itinerantes o no, aunque a veces se asocian a núcleos urbanizados, como la citania de Sanfins.

                Sus dimensiones alcanzan habitualmente la altura de un hombre y procuran recrear la figura humana con realismo contenido. Algunas estatuas se han encontrado sin cabeza y sin pies, lo que no parece responder a priori a ningún ritual.

                Los varones representados adornaron su cara con barbas y bigotes que parecen recordar las imágenes más habituales de los celtas, si bien la reciente investigación no se muestra tan concorde a la hora de vincular a los galaicos con el celtismo. Sus ojos saltones parecen avanzar los de algunas imágenes románicas.

                No todos los guerreros se cubrieron con el casco, pero sí se adornaron con torques y brazaletes según usos del lujo del prestigio político de los pueblos de la protohistoria europea. Vestían ropas escotadas en forma de V, ceñidas por cinturones. Los guerreros no visten ni se protegen con armaduras, lo cual puede denotar tanto una manera de combatir ágil y ligera como una forma de vestirse con lujos mundanos alejados del campo de batalla.

                Demuestran que los representados son guerreros por sus armas, como el puñal o la espada, así como el escudo redondo o caetra, también representado en las monedas de época alto-imperial acuñadas en la ceca de Lugo. Las piernas de los representados se cubrían con polainas, lo que se acerca a los guerreros que combatieron en las llamadas guerras cántabras, en la que los pueblos de la cornisa cantábrica quedaron sometidos por Roma.

                Sintomáticamente en varias estatuas se gravaron inscripciones latinas dedicatorias, lo que se inserta en el ambiente romanizador de principios de la Era cristiana. Tales inscripciones se acercan a las de puentes y obras públicas dignas del evergetismo de los grupos rectores de las ciudades hispanorromanas.

                La interpretación ha sido dificultosa. Se ha llegado a postular un significado funerario, pero recientemente se ha defendido su carácter votivo, de homenaje a los grandes capitostes que dominaban las comunidades galaicas, que ya pactaron con gusto con Roma. El carácter romanizado de las tierras gallegas se hizo patente en los siglos siguientes. Las estatuas de guerreros fueron uno de sus miliarios. 

              Los guerreros vetones de la Ruta de la Plata.

              Desde la Edad del Bronce las rutas de comercio enlazaron los países de la fachada atlántica europea desde las islas británicas al Sur de la península Ibérica. Fenicios y griegos supieron obtener buen provecho de ello a través de sus asentamientos mediterráneos.

                La que con el tiempo fue conocida como la Ruta de la Plata desempeñó un papel esencial en la evolución social y cultural del Oeste peninsular. Las poblaciones de fines del Bronce y comienzos del Hierro consolidaron la ocupación del territorio, lo organizaron con criterios cada vez más eficaces y diversificaron sus actividades económicas.

                Hoy en día los historiadores insisten más en esta evolución que en la llegada de pueblos invasores de cultura celta para explicar la etnogénesis o formación de los vetones, que coinciden con la segunda etapa arqueológica de las Cogotas.

                Autores como Estrabón y Plinio se ocuparon muy posteriormente y de manera muy puntual de los vetones, cuya definición dista de ser sencilla. Tradicionalmente se les ha considerado un pueblo guerrero que no entendía la idiosincrasia de los romanos, pero la arqueología nos ha descubierto un territorio jerarquizado en las actuales provincias de Ávila y Salamanca y parte de las de Cáceres y Badajoz que atestigua el poder de unas aristocracias guerreras, quizá divididas en Estados rivales, al estilo ibero, pese a compartir una serie de rasgos culturales.

              Entre los siglos V y II antes de Jesucristo se desarrolló la cultura de los vetones, finalmente diluida en la romanidad con matices. Entre sus manifestaciones más sobresalientes estuvieron sus núcleos de residencia y sus estatuas de animales.

                Los primeros por comparación han recibido el nombre de castros u oppida, lo que sugiere que se trataba de pequeñas ciudades que controlaban un territorio más o menos extenso. Las más destacadas se emplazaban en Yecla de Yeltes, Ciudad Rodrigo, Salmantica, Alba de Tormes y Béjar.

                Justa fama ha alcanzado el yacimiento de Cogotas, antiguo emplazamiento vetón cercano al río Adaja, emplazado en el término de la abulense Cardeñosa, al Noroeste de la capital provincial. Su primer recinto data del siglo IV antes de Jesucristo y acogía a una importante población, coronada por una acrópolis y protegida de las incursiones de la caballería por un campo de piedras hincadas en el acceso de la puerta principal. Más allá de las murallas se extendía una necrópolis de campos de urnas, práctica funeraria que ha sido asociada con la expansión de una agricultura necesitada de más campos de labranza.

            La población creció y entre los siglos III y II antes de Jesucristo se estableció un nuevo recinto, que además de acoger población disponía de espacios destinados a la producción alfarera y a la ganadería. La importancia de la segunda entre los vetones se refleja en las figuras de los verracos o estatuas de animales que podrían servir para marcar la hitación del terreno, entre otras funciones.

              Los vetones se vieron envueltos en la campaña de Aníbal contra los vacceos y en las luchas de la conquista romana su nombre no tuvo la resonancia de los lusitanos o de los celtíberos, quizá porque sus problemas sociales fueran menores. Poco a poco la Ruta de la Plata y sus gentes se integraron en el sistema romano.  

              La forja de los lusitanos.

              Uno de los pueblos que más dio que hacer a los conquistadores romanos en la península Ibérica fue el de los lusitanos, dirigidos por jefes tan emblemáticos como Viriato. Los autores greco-latinos nos han transmitido numerosas noticias sobre sus combates con Roma y sobre sus costumbres, pero ha sido la paciente labor de la arqueología la que ha iluminado sus complejos orígenes, su formación, la de unas gentes con la cultura material de los celtas atlánticos.

               Para explicar su sustrato cultural, nos podemos remontar al VI milenio antes de Jesucristo, cuando se introdujo la agricultura en el territorio que ocuparían los lusitanos, donde eclosionaría la cultura megalítica entre los milenios V y III.

               Al comienzo del -III milenio, en la Edad del Cobre, se registró un importante crecimiento demográfico. Aparecieron también grandes poblados y tumbas monumentales, a la par que los territorios de montaña fueron colonizados por grupos de pastores. A mediados de aquel mismo milenio, coincidiendo con el final de la Edad del Cobre, llegaron gentes procedentes de las llanuras del Este europeo, asociándose al fenómeno del Vaso Campaniforme. Asimismo, las gentes de la cultura de los Campos de Urnas extendieron al finalizar el milenio el rito de la incineración y el uso de lenguas indoeuropeas

               Así se formaron los grupos proto-lusitanos, extendiéndose desde el Miño a Sierra Morena. Vinculados al Bronce Atlántico, conservaron de su sustrato cultural la devoción por una Diosa Madre de raigambre neolítica y el culto de las peñas sagradas. 

               Entre el 2000 y el 1750 antes de Jesucristo aparecieron en depósitos rituales en rocas, cuevas o aguas armas como puntas de jabalina al estilo de Palmela y puñales de lengüeta, además de joyas de oro, brazaletes y estelas de guerreros idealizados, comparables a las del Norte de Italia o las ucranianas. No es nada casual que el nombre Viriato significara el portador de viria o brazalete.

               Los análisis polínicos del -II milenio acreditan un aumento de la deforestación, con condiciones climáticas más cálidas y secas, que posibilitaron la formación de dehesas y prados aptos para el pastoreo y el cultivo de cereales como la cebada. Entonces, los pequeños poblados ganaderos tomaron el relevo de los más grandes de tiempos precedentes.

               Desde el siglo -XIII se acentuaron los contactos con los mundos atlántico y mediterráneo.  Al finalizar el segundo milenio antes de Jesucristo aparecieron los castros, que controlaban un territorio de cultivos, pastos y explotaciones mineras, como las de casiterita para obtener estaño y las de oro aluvial. El hierro se introdujo desde el intenso universo del Mediterráneo, junto a la costumbre de los banquetes rituales. Territorios como los de la Alta Extremadura llegaron a estar bajo el influjo de Tartessos.

               Paralelamente, cesó entre los siglos VII y V antes de Jesucristo la elaboración y circulación de objetos del Bronce Atlántico. Mientras se consolidaba en el Norte la llamada cultura castreña, los contactos con Tartessos y los fenicios se fortalecieron en el Sur. La Ora marítima ya se hace eco de los lusitanos.

               Al finalizar el siglo -V las presiones entre los pueblos celtas se intensificaron, dando pie a movimientos de conquista, en un mundo de casas rectangulares y tumbas de incineración de guerreros, en el que eclosionó una verdadera aristocracia de jinetes.  

               Los lusitanos fueron presionados militarmente desde el Este por los celtíberos, que impusieron sus formas gentilicias y clientelares en el territorio de los vetones, que había formado parte del sustrato cultural lusitano, como acreditan sus saunas. Tal presión sería una de las razones de la belicosidad de los lusitanos, bien patente en sus incursiones hacia las tierras turdetanas y en sus combates contra el poder romano.

              Los griegos tratan de imponerse en el Mediterráneo Occidental.

              La cuenca occidental del Mediterráneo atrajo a navegantes y comerciantes del oriental desde comienzos del segundo milenio antes de Jesucristo. Los fenicios entablaron relaciones con Tartessos, pero los griegos no quisieron quedarse atrás. A mediados del -VIII los calcídicos llegaron a la isla de Ischia y a la campana Cumas un poco después. Buscaban acceder a las riquezas mineras de la emergente Etruria al modo de los fenicios con las de Tartessos.

               Una vez asentados allí, en una verdadera cabeza de puente, los griegos quisieron controlar los accesos del estrecho de Mesina con la fundación de Zancle y Rhegion (Reggio Calabria). Como es bien sabido, la colonización griega no respondía a un movimiento único, pues en la misma tomaron parte distintas polis. Corinto fundó en tierra siciliana Siracusa, al igual que los rodios Gela a inicios del siglo VII antes de Jesucristo. Los dorios establecerían Akragas (Agrigento) una centuria más tarde.

                Hacia el 600 antes de Jesucristo los focenses fundaron Massalia, la actual Marsella, que comerció profusamente con la Europa del interior, la de la cultura de Hallstatt. A inicios del siglo -VI se establecieron en Ampurias. Sin embargo, sus contactos con Tartessos serían anteriores. El célebre viaje de Coleo de Samos se ha fechado en el 640 antes de Jesucristo. Así lo consignó Heródoto:

              “Como estuvieron ausentes más tiempo del concertado, se le acabaron a Corobio todas las provisiones. Entretanto una nave samia, cuyo capitán era Coleo, y que se dirigía a Egipto, fue llevada a (la isla de Libia de) Platea. Los samios, informados por Corobio de toda la historia, le dejaron víveres para un año, partieron de la isla y se hicieron a la vela deseosos de llegar a Egipto, aunque desviándose por el viento del Este; y como no amainaba, atravesaron las columnas de Heracles, y aportaron a Tartessos, conducidos por divina guía. Era entonces Tartessos para los griegos un mercado virgen, de suerte que cuando volvieron, habían ganado con sus mercancías más que todos los griegos que nosotros sepamos con certeza, después de Sóstrato, de Egina, hijo de Laodamante, porque con éste ningún otro puede contender. Los samios, apartando el diezmo de su ganancia, seis talentos, hicieron un caldero de bronce a manera de cratera argólica, con unas cabezas de grifos que sobresalen del borde; lo dedicaron en el Hereo, sostenido por tres colosos arrodillados, de bronce, cada uno de siete codos de alto.” (Libro IV, 152).

               En los años sucesivos, los focenses consiguieron entablar relaciones amistosas con la aristocracia de Tartessos:

             “Los focenses fueron los primeros griegos que hicieron largas navegaciones y son los que descubrieron el Adriático, el Tirreno, la Iberia y Tartessos; no navegaban en naves redondas, sino en naves de cincuenta remos. Aportaron a Tartessos y se ganaron la amistad del rey de los tartessios, llamado Argantonio.” (Libro I, 163).

               Hacia el -565, además, fundaron Alalia, en la isla de Córcega. En el -525 los focenses pudieron depositar un valioso tesoro en el santuario panhelénico de Delfos, pero las cosas distaron de resultarles fáciles. A la amenaza persa sobre la propia Focea se sumó la hostilidad cartaginesa en el Mediterráneo Occidental.

               Aunque la noticia de Diodoro Sículo sobre la fundación de Ibiza en el -635 ha sido puesta en duda, los cartagineses ya eran una importante potencia naval en el siglo VI antes de Jesucristo, con unos fenicios sometidos al poder persa. Sumaron sus fuerzas a las de los etruscos, y opusieron resistencia a los focenses de Alalia, que habían acogido a gentes de la metrópoli. Hacia el -535 se libró la batalla de Alalia, referida por Heródoto:

              “Después que llegaron a Córcega, vivieron cinco años en compañía de los que habían llegado primero, y edificaron allí sus templos. Pero como saqueaban y pillaban a todos sus vecinos, unidos de común acuerdo los tirrenos (etruscos) y los cartagineses, les hicieron la guerra, armando cada uno sesenta naves. Los focenses tripulaban también sus bajeles en número de sesenta, y les salieron al encuentro en el llamado mar de Cerdeña. Se empeñó un combate naval, y tuvieron los focenses una victoria cadmea: perdieron cuarenta naves y las veinte que se salvaron quedaron inútiles, pues sus espolones se torcieron. Se volvieron a Alalia, y tomando a sus hijos y mujeres, con todos los bienes que las naves podían llevar, dejaron a Córcega y se dirigieron a Regio.” (Libro I, 166).

                El triunfo sirvió de poco a los focenses, y los cartagineses y los etruscos alcanzaron un acuerdo del que se hizo eco Aristóteles en su Política. Se ha supuesto que sería muy similar al del 509 antes de Jesucristo entre Cartago y Roma, insistiéndose en las buenas relaciones comerciales y en el respeto de las respectivas áreas de influencia de cada potencia. Las láminas de oro de Pyrgi, del -500, acreditan la alianza entre Cartago y el principado etrusco de Caere (Cervetari). Los cartagineses asumieron el poder sobre las colonias fenicias de Cerdeña, dando curso a las nuevas relaciones entre las islas tirrenas y Etruria. De hecho, se ha localizado presencia etrusca en la misma Alalia.

               Sin embargo, los griegos no se dieron por vencidos. En el -480 los griegos de Siracusa y Akragas vencieron a los cartagineses en la batalla de Hímera. El tirano Hierón de Siracusa sacó partido de la situación: atacó primero a los cartagineses y más tarde, en el -474, venció a los etruscos en la batalla naval de Cumas. Ofrendó cascos en Olimpia en honor de tal triunfo militar, y los siracusanos se atrevieron a ubicar una guarnición en Pitecusa. También incursionaron en la misma Etruria. Sin embargo, el mar Tirreno no se convirtió en un lago griego o siracusano, pues las grandes potencias prosiguieron luchando porfiadamente por su dominio. 

              La esplendorosa civilización de los iberos.

              El estudio de los iberos nos depara una sensación agridulce. Todavía no conocemos su idioma, que tanto nos aportaría, pero los avances de los estudios arqueológicos y de la historia comparada nos han permitido contemplar la evolución general de la evolución ibera.

                En el siglo VIII antes de Jesucristo aparecieron nuevos centros de población en las tierras del Este de la península Ibérica. Carecían de relación aparente con los de la Edad del Bronce precedente y sus habitantes elaboraron la cerámica a mano, al estilo de la de otras gentes del interior peninsular.

                Estas poblaciones de la primera Edad del Hierro recibieron las influencias de las civilizaciones del Mediterráneo Oriental a través de los inquietos navegantes fenicios, que se concretaron en la emergencia de Tartessos, de gran importancia para comprender la forja de la civilización ibera entre los siglos VII y VI antes de Jesucristo, cuando el comercio de la costa levantina ganó protagonismo al de la Baja Andalucía. La vieja explicación de la procedencia africana de los iberos está hoy desterrada.

                Se ha considerado el siglo V antes de nuestra era como el de la plena configuración de su cultura a través de la constatación en el registro arqueológico de su característica cerámica, la falcata, los instrumentos de hierro y la fíbula anular, elementos presentes en sus poblados y necrópolis. De esta misma centuria datan varias destrucciones de armas en viviendas aristocráticas que cumplirían la función de santuarios gentilicios. El culto a los antepasados, presente en monumentos conmemorativos como el de Pozo Moro, se ha asociado al de la monarquía, la de los ancestros heroicos creadores de la comunidad según el pensamiento mítico. Con el tiempo se separaría el palacio regio del santuario.

                En el siglo IV antes de Jesucristo, el del ibérico pleno, se afirmaron los núcleos emplazados en altura, los oppida, que ejercieron su dominio sobre un territorio más o menos extenso en el que proliferaron los pequeños asentamientos rurales. Regidos por grupos de caballeros, que a su muerte depositaban sus cenizas junto con sus armas, tuvieron también una notable vocación comercial. En la desembocadura del Júcar, en el litoral de Denia y en el de Alicante estos núcleos alcanzaron un claro protagonismo. En el alicantino oppidum del Tossal de les Bases se emplazó una muralla y un barrio artesano, en el que se hallaron pequeñas galeras modeladas de arcilla que dan la medida de los contactos con griegos y púnicos. Las rutas mercantiles de los iberos también abrazaron las tierras del interior hispano, prefigurando en algunos tramos las vías romanas.

                La formación de unidades políticas más compactas tuvo importantes repercusiones. Las rivalidades se nos hacen más visibles con las destrucciones en La Bastida de les Alcusses de Moixent y la necrópolis de Cabezo Lucero de Guardamar. Los iberos distaron de ser los guerreros individualistas que suponíamos y fueron capaces de poner en pie unidades militares organizadas, que fueron contratadas como mercenarias en los conflictos mediterráneos de la época. Entre los siglos IV y III de nuestra era se destruyó la escultura de gran formato, la de las celebérrimas damas, un fenómeno que se ha tratado de explicar acudiendo a las guerras por el dominio peninsular o a los conflictos sociales.

                Prosiguieron entonces empleándose los ungüentarios de origen púnico. Los santuarios perdieron su carácter gentilicio y se convirtieron en espacios más públicos. Los caballeros se convirtieron en héroes urbanos, bien reflejados en las monedas. Favorables a los pactos con los romanos tras las campañas cartaginesas, inauguraron la última etapa de la civilización, la ibero-romana, en la que los oppida declinaron por la política agraria y comercial que Roma impuso.

              Los complejos celtíberos.

              Hace ya muchos años, se decía a los estudiantes que los celtíberos eran el resultado del maridaje entre celtas del Norte de Europa e iberos llegados de África. Al unirse, habían dado origen a un bravo pueblo que plantó cara a la poderosa Roma. A día de hoy, nadie sostiene tal cosa. Tanto iberos como celtiberos son el resultado de complejos procesos culturales, que gracias a la arqueología conocemos cada vez mejor.

                La cultura celtibérica plantea una cuestión muy similar a la de Golaseca en Italia, la de un área céltica ciertamente original. Permite superar la visión del mundo celta centrada en Hallstatt y La Tène. Autores como Lorrio la han considerado el más importante núcleo celta de la Península.

                Su sistema cultural puede seguirse a través de las evidencias arqueológicas de sus necrópolis. Dos elementos característicos son las fíbulas de caballito y los puñales biglobulares. El idioma también ha sido considerado de gran importancia. El influjo de la cultura ibera es evidente en el empleo del torno, el trabajo de los metales nobles, el armamento, la moneda y la escritura, lo que le da singularidad dentro de la Europa celta.

                La penetración de los grupos asociados a los campos de urnas resulta insatisfactoria para explicar completamente su formación, según varios autores. Los sustratos previos fueron de gran importancia al respecto. Se han diferenciado las siguientes etapas de la cultura celtibérica: Inicial o antigua, de mediados del VI a mediados del V antes de Jesucristo, Plena, de mediados del V a fines del III antes de Jesucristo, y Final o tardía hasta el I antes de Jesucristo.

                Las tierras altas del Este de la Meseta y el sistema Ibérico fueron su área nuclear, con el alto Tajo y el alto Jalón por un lado, y por otro el valle bajo y medio del Jiloca y el alto Duero. Se añadiría el Sur de la Celtiberia, el de las serranías de Albarracín y Cuenca o de los cursos altos del Turia, Júcar y Cabriel. El centro y el Oeste de la actual provincia de Cuenca serían de transición. Por otra parte, el valle medio del Ebro y otras áreas ya plantean no pocas dudas, ya que serían más el resultado de procesos posteriores.

                En la etapa antigua surgieron poblados estables, algunos de carácter castreño y con murallas. También aparecieron las primeras necrópolis de la Meseta oriental, bien alineadas y con estelas. Sus ajuares muestran la importancia de la dedicación guerrera y la ordenación jerárquica (con las largas puntas de lanza, pero sin espadas ni puñales). Se ha relacionado su aparición con el horizonte de Cogotas I. Se han diferenciado dos áreas en este momento: la del Norte de Soria, la de los pelendones o cultura castreña, y el resto sin las mismas inquietudes de fortificación. El dominio de salinas y pastos resultó entonces esencial para conseguir riqueza y poder social.

                Para la etapa plena se aprecian diferencias regionales, las de los pueblos, y la expansión en dirección al valle medio del Ebro. Se desarrolló la aristocracia, poderosa en el Moncayo, y aumentó la población según se desprende del mayor número de necrópolis. Precisamente en el alto Duero se formaron los poderosos arévacos. Las principales armas fueron patrimonio de una aristocracia guerrera.

                La desaparición del armamento en las necrópolis, incluso antes de la conquista romana, se ha explicado de distintas maneras. Una sugiere que sería el resultado del paso de una sociedad gentilicia a otra más individualista, con derechos de propiedad más claros. No sería necesario reivindicar tanto el estatus, lo que se ha puesto en relación con el paso a una vida más urbana. La juventud tomaría la voz en más una ocasión.

                En la etapa tardía se evolucionaría hacia formas de vida más urbanas, con procesos de unión o sinecismo. Se verificaría una clara aproximación al mundo ibero, en paralelo con otros procesos del resto de la Europa celta. La escritura se empleó de forma importante. Se ha postulado que los grupos parentales podían engarzarse en redes clientelares.

                No hemos de olvidar que la expansión de la cultura celta hacia el Oeste peninsular sería favorecida por el sustrato indoeuropeo común y la riqueza ganadera. Lo cierto es que Celtiberia se nos muestra como una realidad dinámica y fascinante, ejemplo de la complejidad de la vida hispana que precedió a la romanización.

              Los cántabros, gentes en cambio.

              “La rudeza y el salvajismo de estos pueblos no son debidos únicamente a sus costumbres guerreras, sino también a su alejamiento, puesto que los caminos marítimos y terrestres que conducen a estas tierras son largos y esta dificultad de comunicación les ha llevado a perder toda sociabilidad y humanidad. No obstante, en la actualidad el mal es menor gracias a la paz reinante y a la llegada de los romanos; en los lugares en los que no se dan estos dos elementos conservan un carácter feroz y brutal, sin contar con que esta disposición natural entre una parte muy abundante de ellos ha podido verse aumentada por la aspereza del país y el rigor del clima. Pero, repito, estas guerras están hoy acabadas en su totalidad; los mismos cántabros, los más aferrados de estos pueblos a sus hábitos de bandidaje, así como las tribus vecinas, han sido reducidos por César Augusto; en la actualidad, en vez de destruir, como hacían antes, las tierras de los aliados romanos, aportan sus armas al servicio de los propios romanos.”

               De esta manera se expresaba Estrabón sobre el estado de los pueblos del Norte de la península Ibérica, muy alejados de las civilizadas riberas del Mediterráneo controladas por Roma. Con variantes, sus opiniones han sido muy aceptadas y seguidas hasta la actualidad, cuando el trabajo de la arqueología y de la epigrafía han desvelado una realidad mucho más compleja y cambiante.

               Los pueblos que asociamos con los cántabros llegaron a extenderse desde el río Sella al Asón o incluso al Agüera de Oeste a Este. Por el interior alcanzaron el Norte de las actuales provincias de Burgos y Palencia, además del Noreste de la de León. Sus antecedentes remotos se remontan a la primera Edad del Hierro, entre el 850 y el 450 antes de Jesucristo.

               Muchos de sus asentamientos del final de la Edad del Bronce prosiguieron estando ocupados en esta época. Con todo, la parte más significativa de la población del área se trasladó del litoral hacia las tierras altas de la cordillera Cantábrica. Establecidos sus castros o poblados en las alturas de sus valles fluviales, se comunicaron con las gentes más septentrionales de la cultura del Soto de Medinilla, cuya área principal se encontraba en la cuenca media del Duero. Su alejamiento era, pues, relativo.

               Sobresalieron los castros de la vertiente Sur de la cordillera, ya dotados de defensas amuralladas, como los de Peña Albilla, Los Baraones y Monte Bernorio en el Norte de Palencia, y los de Las Loras burgalesas de Valtierra de Albacastro u Ordejón de Arriba. Se supone que se dedicarían preferiblemente a la ganadería, con traslados estacionales para aprovechar mejor los pastos.

               Los castros de la segunda Edad del Hierro (del 450 antes de Jesucristo al cambio de Era) fueron en gran parte herederos de los de la primera, prolongando su existencia notablemente. Presentan muchas similitudes con los de los autrigones, astures y galaicos. Aunque no se han observado por ahora modelos de jerarquización territorial de sus núcleos de poblamiento como en otras áreas de la península Ibérica, se están descubriendo verdaderas aldeas y granjas.

               Un castro como el de Monte Bernorio llegó a disponer de una extensión de veintiocho hectáreas, que no se alcanzarían en los de la franja del litoral. Con viviendas de planta rectangular con ángulos curvos, distintas de las circulares u ovaladas de la cara Norte de la cordillera (propias de la primera Edad del Hierro), los castros de la vertiente meridional llegaron a dejar espacios sin edificar. Quizá fuera para acoger a sus ganados en unas determinadas circunstancias o para albergar a las gentes vecinas en un momento de peligro. De hecho, se reforzaron sus murallas. En el castro de Las Rabas, del siglo II antes de Jesucristo, se alzó una muralla de piedra dotada de una elevación de madera recubierta de barro, a modo de empalizada.

               Las hachas y podones encontrados en Monte Bernorio son elocuentes de la importancia otorgada por sus pobladores a la explotación de los recursos forestales cercanos. Los cultivos de los campos progresaron durante la segunda Edad del Hierro y las llanuras fluviales se aprovecharon en mayor medida. En tales condiciones, aumentó la población, observándose en Las Loras de Burgos el paso de siete a quince castros fortificados de la primera a la segunda Edad de Hierro. Los autores clásicos ya distinguieron entonces entre los cántabros vadinienses, orgenomescos, salaenos, plentauros, coniscos o avariginos.

               Roma no conquistó a unos cántabros que yacían en hábitos ancestrales, sino a unos pueblos en transformación. El estudio de las inscripciones del Alto Imperio ha permitido conocer mejor la sociedad de los cántabros de aquella época. Como en las de los cántabros vadinienses, del noreste leonés fundamentalmente, no ha aparecido ninguna mención de gentes gentilidades, pero sí un gran número de genitivos del plural, se ha interpretado que se tratarían de pequeños y medianos grupos fundamentalmente ganaderos. En cambio, entre los cántabros orgenomescos del litoral entre el Sella y el Nansa sí consta el término gens. Se estarían formando comunidades más amplias y numerosas, que laborarían la tierra de forma más intensa. Su consiguiente territorialización fue alentada por los romanos, que a su manera también contribuyeron a cambiar la vida de los cántabros.

              Llegan los conquistadores cartagineses.

              Tras la I Guerra Púnica los cartagineses no se dieron por vencidos ante los romanos, y emprendieron la conquista de la Península. Las empresas de los bárquidas tuvieron un acusado tono helenístico tanto por la grandeza de los objetivos propuestos como por el carisma de sus grandes protagonistas: Amílcar, Asdrúbal y Aníbal. Con frecuencia se han destacado sus diferencias de carácter, pero los tres supieron emplear las armas y la diplomacia con soltura pareja.

              En el 237 antes de Jesucristo las huestes de Amílcar desembarcaron en la fenicia Gadir, muy posiblemente con las simpatías de parte de sus pobladores al menos. Los conquistadores no llegaron a una Península de desperdigadas tribus, sino de Estados en competición, de los que no disponemos todavía de toda la información deseable. La renovación de los estudios llevada a cabo por la arqueología en las últimas décadas nos permite reconsiderar los textos de los autores clásicos.

              Los turdetanos, nacidos de la disolución de la confederación de Tartessos, escogieron como jefe militar a Istolacio, que no sería un rey sino un individuo de reconocido prestigio entre los pueblos que formarían la alianza anticartaginesa. La rapidez de la respuesta turdetana ante el peligro y la contratación de tropas iberas y celtas sugiere que no sería ocasional, sino una organización más estable provista de tesoro y de instituciones de coordinación. Tras la derrota de Istolacio, Amílcar incorporó a 3.000 de sus hombres, pero los turdetanos todavía dispusieron de energías para lanzar una segunda contraofensiva al mando de Indortes. Para disuadir nuevas acciones militares Amílcar se sirvió de la política del terror, también practicada en el mundo helenístico, torturando, arrancando los ojos y crucificando a la plana mayor de las fuerzas turdetanas.

              Aunque entró triunfante en la oretana Cástulo, Amílcar terminó vencido y muerto ante Heliké por el astuto gobernante Orissón, capaz de desbaratar el asedio cartaginés lanzando toros provistos de antorchas, mucho más efectivos que los habitualmente contraproducentes elefantes. Por Polibio sabemos que Orissón sabía jugar perfectamente en el tablero de la diplomacia, concertando un pacto con sus enemigos que más tarde quebrantaría en el momento oportuno. Su poder no era menudo, y tras ser derrotado por Asdrúbal entregó hasta doce ciudades.

               Los pactos con los poderes locales eran muy inestables, y los cartagineses tuvieron la precaución de fundar una serie de establecimientos militares como Akra Leuka y Qart Hadashart, dotados de sofisticados medios poliorcéticos. Pese a que justificaron sus acciones ante Roma como una manera de saldar los 3.200 talentos de indemnización por la pasada guerra, sus conquistas habían puesto en tela de juicio el tratado del 348 antes de Jesucristo. Es muy probable que los mercaderes de la expansiva Roma ya conocieran la Península de primera mano.

              De momento los romanos no emprendieron ninguna expedición a tierras peninsulares, y los cartagineses trataron de extender sus dominios. La recluta militar de los pueblos celtas del interior se mostró peligrosa cuando Asdrúbal cayó ante un servidor del caudillo Tago, obligando al joven Aníbal a realizar una atrevida incursión contra los olcades, sitos en la actual zona conquense. La extensión de su empresa hacia territorio vacceo sugiere, más allá de los motivos de aprovisionamiento, un vínculo con los olcades, con una relación muy similar quizá a la que mantuvieran con oretanos y carpetanos.

              Desde la retaguardia celtíbera Aníbal lanzó a los turboletas contra Sagunto, cuyo martirio sería el prólogo de la II Guerra Púnica. En las negociaciones anteriores a su destrucción intervinieron Alcon por los saguntinos y por los cartagineses Alorco, dos notables peninsulares. Al tanto de las relaciones púnico-romanas, los aristócratas de Sagunto prefirieron inmolarse junto a su tesoro público y bienes particulares, expresando que Roma no conseguiría su riqueza a través del tributo cartaginés, sino luchando en el campo de batalla. En la gran disputa por el dominio del que luego se convertiría en Mare Nostrum los príncipes iberos y celtíberos fueron algo más que un sujeto paciente en manos de los titanes de las fuentes greco-latinas.                

              La lucrativa conquista romana.

              Las conquistas resultaron bastante provechosas para la República romana, según se desprende del estudio que Juan José Ferrer Maestro a partir del análisis de las ceremonias triunfales otorgadas por el Senado a los magistrados victoriosos fundamentalmente.

                De entrada, la conquista no era precisamente barata, según se desprende del siguiente cuadro de gastos, en millones de denarios, entre el 200 y el 157 antes de Cristo:

Estipendio de las legiones

100.000

Transporte y materiales para ingenieros y armeros

50.000

Obras públicas

40.000

Gastos varios

40.000

Reintegro del tributo

17.300

Mantenimiento de las tripulaciones de la flota

10.500

Construcción y reparación naval

3.500

TOTAL

261.300

 

                El elevado coste de las fuerzas armadas de la República era ampliamente compensado por las ganancias de la conquista:

Botines

182.300

Indemnizaciones

160.200

Minas de Hispania

158.000

Diezmos provinciales

130.000

Rentas del ager publicus itálico

63.000

Tributo hasta el 167 antes de Cristo

60.000

Otros vectigalia

40.000

TOTAL

793.500

 

                La dominación de Hispania fortaleció el tesoro de los romanos de manera indiscutible. Otro cantar era cómo se distribuían sus réditos entre los mismos romanos.

              El gran premio de la dominación romana: la explotación minera de Hispania.

                “Luego ya, cuando los romanos se adueñaron de Iberia, itálicos en gran número atestaron las minas y obtenían inmensas riquezas por su afán de lucro. Pues, comprando gran cantidad de esclavos, los ponen en manos de los capataces de los trabajos de la mina. Y éstos, abriendo bocas en muchos puntos y excavando la tierra en profundidad, rastrean los filones ricos en plata y oro. Y bajo tierra, no sólo extienden las excavaciones a lo largo, sino también en profundidad, estadios y estadios, trabajando en galerías trazadas al sesgo y formando recodos en forma muy variada, desde las entrañas de la tierra hacen aflorar a la superficie la mena, que les proporciona la ganancia.

                “Gran diferencia ofrecen estas minas comparadas con las del Ática. Pues los que trabajan las de allá invierten considerables dispendios en su explotación y de vez en cuando no obtuvieron lo que esperaban obtener y lo que tenían lo perdieron, de modo que parece que son desafortunados como por enigma. Mientras que los que explotan las de Hispania obtienen de sus trabajos montones de riqueza a la medida de sus esperanzas. Porque las primeras labores resultan productivas por la excelencia de la tierra para este tipo de explotación, y luego se van encontrando vetas cada vez más brillantes, henchidas de plata y oro, y es que toda la tierra de los alrededores es un trenzado de vetas dispuestas en circunvalaciones de diferentes formas. Algunas veces los mineros se topan en lo profundo con ríos que corren bajo tierra, cuyo ímpetu dominan rompiendo las embestidas de sus corrientes, para lo que se valen de las galerías transversales. Pues, aguijoneados por sus bien fundadas esperanzas de lucro, llevan a fin sus empresas particulares, y –lo más chocante de todo- hacen los drenajes valiéndose de los llamados caracoles egipcios, que inventó Arquímedes de Siracusa cuando pasó por Egipto. A través de éstos hacen pasar el agua, de uno en uno sucesivamente, hasta la boca de la mina, y así desecan el emplazamiento de esto y lo acondicionan debidamente para el desempeño de las actividades de la explotación. Como este artefacto es enormemente ingenioso, mediante un trabajo normal, se hace brotar fuera de la mina gran cantidad de agua, cosa que llama mucho la atención, y toda la corriente del río subterráneo aflora a la superficie con facilidad. Con razón sería de admirar el ingenio del inventor, no sólo en este punto concreto, sino también por otros muchos y más importantes inventos, que de boca en boca han corrido por el mundo entero (…).

                “Los que pasan su vida dedicados a los trabajos de minas hacen a sus dueños tremendamente ricos, porque la cantidad de aportaciones gananciosas rebasa el límite de lo creíble; pero ellos, bajo tierra, en las galerías día y noche, van dejando la piel y muchos mueren por la excesiva dureza de tal labor. Pues no tienen cese ni respiro en sus trabajos, sino que los capataces, a fuerza de golpes, los obligan a aguantar el rigor de sus males, y así echan a barato su vida en condiciones tan miserables; pero los hay que, por vigor corporal y fortaleza de ánimo, soportan sus padecimientos largo tiempo.”

              Las indispensables calzadas.

              La Hispania romana fue consustancial a sus grandes arterias, las famosas calzadas. Fueron forjadas por los nuevos señores de la Península, facilitando sobremanera su dominio.

                Muy posiblemente los avispados romanos hicieron buen uso de rutas anteriores, de eficacia ya probada en el comercio y en el desplazamiento de personas, como los caminos de la Vía Hercúlea que terminó convirtiéndose en la Augusta. Desde la Edad del Bronce la desembocadura de los ríos Tinto y Odiel estaba enlazada con las tierras atlánticas.

                Necesitados de buenas comunicaciones terrestres, los romanos hicieron un buen uso de aquéllas sin desdeñar las rutas marítimas que surcaban la fachada peninsular. El mar resultaba más rápido a la hora de viajar que los caminos de la tierra.

                Bajo el primer emperador, Octavio Augusto, se terminó de perfilar el mapa de las calzadas romanas de Hispania, que terminó por dibujar un auténtico cinturón periférico alrededor de la Meseta por motivos económicos, humanos y militares.

                La Vía Augusta que enlazaba Roma con Cádiz se juntaba por el Sur con la de la Plata a través de Mérida hasta alcanzar las tierras galaicas, complementada por la Vía Atlántica. La calzada del Norte cerraba el triángulo por Cantabria.

                Los lados de aquel triángulo se enlazaban también a través de la Meseta, actuando Toledo como punto de engarce entre Mérida y Zaragoza. De aquí arrancaría la futura relevancia de la ciudad del Tajo, que llegaría a ser capital de la Hispania visigoda, continuadora en muchos aspectos de la romana.

                La amplitud y el pavimentado de las calzadas constituían una garantía para los viajeros de toda clase. Los miliarios a cada kilómetro y medio, con dos metros de altura, daban una cumplida información de las distancias recorridas por sus usuarios, que disponían a cada veinte o treinta kilómetros de una mansión o posada para descansar del camino.

                Viajar con la ayuda de las calzadas resultó un enorme avance en el terreno de las comunicaciones antiguas. El mismo Julio César cubrió el trayecto entre Roma y Córdoba en diecisiete días. A la caída del poder romano no es un azar que los visigodos, musulmanes e hispanocristianos las mantuvieran en uso según sus posibilidades. Indiscutiblemente fueron un hito en nuestra Historia.

              Y los no menos importantes puentes.

              Los puentes cumplieron una función de primer orden en el sistema de comunicaciones del mundo romano, cuyas calzadas harían posible el movimiento de tropas, de gentes de condición variopinta y el comercio.

                Elementos vitales de paso, tuvieron un carácter sagrado, encargándose los pontífices al principio de su alzado y mantenimiento. En ocasiones se dispusieron puntos de culto o pequeñas capillas en los laterales de su vía de circulación.  Al franquear el tránsito, facilitaron sobremanera el desarrollo urbano de varios puntos de la geografía romana.

                Un cuidadoso sistema de arquería con sillares trabajados con maestría, bien asentado en el terreno, sustentaba el tablero de paso, continuador de la vía de la calzada. Alfonso Jiménez Martín consideró los de perfil de lomo de asno de un solo arco más propios de la Edad Media que de época romana, con mayor abundancia de arcos.

                Los caudales para su construcción fueron aportados por los pueblos comarcanos con carácter obligatorio o de forma voluntaria por magnates con deseos de ser celebrados por la comunidad, a veces un emperador incluso. Sus cartelas dedicatorias, que se han considerado de época romana avanzada, daban noticia cumplida de sus promotores.

                Los romanos, gentes muy pragmáticas a la sazón, fueron muy sensibles al ahorro de dispendios. En el puente de Mérida evitaron la construcción de cinco arcos en el tramo central gracias al tajamar con forma de punta de lanza situado sobre una isla del Guadiana.

                Los puentes se dispusieron atendiendo a las circunstancias geográficas del lugar. La furia de las grandes avenidas de ríos cuyo caudal resultaba escaso durante la mayor parte del año se prevenía trabando las dovelas de sus bóvedas, quebrando sus juntas con cuidado.

                A veces conocemos el nombre de sus arquitectos, como Julio Cayo Lácer, que en el 103 concluyó la obra del de Mérida, singularizando a su manera la aportación de una civilización que tuvo en Hispania una de sus áreas de desarrollo más destacadas.

              Viajar en los días de poder romano.

              Los romanos tendieron un eficiente sistema de calzadas que enlazó los distintos puntos de su imperio de una manera que ha impresionado a todos sus continuadores. Por debajo de las grandes calzadas imperiales, las ciudades romanas acertaron a construir una serie de vías secundarias, que a veces tenían un pavimentado muy digno.

                Los carros y carromatos tuvieron una importancia trascendental en el transporte de mercancías y viajeros por tierra del imperio, más allá de todos aquellos que viajaban a pie (provistos de su capa con capucha o cucullus) o a lomos de caballo, más o menos veloz.

               En el parque de carros romanos encontramos distintos modelos. El más lujoso era la carruca o la carroza de cuatro ruedas tirada por dos o cuatro caballos. Se trataba de un vehículo cubierto que ofrecía comodidades y lujos a sus usuarios, dignos a veces de grandes potentados.

                El carro destinado al viaje de varias personas con su equipaje recibía el nombre de raeda, que cuando era conducido por alguno de los viajeros se llamaba covinus, el turismo de tiempos de los romanos. Los carreteros y aurigas o conductores se agrupaban en colegios profesionales.

                Se ha estimado que un viajero romano cubría al día por tierra una media de unos treinta kilómetros diarios, lo que hacía imperativo el desarrollo y el mantenimiento de una verdadera red de mansiones, precedentes de las ventas, dotadas con un característico patio interior rodeado de establos y otras estancias para los viajeros. Aquellos que regentaron las mansiones no gozaron de muy buena fama entre sus coetáneos, que tendieron a considerarlos engañosos y poco escrupulosos.

                A los riesgos de fraude en una mansión se añadieron otros más peligrosos a lo largo del camino, marcado por las inclemencias meteorológicas e incluso el mal estado de algunos tramos. Los forajidos también hicieron de las suyas, incluso en los supuestamente tranquilos tiempos de la pax romana. Los puestos de centinelas o stationes intentaron preservar el buen orden de los caminos de un imperio tan extenso como el de los romanos.

              Los romanos y la urbanización de Hispania.

              Roma no tuvo empacho en aplicar su organización municipal a los núcleos de población que se le fueron sometiendo, especialmente a partir de Julio César.

                Al final tuvieron instituciones muy similares las fundaciones de soldados veteranos o colonias y las poblaciones que acordaron su obediencia a Roma o municipios. El emperador Vespasiano extendió el derecho latino entre todas las ciudades de Hispania.

                Las ciudades fueron los puntales de la administración y del poder de Roma en una gran parte de las regiones de su imperio, especialmente en las hispanas. Toda ciudad se componía del núcleo de población principal u oppidum y de su territorio circundante con establecimientos menores como vici o aldeas, castella y villas.

              Los residentes o incolae no formaban parte de la ciudadanía por origen o fijación de su domicilio principal, pese a compartir cargas locales. A los ciudadanos correspondió el nombramiento de sus magistrados a través de los comicios electorales. También votaron sus leyes particulares y participaron en la administración de justicia, si bien el conjunto de los ciudadanos o populus se jerarquizaba en distintos grupos.

                Al frente de la ciudad encontramos a los duumviri iure dicundo, que dirigían la administración municipal, y los duumviri aediles, encargados de la seguridad pública, el abastecimiento y los juegos públicos. A estos quattorviri se les incorporaron a veces dos quaestores encargados de las finanzas locales.

                Los antiguos magistrados y los ciudadanos de mayor fortuna integraron la asamblea del ordo decurionum, generalmente compuesta por unos cien varones, encargados de asesorar a los magistrados.

                Indisociable de la organización ciudadana era su espíritu cívico de teórico afecto y generoso desprendimiento hacia el populus. Los más conspicuos ciudadanos que habían alcanzado los más altos honores realizaban importantes donaciones a su comunidad, como cantidades que rentaban un montante lo suficientemente importante para destinarlo a los juegos, a la provisión de las termas o a la construcción de obras públicas.

                Cuando las dificultades económicas y sociales conmovieron el mundo romano a partir del siglo III de nuestra Era, tal espíritu sufrió una importante merma. A la larga lo asumieron las autoridades eclesiásticas en algunas ciudades. No obstante, la herencia ciudadana de Roma estaba llamada a perdurar.

              Una Roma de Hispania, Tarraco.

              El poder romano hubiera sido inconcebible sin ciudades como Tarraco, con razón considerada por Plinio obra de los Escipiones. En el curso de la segunda guerra púnica, fue fundada como plaza militar por Cneo Cornelio Escipión en el 218 antes de Jesucristo. Su muralla ofrece el ejemplo más antiguo de arquitectura militar romana de la península Ibérica. Asimismo, la inscripción albergada en la Torre de Minerva también es la más madrugadora de Hispania. A este respecto, Tarraco sirvió de modelo a otros núcleos urbanos del mundo romano.

               Durante las guerras cántabras, Octavio Augusto residió aquí entre el 26 y el 25 antes de Jesucristo, tomando desde esta sede importantes decisiones políticas para todo el orbe romano. Cuando en el 68 de nuestra era Galba se proclamó emperador en Tarraco, mostró el camino para que un soberano lo hiciera fuera de la misma Roma, según observó con perspicacia Tácito. A este respecto, la experiencia tarraconense anunció la de Constantinopla y Ravena.

               Dentro de la península Ibérica, fue la capital de la Hispania Citerior, la mayor provincia de todo el imperio romano. Su gobernador tuvo la condición consular, propia de los senadores, con ayudantes o iuridici a su servicio. También sobresalió la ciudad como sede del culto imperial, introducido por Octavio Augusto. Lo ofició el concilio provincial que se congregaba en la parte alta, dotada de su propio foro, sirviendo igualmente de modelo a otras comunidades del imperio.

               A Tarraco afluyeron desde los días de la República a esclavos y libertos de las grandes familias de Italia. Ya en tiempos imperiales, se convirtió en un polo de atracción de personas de Aquitania, Italia, Panonia, Dalmacia, Macedonia, Grecia, Asia Menor, Egipto, del África Proconsular y Mauritania, además del resto de Hispania. Importante enclave mercantil, su vino y aceite fueron apreciados en el resto del mundo romano.

               El historiador Géza Alföldy la ha comparado con Salona, en Dalmacia, pues se emplazaba igualmente frente a Italia, disponía de una fértil llanura orientada hacia el Mediterráneo y a su espalda las montañas la protegían del interior continental. Sin embargo, Tarraco sobrepasó a Salona, y sólo Cartago destacó por encima de ella en el Oeste romano más allá de Italia. Tuvo un peso similar a las orientales Atenas, Éfeso, Antioquía y Alejandría. No en vano, su sociedad resultó más abierta que la de municipios de tradición ibera como Sagunto.

              Los vitales acueductos.

              Los romanos acreditaron sobradamente su maestría en la obra pública, de la que se beneficiaron con creces las comunicaciones terrestres y sus ciudades, dotadas de notables servicios, como el del agua corriente.

                Las arquerías de sus acueductos han dado justa fama a localidades como Segovia, Mérida o Tarragona, y en algunos casos han proporcionado el líquido elemento hasta fechas relativamente recientes. La del agua urbana fue una de las grandes conquistas de los romanos.

                Al frente de su cuidado se encontraba en la ciudad de Roma el curator aquarum, que disponía de completa documentación para ejecutar sus tareas y disponía del auxilio de grupos de fontaneros especializados o aquarii.

                Del siglo IV antes de Jesucristo data la construcción del primer acueducto de Roma, alzado a instancias del censor Apio Claudio el Ciego, y que recibió el nombre de Aqua Appia. A comienzos de la Era Cristiana, coincidiendo con la Pax Romana, se erigieron otros en muchos puntos de Hispania, las Galias, África, etc, patrocinados frecuentemente por el propio emperador en calidad de príncipe protector de sus súbditos, que en correspondencia era alabado por ellos. Eran las ideas del evergetismo, también practicadas por los potentados locales a otra escala.

                En las obras de los acueductos trabajaban cuadrillas de esclavos agrupados en la familia aquarum. El material predilecto de construcción fue la argamasa, aprovechando al máximo la construcción interior de los relieves o hipogea, abriéndose ventanas para evacuar los escombros de las obras. El agua se hacía pasar por tuberías metálicas o fistulae.

                El agua se captaba desde un punto de aprovisionamiento u origo, saliendo hacia el castellum aquae que la distribuía en dirección a los distintos lugares de aprovisionamiento de la ciudad. Para salvar los desniveles del terreno se construyeron soberbios puentes, orgullo urbano, o sifones no menos eficaces, canalizaciones en forma de U que empleaban sabiamente el movimiento en pendiente de las aguas.

                Los acueductos fueron el complemento indispensable de cisternas y cloacas, y lograron evitar grandes contagios según algunos autores. Proporcionaron agua en abundancia, para las condiciones de su tiempo, a las ciudades más allá del simple consumo humano, pues también sirvieron para magnificentes y costosos espectáculos que dieron la medida del desarrollo alcanzado por la civilización de los romanos.

              La epigrafía y la romanización.

              La escritura marcó decisivamente la Historia de la Humanidad. Sus variadísimos caracteres nos revelan los cambios y las permanencias de los anhelos y los temores de distintas sociedades a lo largo del tiempo.

               Como es bien sabido, se ha escrito sobre soportes muy diferentes, como sobre las piedras. Los romanos impulsaron los hábitos epigráficos en la península Ibérica, aunque entre pueblos como los celtíberos ya encontramos inscripciones. En los primeros compases de la romanización, un proceso ciertamente complejo, se hicieron inscripciones bilingües. En el territorio de Lusitania se empleó la escritura latina para expresarse en la lengua de sus naturales. Finalmente, se impuso el latín, de la mano de sus usos más orales a veces.

               A este respecto, la provincia de Lusitania es un buen observatorio del arraigo de la epigrafía bajo los romanos. Creada en el 27 antes de Jesucristo, fue una de las provincias imperiales establecidas por mandato de Octavio Augusto. Sus límites definitivos se establecieron más tarde, en el 17 antes de Jesucristo.

               En los comienzos de la nueva provincia, se celebraron las construcciones de las ciudades de nueva fundación, como Augusta Emérita. La que sería capital provincial se estableció en el 25 antes de Jesucristo, celebrándose al fundador Marco Agripa. En calidad de benefactores y patronos de la colonia emeritense también se rindió homenaje a la esposa e hijos de Marco Agripa.  

               La capital provincial sirvió de modelo a otros núcleos urbanos, en los que se fue generalizando la epigrafía. No debe olvidarse que el establecimiento de hitos o miliarios también ayudó al respecto, difundiendo la escritura epigráfica por el territorio, a despecho de su expresión estandarizada. En los hitos entre los términos de las comunidades ciudadanas se evocó la intervención del emperador como garante de paz y orden.

               Pronto la epigrafía salió del terreno más oficial para adentrarse en el más privado, como el de los monumentos funerarios. Los epitafios en estelas de granito de los veteranos de Mérida acreditan el alcance de los usos epigráficos en los comienzos del Alto Imperio.

              Una sociedad marcada por los lazos del patronato.

               En las sociedades antiguas destacó un grupo de individuos que se hicieron dignos de fama y de reconocimiento entre los miembros de su comunidad por su bravura, inteligencia, experiencia o riqueza. Además de encargarse de la suerte de los de su linaje, también lo hicieron de sus servidores y personas que se acogieran a su protección. Los romanos les dieron el nombre de patronos, unas figuras cruciales en el paso de la sociedad gentilicia a la de categorías socio-económicas que ya podemos asociar con las clases. El embrión del patronato romano lo encontramos en la civilización etrusca, donde ya descollaron este género de individuos alrededor de sus monarcas o gobernantes.

                Los autores clásicos resaltaron la importancia de los vínculos de patronato o algo muy similar entre los pueblos hispanos, como se aprecia en las descripciones de los funerales de Viriato, donde lucharon en su honor parejas de guerreros. No conocemos las diferencias entre los vínculos de patronazgo romanos y los de los lusitanos, por ejemplo. Sin embargo, se parecieron los suficiente como para que los conquistadores romanos recurrieran a ellos a la hora de controlar los territorios que fueron conquistando.

                Los políticos romanos en liza por el ejercicio de la autoridad republicana no dudaron en emplearlo en su propio beneficio, creándose verdaderos ejércitos particulares con recursos que en teoría eran del pueblo romano. Los emperadores también se aprovecharon de estos mecanismos.

                El patronato imperial fue suplantando a los anteriores patronatos provinciales, que se consideraron fuentes de fidelidad alternativas poco gratas. En un mundo en el que la urbanización tuvo un notable impulso, la institución ganó fuerza sobre las ciudades, regulando la ley su funcionamiento en las colonias y municipios de derecho privilegiado. Recordemos que mientras las colonias eran fundaciones urbanas de ciudadanos romanos, los municipios eran ciudades indígenas que se asimilaron finalmente a las normas romanas, lo que favoreció tanto en un caso como en otro el afianzamiento de los lazos patronales.

                Se dispensó el elevado honor del patronazgo a individuos capaces de defender los intereses de la comunidad ciudadana ante las más encumbradas jerarquías, así como con capacidad económica suficiente para costear celebraciones o la realización de significativas obras públicas, según la práctica del evergetismo tan cara a los romanos. Los patronos tenían la obligación de cuidar del bienestar de sus patrocinados, base de su poder, dispensando bienes, cargos o favores personales.

                Las comunidades urbanas que no disfrutaran de las normas romanas pudieron también acogerse a la sombra de algún poderoso, concertando pactos de hospitalidad llamados a tener una interesante evolución posterior. Como puede verse el servilismo y el enchufismo tienen hondas raíces en nuestra cultura política.

              Con algún que otro sobresalto.

              En el año 25 de la era cristiana, bajo el emperador Tiberio, fue asesinado el pretor de la Hispania Citerior Lucio Pisón por un campesino de Termes (en el actual municipio soriano de Montejo de Tiermes), con no poco revuelo. Así lo refirió Tácito:

                “En el mismo consulado un crimen atroz fue cometido en la Hispania Citerior por un campesino del pueblo de Termes. Asaltando de improvisto en un camino al pretor de la provincia Lucio Pisón, quien debido a la paz viajaba desprevenido, le dio muerte de un solo golpe. Escapó gracias la velocidad de su caballo y, dejándole marchar una vez que alcanzó unos lugares boscosos y caminando por terrenos abruptos e inaccesibles, logró burlar a sus perseguidores. Pero no los engañó por mucho tiempo, pues, al ser cogido el caballo y llevado por las aldeas vecinas, se vino a saber de quién era. Y cuando lo encontraron y trataron de obligarle mediante tormentos a descubrir a sus cómplices, a grandes voces y en el idioma de su tierra gritó que le interrogaban en vano; que sus compañeros podían acudir y ver; ningún dolor sería tan fuerte que pudiera arrancarle la verdad. Cuando al día siguiente le llevaban de nuevo para interrogarle, se zafó de sus guardianes y se golpeó la cabeza contra una roca con tanto impulso que murió al momento. Con todo, se da por seguro que Pisón murió por traición de los termestinos; en efecto, el dinero que sustraía de los tributos públicos se lo exigía con mayor dureza de la que podían tolerar aquellos bárbaros.”

              Los libertos, toda una metáfora de Hispania. Entre la subordinación y la promoción.

              Los romanos extendieron a la par que sus conquistas la esclavitud tal y como la entendieron y la practicaron los griegos. En Hispania los pueblos sometidos a la fuerza vieron reducidos a parte de sus supervivientes a la esclavitud. Cada campaña aseguró a los mercaderes de esclavos importantes ganancias.

               Los esclavos fueron a parar a las patriarcales familias de los romanos o de sus aliados cada vez más romanizados. Dentro de este grupo familiar el esclavo podía arrostrar una suerte muy variable, sometido a la disciplina de los amos. Los esclavos más afortunados por la benevolencia de aquéllos o por su capacidad pudieron optar por la manumisión, el acto jurídico por el que se le concedía la libertad.

               Más que dictada por el miedo a una revuelta, la manumisión lo estuvo por el interés de aprovecharse de la capacidad humana de los esclavos, en un tiempo en el que la base productiva del imperio romano era poco eficiente según los parámetros actuales. De todos modos, los amos sólo podían manumitir a parte de sus esclavos.

              El manumitido o liberto adoptaba el gentilicio de su antiguo amo, ahora patrono, formando parte de su red de dependencia social. Las mujeres acostumbraban a ganar la libertad antes que los varones, pues varios patronos de la aristocracia romana tuvieron la costumbre de concertarles matrimonios con hombres de su interés, fortaleciendo su propio círculo.

               El emperador también se comportó en el plano individual como un propietario capaz de manumitir a parte de sus esclavos. En el plano público ello le aseguraba una imagen de generosidad y liberalidad, respetuoso con las leyes y las costumbres de la república que decía proteger.

               El liberto no alcanzaba la ciudadanía romana y en el mejor de los casos se conformaba con la latina hasta la constitución del emperador Caracalla del 212, en la que se otorgaba aquélla a todos los habitantes del imperio, ya en un tiempo de graves dificultades. Los libertos más acaudalados ejercieron el comercio de productos tan cotizados como el aceite, invirtiendo parte de sus ganancias en la adquisición de tierras, como sucedió en la Barcelona romana, en demostrar su generosidad a la ciudad (el famoso evergetismo) y en los inevitables elementos de conmemoración funeraria. Más que un mundo mejor, imaginaron el de sus antiguos amos.

               Una arraigada romanización como resultado.

                A mediados del siglo II las instituciones, costumbres y usos romanos ya se habían extendido y arraigado por una buena parte del imperio que las legiones habían ido conquistando a lo largo del tiempo. En Hispania ya quedaban lejanos los días de los enfrentamientos entre cartagineses y romanos, cuando los iberos tuvieron que tomar partido en una auténtica pugna mediterránea. Desde finales de la República, las poblaciones sometidas habían ido cambiando su modo de vida y los romanos habían fundado núcleos urbanos como Barcino, una colonia establecida por orden de Octavio Augusto entre el 15 y el 10 antes de Jesucristo con legionarios veteranos de las guerras cántabras, colonos itálicos y libertos de la Narbonense. Al igual que gran parte de los ciudadanos de Hispania, fueron adscritos a la tribu rústica romana Galeria.

               Uno de sus hijos más célebres fue Lucio Minicio Nadal Quadronio Vero Junior, hijo de Lucio, que alcanzó la categoría de senador. Entre el 154 y el 155 dejó constancia de una donación muy particular a su Barcino, en la que figuran también las circunstancias de su nombradía. Destacado corredor de cuadrigas, también fue un destacado servidor del orden imperial.

               El propio Estado romano le ofreció los medios de su promoción, en el servicio en la administración y en el ejército. Fue primero procónsul en la provincia de África, luego legado o asesor en la misma demarcación y finalmente procónsul de la diócesis (gobernador de distrito) de Cartago. Sirvió en la Legión VI Victoriosa en Britania, y en las fronteras del Danubio en la I Auxiliadora, la XI Claudia y en la XIV Gemela. Por otra parte, la vinculación a la persona del emperador se hizo visible a través de la intervención en las comisiones de seviros o libertos dedicados al culto imperial.

               Su Barcino natal acreditó su triunfo. Con una fortuna mínima como senador de un millón de sestercios, destinó el cinco por ciento de cien mil (la suma mínima exigida para ser decurión) para asegurar que todos los años se hiciera un donativo en conmemoración del día de su nacimiento, en el mes de febrero. Se entregaría a cada decurión dieciséis sestercios y doce a cada seviro. De sobrar, el resto se distribuiría de manera proporcional entre los presentes. Su vida refleja el arraigo de la romanización en Hispania, particularmente entre sus grupos dirigentes.

              Hispania ante los cambios del orbe romano.

              La Hispania de finales del siglo II se había convertido en una parte importante del Occidente romano, y algunos de sus más conspicuos oligarcas desempeñaron importantes funciones militares y políticas en otras provincias, llegando incluso a ser emperadores bajo la dinastía de los Antoninos. Este éxito de algunos hispanos en Italia ha sido considerado como un primer elemento adverso para la misma Hispania, donde varias de sus ciudades perdieron a parte de sus más directos responsables y benefactores.

               Como otros puntos del vasto imperio de los Césares, Hispania encajó el golpe de la peste de tiempos de Marco Aurelio, de los problemas de suministro y del creciente abandono de los campos, un fenómeno al parecer particularmente sensible en la mitad occidental. Los estudiosos han constatado un descenso de las precipitaciones y un aumento de las temperaturas desde finales del siglo II, que ocasionaron más de una complicación agrícola. 

               Los progresos de la romanización, sintomáticamente, alentaron la competencia entre ciudades. Lucentum (en el área de Alicante) tuvo que enfrentar la de la cercana Ilici (Elche), y Emporiae (Ampurias) la de Gerunda. Además, la romanización de extensas áreas del África mediterránea forjó rivales en el cotizado mercado de la populosa ciudad de Roma, pues los aceites y el trigo de Hispania ya no se vendieron con los beneficios de antaño. En consonancia con tales complicaciones, varias factorías de salazones se abandonaron. Otro de los pilares de la prosperidad hispana, el de la minería, acusó la carencia de inversiones de carácter tecnológico, tras un periodo de intensa explotación. Tanto las minas del Suroeste como las del Noroeste padecieron tales problemas.

               La inseguridad vivida en algunos territorios por las invasiones mauritanas se agravó con la crisis política imperial a la muerte en el 192 de Cómodo, el último representante de la dinastía Antonina. La autoridad imperial fue disputada a mano armada, la de legiones contra legiones. Desde el 193 se alzó con el poder Septimio Severo, que había ejercido como cuestor en la Bética y en la Tarraconense como pretor. Entonces se volvió contra su anterior aliado Claudio Albino, apoyado por fuerzas del Oeste imperial, y lo venció en las Galias, en las cercanías de Lyon. Las consecuencias del triunfo de Septimio Severo no se hicieron esperar, según consigna la Historia Augusta:

               “Después de haber sido asesinados muchísimos partidarios de Albino, entre ellos muchos miembros de la aristocracia romana y mujeres de la nobleza, se confiscaron sus propiedades, con lo que se enriqueció el erario. También fueron asesinados muchos nobles hispanos y galos (…). Merced a las confiscaciones mencionadas, Severo legó a sus hijos una fortuna mayor que ningún otro emperador, pues convirtió en propiedad de la casa imperial la mayor parte del oro cobrado en las Galias, en las provincias de Hispania y en Italia.”

               El nuevo emperador se aseguró el dominio de Hispania con la designación de hombres de confianza y experimentados. Tiberio Claudio Cándido sustituyó como gobernador de la Tarraconense en el 197 a Lucio Novio Rufo, que había seguido a Albino. Gozó de amplios poderes para ejecutar sus tareas. Otro hispano seguidor de Septimio Severo fue el legado de la legión VII Gémina Publio Cornelio Anulino, el vencedor de Pescenio Níger en Siria y que había gobernado la Bética.

               No insistió Septimio Severo tanto en el reclutamiento de hispanos como otros emperadores anteriores, y varias ciudades le otorgaron vivo reconocimiento. En el 194 la de Norba Caesarina (Cáceres) le dedicó una estatua de plata que pesaba diez libras. Otras urbes que le rindieron expresamente pleitesía fueron Olisipo (Lisboa), Mirobriga (Ciudad Rodrigo), Malaca o Tarraco, donde el mismo emperador ordenó reconstruir el templo de Augusto. El apoyo de Septimio Severo fue de gran valía para unas ciudades con problemas económicos y de gestión. La de Segobriga (en el término de Saelices) no pudo costear la finalización de su circo, ni la de Italica (Santiponce) la de su anfiteatro. La cantidad que los curiales ciudadanos debían satisfacer para los juegos (la summa honoraria) terminó destinándose a sufragar otros gastos. El descenso de ricos patrocinadores se había notado desde que Adriano exonerara a navieros y mercaderes de aceite de la annona imperial. En vista de la bajada de ingresos, se aplicaron varias medidas, como incrementar la summa exigida, dar entrada a más curiales y admitir a mujeres y libertos en determinadas funciones.

               Consciente de estos problemas, Septimio Severo nombró curatores rei publicae, unos representantes encargados de velar por la administración del patrimonio ciudadano, que antes de su mandato ya habían estado presentes en otras provincias del imperio. Su importancia en Hispania ha sido considerada discreta. También mandó el emperador reparar las vitales calzadas o construir nuevos tramos, como atestiguan diversos miliarios conservados. Originario de la libia Leptis Magna, la relación entre las tierras hispanas y las africanas fue reforzada bajo su gobierno para reforzar la fuerza del imperio. Todos estos esfuerzos no detuvieron procesos tan complejos como los de ruralización, los del abandono aristocrático de la vida en la ciudad por la de sus villas en los campos. De todos modos, la fuerza de Roma en la Península distaba mucho de agotarse en los albores del siglo III, por muchos signos inquietantes que ya comenzaban a percibirse.

              Los romanos que no se olvidaron de Hispania en la Antigüedad Tardía.

              El final de la Roma imperial no tuvo lugar en los tiempos del desafortunado Rómulo Augústulo, como todavía se sostiene en algunos manuales. La moderna investigación ha estudiado con finura como los intelectuales del Renacimiento conformaron la idea del término del imperio romano y del inicio de los tiempos oscuros de la Edad Media, cuando el declive del saber clásico se haría perceptible.

               Los romanos de Occidente, más allá de la deposición de Rómulo Augústulo, conservaron sus saberes y sus señas de identidad, que también terminaron siendo compartidas por los conquistadores germanos, no tan bárbaros como se mantuvo hace ya tiempo. Ciudades de la parte Oeste del antiguo imperio, como Cartagena, mantuvieron con dificultades su autonomía frente a los nuevos poderes germanos.

               Paralelamente, en el Este, el imperio había conseguido sobrevivir a la conquista germana. Desde la nueva Roma, Constantinopla, los emperadores orientales pugnaron no sólo para preservar su poder, sino también para ampliarlo. El célebre Justiniano personificó en gran medida tal tendencia, la de un verdadero restablecimiento o restauración imperial a muchos niveles. Tras asegurar la frontera con Persia, dio luz verde a las campañas de reconquista de Occidente, primero contra los vándalos y después contra los ostrogodos.

               La conquista del África vándala fue coronada con éxito, ocupándose la valiosa ciudad de Ceuta en el 534. El dominio del estrecho de Gibraltar resultaba esencial para emprender una acción de envergadura en Hispania. Sin embargo, las energías de los de Justiniano se dirigieron a continuación contra la Italia ostrogoda.

               Las disensiones entre los visigodos, que por entonces ya habían sido desplazados por los francos hacia tierras hispanas, se hicieron más que visibles bajo el reinado de Agila. Uno de sus más caracterizados opositores, Atanagildo, pidió ayuda a los romanos de Oriente. Todavía inmersos en la conquista de los dominios ostrogodos, los imperiales sólo enviaron una pequeña fuerza al mando de Liberio en el 552.

               Desembarcó en el territorio de Málaga, desde donde enlazó con las tropas de Atanagildo en Sevilla, en pugna con las que Agila había lanzado desde Mérida. Las fuerzas del rey visigodo retrocedieron ante las coaligadas, anunciándose una lucha larga y fatigosa.  

               Ayuda a Atanagildo contra el rey Agila, a pesar de encontrarse inmerso en la conquista de los dominios de los ostrogodos. Se pudo enviar una pequeña fuerza al mando de Liberio, que en el 552 desembarcó en el territorio de Málaga.

               El asesinato de Agila en el 555 abrió una nueva oportunidad de engrandecimiento a los romanos de Oriente. Sin embargo, el nuevo rey Atanagildo no quiso cumplir sus compromisos con aquéllos. Liberio fue relevado en el mando militar, y una flota imperial se dirigió hacia Cartagena, coincidiendo con el abatimiento ostrogodo. La conquista de la orgullosa e independiente Cartagena no resultó fácil a los de Oriente, por muy romanos que fueran, hasta tal extremo que la familia de Leandro e Isidoro (conocido como de Sevilla) tuvieron que abandonarla.

               El siguiente objetivo de los imperiales fue Baza, que permitió la unión de sus tropas de Málaga con las que operaban entre Sevilla y Mérida. Los romanos de Oriente terminaron haciéndose con un territorio que comprendía Málaga, Medina Sidonia y Cartagena, fundamentalmente, alcanzando las faldas de Sierra Nevada. Se organizó como una auténtica provincia al mando de un magister con amplios poderes civiles y militares, al modo del Bajo Imperio. En la misma Cartagena, el magister Comenciolo ordenó la restauración de las torres de acceso a la ciudad. La Hispania visigodo, con todo, no se extendió hasta más allá del reinado de Sisebuto (612-621), cuando los visigodos dirigidos por generales como Suintila terminaron conquistando sus reductos.  

               Para saber más.

               Géza Alföldy, Nueva historia social de Roma, Sevilla, 2012.

              Martín Almagro Gorbea, Los celtas: imaginario, mitos y literatura en España, Madrid, 2018.

               Pedro Barceló y Juan José Ferrer, Historia de la Hispania romana, Alianza Editorial, Madrid, 2016.

              Francisco Burillo, Los celtíberos: etnias y estados, Barcelona, 1988.

              Sebastián Celestino Pérez (coordinación), La Protohistoria en la península Ibérica, Madrid, 2017.

               Diodoro Sículo, Biblioteca histórica, Libro V, 35 y 38. Edición de Juan José Torres Esbarranch, Madrid, Editorial Gredos, 2004.

                Rafael Domingo (coordinador), Textos de Derecho Romano, Cizur Menor (Navarra), 2002.

                Kristian Kristiansen, Europa antes de la Historia. Los fundamentos prehistóricos de la Europa de la Edad del Bronce y la primera Edad del Hierro, Barcelona, 1998.

                Tácito, Anales. Edición de Crescente López de Juan, Madrid, 1993. 

                Margarita Vallejo, Hispania y Bizancio. Una relación desconocida, Madrid, 2012.