EL INFIERNO ENFANGADO DE PASSCHENDAELE. Por Víctor Manuel Galán Tendero.

15.05.2023 09:43

               

                El 6 de abril de 1917, los Estados Unidos entraron en la Gran Guerra, con el gobierno provisional ruso surgido de la revolución de febrero dispuesto a mantener su compromiso contra los imperios centrales, una postura muy impopular. Por entonces, los estadounidenses todavía no tenían una fuerza bien preparada para enviar a los campos de batalla de Europa. Tampoco los franceses contaban con la capacidad suficiente para lanzar una ofensiva después de las pérdidas pasadas. Meses más tarde, en agosto de 1917, los italianos se atrevieron a batallar por undécima vez en el Isonzo: llegaron a avanzar a ocho kilómetros al Norte de Trieste, pero finalmente abandonaron al ser sus bajas el doble de las austriacas.

                En aquellas circunstancias, sólo los británicos disponían de recursos y ganas suficientes para emprender en la primavera de 1917 una gran ofensiva contra Alemania, bien vista por rusos y estadounidenses. Para el gobierno británico era una oportunidad de imponer sus puntos de vista en una futura mesa de negociaciones frente a los del presidente estadounidense Wilson. Escogieron el saliente de Ypres, en los Países Bajos, para dar su golpe.

                Al general Haig le inquietaba sobremanera su mantenimiento, que ocasionaba la pérdida de 7.000 soldados semanales a manos de los alemanes que dominaban la cresta de Messines. Además, se consideró que se podía tomar la estratégica base de submarinos en Zeebrugge.

                El 7 de junio, los zapadores del ejército británico consiguieron mina la cresta de Messines. Se cuenta que su explosión fue escuchada en el mismo Londres. Sin embargo, la ofensiva perdió ímpetu, y los alemanes aprovecharon el parón para reforzar sus defensas en profundidad.

                Volvieron a la carga los británicos el 31 de julio, en la llamada tercera batalla de Ypres. Los atacantes se enfrentaron a un agosto muy lluvioso, que dejó el terreno enfangado. Además, los 4.300.000 proyectiles que lanzaron los británicos en apenas dos semanas no lograron desarbolar las baterías alemanas situadas detrás de la cresta de Passchendaele.

                En aquellas circunstancias, el avance británico fue confuso, tortuoso y lleno de peligros. En septiembre, la mejora del tiempo les permitió emprender nuevos bombardeos de cobertura, de gran utilidad, pero en octubre y noviembre volvieron las lluvias.

                Los británicos tomaron la pequeña localidad de Passchendaele. Su pequeño valle era un premio demasiado exiguo para los 400.000 caídos británicos desde el comienzo de la batalla. Ante el temor de una contraofensiva alemana, bien capaz de recuperar el terreno perdido, el alto mando británico ordenó su evacuación. A 10 de noviembre, todo había terminado, dejando tras de sí los rastros de un auténtico infierno en la tierra.

                Para saber más.

                Norman Stone, Breve historia de la primera guerra mundial, Barcelona, 2008.