EL FINAL DE LA PERSIA AQUEMÉNIDA. Por Víctor Manuel Galán Tendero.
Tras derrotar a los ejércitos persas en Gaugamela en el 331 antes de Jesucristo, las fuerzas de Alejandro Magno avanzaron hacia Babilonia y Susa, donde se apoderaron de una parte considerable del tesoro imperial. Los conquistadores irrumpieron a inicios del -330 en el corazón de Persia, ordenándose el incendio del palacio de Persépolis en venganza de la destrucción de Atenas en el -480.
Sin embargo, el poder persa no se encontraba abatido, pues el rey de reyes Darío III había marchado hacia la accidentada área del Hindu Kush, donde contaba con notables fuerzas. Alejandro tuvo que luchar con fuerza entre el -330 y el -325 para controlar aquellas tierras, a despecho del asesinato de Darío III en el -330 por orden del sátrapa de Bactriana y Sogdiana, Beso, que se proclamó rey de reyes con el nombre de Artajerjes.
Alejandro cruzó el Hindu Kush en la primavera del -329. Libró duros combates contra Artajerjes y su general Epitámenes. La victoria, no obstante, la obtuvo por medios que fueron más allá de los campos de batalla. Estableció fundaciones militares con sus veteranos macedonios y griegos. Procuró ganarse el favor de los dignatarios del imperio persa, casándose con la hija de un aristócrata de Sogdiana, Roxana. Además, se presentó como el verdadero sucesor y continuador de los reyes de reyes, desplegando todo su ceremonial. El genio político de Alejandro el Grande, por mucho que le comportara serias fricciones con sus comandantes macedonios, resultó tan efectivo como su extraordinaria pericia militar en la conquista de un imperio que ya se encontraba minado por las disputas antes de su llegada.
Para saber más.
Heinz Heinen, Historia del helenismo. De Alejandro a Cleopatra, Madrid, 2007.

