DE VIKINGOS DANESES A GENTES DE DINAMARCA. Por Víctor Manuel Galán Tendero.

29.08.2025 10:36

              

               Cuando se habla de la Dinamarca medieval, acude rápidamente la imagen de los vikingos, todavía con fama de belicosos a pesar de todas las matizaciones que se han ido formulando a lo largo de las últimas décadas. Los mucho más pacíficos daneses de la actualidad se muestran muy distanciados de sus temibles antepasados. Y es que la Edad Media fue una época de cambios muy importantes, los que forjaron la Dinamarca actual.

               A inicios del siglo VIII comenzaron a aparecer en tierras de Dinamarca una serie de emporios mercantiles de singular importancia. Rodeados por fosos, sus viviendas se alzaron juntas una al lado de la otra, orientándose su entrada hacia una calle principal. Dotados de unas mínimas parcelas de cultivo y con escasa posibilidad para la cría del ganado, su principal función era la del comercio a larga distancia, atrayendo a no pocos artesanos.

               Sus principales ganancias no estribaron, pues, en los intercambios con los campesinos de sus alrededores. En los albores de la llamada época vikinga, muchos labriegos daneses habitaron en granjas familiares con establos. Estos campesinos acudieron en gran medida a las expediciones comandadas por los reyes del mar contra otros territorios europeos. Más de uno se hizo con botín, esclavos y una cierta posición, y grupos de daneses se asentaron en Inglaterra y Normandía. Paralelamente, desde el siglo VIII, las granjas fueron agrupándose en aldeas con un territorio cada vez más fijo y determinado.

               Sin embargo, los máximos provechos de las expediciones guerreras y de las conquistas beneficiaron a la aristocracia y a los monarcas, que cobraron contribuciones en especie a los campesinos. Utilizaron la moneda para asoldar a combatientes más especializados. Con la consolidación de la monarquía y la cristianización el tiempo de los vikingos fue tocando a su fin, emergiendo una nueva Dinamarca.

               El cultivo de cereales se extendió en las tierras danesas de la Plena Edad Media, y las dos a cinco hectáreas de labranza de una granja vikinga se duplicaron. La extensión de los prados se redujo en varias regiones, y la posesión de un caballo se encareció. Muchos labradores dejaron de luchar como jinetes y no tuvieron más remedio que tributar a cambio más impuestos. La parcela se convirtió en una unidad de carácter fiscal. La deforestación avanzó, acabándose con los robles, fresnos y tilos más próximos a los núcleos de población. La cercanía de los cementerios eclesiásticos, en contraste con la mayor lejanía de las necrópolis vikingas, hizo perceptible la cristianización de las comunidades aldeanas. Los cambios en la agricultura permitieron que en el siglo XIII los habitantes de las ciudades dejaran de cultivar terrazgos en gran medida y compraran sus alimentos a los campesinos de los alrededores.

               El comercio, tan importante en la precedente era vikinga, cobró nuevos bríos. Los daneses vendieron desde el siglo XII barriles y barriles de arenques de sus pesquerías de Escania. El puerto de Schleswig se convirtió en el punto de engarce entre Renania y Frisia y las regiones eslavas. Los encarecidos caballos se comercializaron en Inglaterra y particularmente en Flandes y Francia. Impulsaron este movimiento los nuevos tipos de naves danesas, las cocas, que requerían madera de inferior calidad y menor tripulación que las embarcaciones del período vikingo. Pronto los comerciantes del Norte de Alemania la adoptaron igualmente, a la par que su cerveza de lúpulo afluía a Dinamarca, cuyas gentes se integraron en el siglo XIII en las redes de intercambio promovidas por los mongoles en Eurasia.

               Se estima que en el siglo XIII la población de los territorios daneses rondaba los 1.200.000 habitantes, cuando la condición nobiliaria se convirtió definitivamente en hereditaria. Se estableció en el reino una ordenación territorial de cuarenta castellanías a cargo de sendos mayordomos, que a su vez se subdividían en distritos rurales. Se diferenciaron las castellanías contables, en las que el mayordomo debía presentar las cuentas y responsabilizarse de las pérdidas, de las de honorarios, en las que aquél recaudaba el dinero restante una vez percibida su retribución. Mientras las castellanías de servicio llevaron aparejada la prestación militar, las libres se concedían como recompensa. A veces, se hipotecaron castellanías para pagar las deudas. De hecho, tras el interregno de 1332-40, una buena parte de los dominios del rey se había hipotecado a los condes de Holstein. Para salir del atolladero se vendió Estonia en 1346 a la orden teutónica y se entregaron castellanías a nobles poderosos, evitando que se pusieran del lado de Holstein.

               La peste, transmitida a través de las rutas del comercio, apareció en tierras danesas, registrando su virulencia en 1350 los Anales de Escania. Tal enfermedad volvió a flagelar Dinamarca en 1360, 1368-9 y 1379. Ante sus embates, la población se estancó alrededor de las 550.000 personas.

               La mortalidad impuso el fin de las reservas señoriales y una nueva distribución de las parcelas entre los supervivientes, con lotes más amplios que los precedentes. Algunos campesinos pudieron convertirse en ganaderos, aunque se estima que sólo un quince por ciento de aquéllos eran propietarios. Como los nobles menos afortunados vendieron sus bienes a los más pudientes, cerca del cuarenta por ciento de los terrazgos agrícolas se encontraban en sus manos a finales de la Edad Media. El aumento de los derechos señoriales animó los levantamientos campesinos de 1438-41 y 1472, además de la conflictividad de los posteriores tiempos de la Reforma protestante.

               Con todo, el rey fue el mayor posesor de tierras, con el doce por ciento del total. Se aprovechó de la merma de la fortuna de más de un noble, supervisó más estrechamente las castellanías, procuró favorecer a las asambleas campesinas y los impuestos comerciales le rindieron pingües beneficios. Desde la segunda mitad del siglo XIV su consejo ganó importancia frente a la asamblea de la corte de los daneses.

               Dinamarca albergó en aquellos tiempos unas ochenta ciudades de dimensiones modestas, conformando una tupida trama urbana accesible a los campesinos, que vendieron allí sus cosechas a cambio de sal, artículos de hierro y ropas. Aunque la peste castigó a las ciudades más pequeñas, muchos labriegos buscaron refugio en las urbes. Entre 1350 y 1500 la población de las ciudades pasó del diez al catorce por ciento de toda Dinamarca, dentro de la Unión de Kalmar de 1397 a 1523.

               Las exportaciones se reorientaron. La venta de ganado a tierras de Alemania y de los Países Bajos reportó grandes ganancias a las ciudades de Jutlandia y Fionia. A comienzos del siglo XV el idioma danés escrito acusó ya la influencia del bajo alemán. Paralelamente, las ferias de Escania perdieron su importancia como punto de transacción de variados productos. En 1370 su dominio por la Liga Hanseática durante quince años tuvo que ser reconocido por el rey Valdemar para debilitar a una coalición enemiga. Años más tarde, el rey Erik de Pomerania alentó el comercio danés frente al hanseático, imponiendo peajes en 1429 en el estrecho del Sund a las naves que arribaban a Escania, cada vez menos las procedentes de Inglaterra y los Países Bajos. Asimismo, impuso que los campesinos no pudieran vender sus cosechas directamente al Norte de Alemania, sino a las ciudades danesas más cercanas.

               El enriquecimiento de la oligarquía urbana suscitó seria preocupación entre los nobles, que vieron amenazado su predominio sobre los oficios públicos del reino, que conservaba su personalidad jurídica dentro de la Unión de Kalmar. En 1475 se aprobó que la mujer de condición noble que se casara con un hombre que no lo fuera perdería su estatuto y sus tierras pagarían impuestos.

               Todos estos cambios condicionaron el debate público, oponiéndose el régimen político al real. En el primero los nobles elegían al monarca, mientras que en el segundo el rey podía ejercer su poder con mayor autoridad en nombre de todos sus súbditos. La nobleza plantó cara y declaró su derecho a la rebelión en caso de incumplimiento. Se depuso a Erik de Pomerania en 1439-40, pero en 1466-69 Cristián I derrotó la insurrección nobiliaria. Se logró que el primogénito real fuera el escogido a la sucesión, pero a cambio de condescender con una carta de coronación en la que se obligaba a seguir las indicaciones del consejo y a preservar los privilegios de los estamentos. A comienzos del siglo XVI, Dinamarca se parecía más a la de comienzos del XIX que a la de los tiempos vikingos.

               Para saber más.

               Bagge, Sverr, Cross and Scepter: The Rise of the Scandinavian Kingdoms from the Vikings to the Reformation, Universidad de Princeton, 2014.