DRAGONES MEDIEVALES: SIMBÓLICAMENTE ARTÍSTICOS. Por Víctor Manuel Galán Tendero.

24.05.2026 10:24

             

              La Edad Media, rodeada de misterio en más de un libro, ha sido presentada como un tiempo de temibles dragones, capaces de cometer los más atroces actos. Si retiramos las capas de fantasía, que no son pocas, vemos que efectivamente fue una época de dragones, aunque por motivos muy distintos.

              Los dragones medievales emanaron del rico imaginario de las culturas de la Europa anterior a la romanización y a la cristianización, como la celta. Asimismo, el primer cristianismo también tomó tales criaturas, en obras como el Libro del Apocalipsis. Sin embargo, en las Etimologías de San Isidoro el dragón sólo era una serpiente gigantesca que mataba por ahogamiento. Formas muy parecidas y estilizadas figuran en Libro de Kells del 800.

              Los talleres de ilustración de Reichenau, uno de los buques insignia del arte otoniano, resultaron determinantes en la acuñación de una nueva iconografía. Si en el Apocalipsis de Bamberg (1000-1020) las serpientes ya aparecen con cabezas monstruosas y afiladas garras, también se muestran igualmente perturbadoras en el Evangeliario de Munich de 1030. En la primera obra también figura de forma madrugadora la figura de San Miguel Arcangel combatiéndolas como comandante de las huestes de Dios, en la estela del Apocalipsis, reforzando la imagen del emperador germánico como espada de la Cristiandad.

              La nueva iconografía viajó desde este núcleo a otros países de Europa a través de los viajes de los monjes cluniacenses, de los maestros de la talla y de los peregrinos a Santiago de Compostela. Entre el 1020 y el 1040 alcanzaron las tierras de Borgoña, del Loira y del norte de Cataluña, a Italia llegaron en el 1030-50, a Aragón y Navarra en el 1070-90, a Castilla y León en el 1075-1100 (fusionándose a veces con las criaturas de raigambre mozárabe), y a Inglaterra con posterioridad a la conquista normanda del 1066.

              Poco a poco los dragones que representaban las bocas del infierno en los capiteles románicos fueron desplazados desde el 1140 a las zonas exteriores de los templos, brotándoles sus características alas hacia el 1170. Una legión de gárgolas y quimeras ganaron naturalismo entre el 1200 y el 1260. Se ha considerado todo un hito el dragón con cuerpo reptiliano, alas de murciélago, crestas, patas y tonos rojizos del Manuscrito Harley 3244, más que capaz de acometer al paciente elefante, el de la paz del paraíso perdido.

              Al mismo tiempo, el reformulado dragón cambió de oponente. Un intrépido San Jorge desplazó al Arcángel San Miguel, cada vez más centrado en cuestiones celestiales. Los cristianos del Oriente, los de Georgia y los de Bizancio, fueron pioneros en convertir a San Jorge en un denodado luchador, asimilando a San Teodoro Tirón, hacia el 1050, cuando los turcos selyúcidas se mostraban desafiantes. Los combates de los primeros cruzados y de los aragoneses con los musulmanes terminaron por consagrar la nueva imagen del santo, bien consignada en La leyenda dorada de Santiago de la Vorágine en 1260. No fue nada casual que San Jorge se convirtiera en patrón de Inglaterra en 1327.

              En la Baja Edad Media el dragón ganó en naturalidad y atributos terribles, encarnándose en la criatura alada de color verde, con cola rizada y garras, emergente de una cueva oscura en la roca del San Jorge de Paolo Uccello (1456-60), donde se simbolizó no sólo el triunfo de la Iglesia frente al paganismo, sino también el de las tierras cultivadas frente a las no roturadas.

              Y poco a poco el fantástico dragón medieval fue despejando el camino del Renacimiento, por paradójico que parezca, erigiéndose en heraldo de la virtud científica en la lucha contra el desconocimiento, en el portaestandarte del cesarismo monárquico. Si los cronistas de los Reyes Católicos pudieron sostener que ambos luchaban contra la hidra del caos, el dragón de la discordia y el dragón de Mahoma, hombres como Hernán Cortés y fray Bernardino de Sahagún no dejaron de evocarlo al otro lado del Atlántico, en un Nuevo Mundo que tuvo mucho del Viejo.

              Para saber más.

              Nadia Mariana Consiglieri, El dragón de lo imaginado a lo real. Su simbolismo y operatividad visual en la miniatura cristiana de la Plena Edad Media hispánica, Buenos Aires-Madrid, 2020.