EL DESEO DE LA ITALIA FASCISTA DE SATELIZAR LA ESPAÑA DE FRANCO. Por Víctor Manuel Galán Tendero.

15.02.2026 11:29

              

               La Italia fascista soñó con la gloria del idealizado imperio romano, emprendiendo en la década de 1930 una agresiva política exterior, en la que se inscribió su intervención en la guerra de España. En 1938 los republicanos encajaron duros golpes, pero continuaron combatiendo con decisión. Algunos de sus políticos consideraron que se podría evitar la derrota final enlazando su lucha con una nueva guerra europea, que se oteaba con claridad en el horizonte. Hitler había desechado el ofrecimiento británico del 3 de marzo del 38 de participar en un dominio conjunto europeo de África a cambio de renunciar a la fuerza, e impulsó con fuerza sus apetencias en Europa. Si el 22 de marzo anexionó Austria, el 29 de octubre forzó en Múnich un acuerdo que le terminó rindiendo la estratégica Checoslovaquia.

               Ante una Gran Bretaña apaciguadora y una titubeante Francia, la Italia fascista se envalentonó todavía más. Tras haber consentido la anexión de Austria por sus aliados alemanes en España, apoyó a Hitler en la crisis de los Sudetes. El 16 de abril logró de los británicos el reconocimiento de su dominio de Abisinia, con la condición de retirar sus tropas de España finalizado el conflicto. Sin embargo, el 5 de julio desoyó ostensiblemente el llamamiento del Comité de No Intervención de retirar toda tropa extranjera del reñidero español.

               La guerra de España había sido una oportunidad diplomática de primer orden para la Italia fascista, con la posibilidad de recuperar e incluso ampliar sus bazas de tiempos de la dictadura de Miguel Primo de Rivera. Antes del golpe de Estado de 1923, las relaciones entre ambas naciones se habían visto lastradas por la animadversión de la reina madre (la austriaca María Cristina), la competencia entre exportaciones análogas y la hegemonía británica en el Mediterráneo. Deseoso de resolver provechosamente la cuestión de Tánger, Primo de Rivera se acercó a Italia, con la inquietud de una Francia que no descartó la tenaza militar hispano-italiana. En 1926 se firmó un tratado de amistad entre ambas naciones, temiéndose por franceses y británicos que Mahón se convirtiera en una amenaza para la seguridad de sus rutas. Con el establecimiento de la II República española, el distanciamiento e incluso la hostilidad con la Italia fascista se hizo más que evidente.

                Del 3 de marzo al 8 de octubre se fue negociando un convenio con la España de Franco, que completaría a satisfacción de Mussolini el compromiso del 5 de agosto de 1936 de asistencia a los sublevados. Se pretendía vincular más estrechamente al nuevo Estado español con la Italia fascista, autoproclamada imperial. El ofrecimiento italiano de material bélico para las campañas del invierno de 1938-39, de reforzar la armada franquista y de nuevas dotaciones de aviación era la cadena con la que se sujetaría a la España de Franco. También se decía que se impediría la ayuda externa de los marxistas a sus homólogos españoles, intentando anotarse el tanto de la retirada de las Brigadas Internacionales.

               La generosidad fascista tenía un altísimo precio. La política española se orientaría al albur de la de Mussolini, se establecería al modo fascista un Estado Nacional-Sindicalista, los españoles apoyarían entre los pueblos musulmanes y africanos la misión imperial italiana, e Italia tendría la última palabra a la hora de decidir la neutralidad o la beligerancia española en la guerra mundial que se aproximaba. Se dio por sentado que las fuerzas italianas del Cuerpo Legionario disponían de mando propio. Además, los italianos gozarían en la España de Franco de un estatuto privilegiado, pudiendo optar las españolas casadas con italianos por la nacionalidad y las ventajas de sus maridos. Se establecerían bases militares italianas en España, la industria de guerra establecida en territorio español ayudaría al esfuerzo de guerra de Italia, que enviaría a civiles y heridos a la subordinada España, convertida en un espacio de refugio. No en vano, la España de Franco se sumaría al pacto contra el comunismo como muestra de su inequívoco alineamiento diplomático e ideológico.

               Conscientes de los sentimientos nacionalistas de los franquistas, se condescendió con el deseo de mediatizar Portugal, en provecho de la Italia fascista. También se hicieron vagas promesas de apoyar las reivindicaciones españolas, a costa de Francia, en una vaporosa hegemonía ítalo-española en el Mediterráneo. El 30 de noviembre del aciago 1938 la Italia de Mussolini reclamó airadamente a la III República francesa Córcega, Niza, saboya, Túnez y sus dominios somalíes. Por entonces se consideró que su nuevo acuerdo con la España de Franco duraría hasta 1948. Sin embargo, Mussolini sería derrocado en 1943 y en 1945 ejecutado, tras una serie de desastres para el pueblo italiano, y la España de Franco, que no terminó entrando en la Segunda Guerra Mundial, prolongó su existencia hasta 1975, realizando otros acuerdos como con los Estados Unidos en 1953, en plena Guerra Fría. Los sueños cesaristas de Mussolini no dejaron de ser una costosísima e innecesaria vanidad.            

               Fuentes.

               ARCHIVO HISTÓRICO NACIONAL.

               Diversos José Giral, 9, N 485.