EL FILÓSOFO QUE NO QUERÍA MORIR. Por Pedro Montoya García.

03.12.2016 18:03

LOS MEJORES PASAJES DE NUESTRA HISTORIA

EL FILOSOFO QUE NO QUERÍA MORIR

Quizás el vasco más vasco sin dejar de ser español, al contrario, siendo muy español. Don Miguel de Unamuno ha sido, en mi modesta opinión,  el escritor, poeta, ensayista, filósofo… dotado con la capacidad única de con muy pocas palabras decir mucho, muchísimo.

«Me duele España»: Todo un siglo XIX recogido en tres palabras. Ese terrible XIX empezó con la Guerra de la Independencia, una cruenta guerra de 6 años; tres Guerras Carlistas, sólo en la primera se contaron cerca de 200.000 muertos y por si fuese poco, como broche de crespón negro lo que se ha re-definido como la guerra Hispano-Americana; para que el calamitoso cierre del siglo no desmereciera el trágico inicio de Trafalgar. Si la muerte usó la guadaña de las guerras en nuestro país; no escatimó, a la zaga segó con pandemias, en especial el cólera.  Esa frase recoge el sentimiento, la necesidad, el ansia  de renovación, del resurgir de España. Desgarro que recogieron y extendieron otros escritores de la Generación del 98. ¡Y lo expresa tan bien!

«Venceréis, pero no convenceréis»: Frase en la actualidad muy escuchada, al formar parte principal del “tráiler” de La isla del viento, película biográfica de Unamuno. La Razón contra la Fuerza. Fuera de toda reflexión, que es mucha la que podría hacerse, es obligado reconocer el valor de Don Miguel de enfrentarse en el 1936, cara a cara, a un Millán-Astray  arropado por un numeroso grupo de personalidades franquistas. La muerte, a la que tanto odiaba y parte fundamental de su obra, no se lo llevó ese día por poco; aunque no se fue lejos, tres meses más tarde lo llamaría.

De todas sus “citas”—hay otras que valdría la pena recordar: “Decíamos ayer…”, “Shakespeare”— la que más impacto me ha causado de su obra es la primera de este poema:

Oye mi ruego Tú, Dios que no existes,
y en tu nada recoge estas mis quejas,
Tú que a los pobres hombres nunca dejas
sin consuelo de engaño. No resistes

a nuestro ruego y nuestro anhelo vistes.
Cuando Tú de mi mente más te alejas,
más recuerdo las plácidas consejas
con que mi ama endulzóme noches tristes.

¡Qué grande eres, mi Dios! Eres tan grande
que no eres sino Idea; es muy angosta
la realidad por mucho que se expande

para abarcarte. Sufro yo a tu costa,
Dios no existente, pues si Tú existieras
existiría yo también de veras.
    

La enorme paradoja —esa figura literaria que tanto se gustaba—,  no cree en Dios por dudar de su existencia ya que intelecto no se lo permite; por el contrario habla con ÉL, a través de este soneto discute con Dios, como si la muerte le obligara a creer, ya que sin ÉL se perdería. O tal vez, hablar con ÉL sea una prueba de que debería existir…

 «Yo sé quien soy…, y sé lo que puedo ser »: Así se afirmaba Don Quijote, él se sabía muy bien y el mundo, el resto que piense lo que le venga en gana. Ésta fue una de las “frases” que más marcó a Don Miguel de Unamuno. La locura y la razón, sin saber dónde acaba una y empieza la otra; lo que sí se sabe es que  locos geniales,  llenos de razón  nunca morirán.   Eso es lo que ansiaba Don Miguel: no morir. Con su pluma lo consiguió.