EL OESTE Y EL ESTE SE DAN LA MANO EN LA GLOBALIZACIÓN PROTOHISTÓRICA. Por Víctor Manuel Galán Tendero.

24.07.2026 20:47

             

              Alrededor del 3000 antes de Jesucristo florecieron en la cuenca del Mediterráneo una serie de civilizaciones. En tierras del sureste de la península Ibérica emergió con fuerza la cultura de Los Millares, en Creta se pusieron las bases del posterior florecimiento de su civilización palaciega, se unificó por vez primera Egipto y las ciudades sumerias que tanto influyeron en las sociedades mediterráneas comenzaron su andadura.

              Las diferencias morfológicas entre los poblados en altura de Los Millares, los palacios cretenses, el imperio egipcio y las ciudades sumerias se debieron a factores de escala demográfica, geografía local y recursos disponibles. Sin embargo, respondieron todos a funciones muy similares, las de centralizar los excedentes, canalizar el comercio y legitimar las desigualdades sociales. Sólo varió el motor, fueran las ricas minas de cobre del sureste hispano o las fértiles llanuras fluviales del Nilo, el Éufrates y el Tigris. Mientras en Egipto y Sumeria tuvo más peso el excedente agrícola, en Creta y en Los Millares la balanza se inclinó hacia las redes comerciales como factor de dinamización principal. En la geografía del desarrollo regional enunciada por Ian Morris, las primeras representarían el modelo fluvial-imperial (el del macrocentrismo) y las segundas el marítimo y minero comercial, el del policentrismo.

              Ciertamente, una urbe sumeria del estilo de Uruk llegó a albergar casi a 50.000 habitantes diversificados socialmente, se estructuró en barrios especializados (con templos destacados) y dispuso de la escritura, algo con lo que no contaron los centros en altura de Los Millares de unas 2.500 personas, regidos por elites guerreras y gentilicias que ejercieron un control más directo mediante la memoria oral y las marcas simbólicas. A diferencia de Egipto y posteriormente de Acadia, Los Millares no forjaron un imperio unificado, sino un sistema de jefaturas interrelacionadas culturalmente. Con todo, todos estos sistemas rompieron con el anterior igualitarismo neolítico, erigiendo notables murallas y disponiendo de centros de almacenamiento controlados por una minoría. Desde este punto de vista, el Calcolítico o la Edad del Cobre fue la consecuencia de la aparición de especialistas que no debían cultivar la tierra ni apacentar los ganados, de las redes comerciales de mineral y de la emergencia de una elite deseosa de acreditar su preeminencia con objetos de prestigio. Más tarde, la minería y la metalurgia del cobre actuaron como acelerados del cambio social.    

              Paralelamente, en el resto de Europa se pusieron los cimentos de un modelo policéntrico. Entre el 2900 y el 2350 antes de Jesucristo, gentes de la estepa (los yamnaya) desarrollaron en el este, centro y norte de Europa la cultura de la Cerámica de Cordeles. Fuertemente jerarquizados y guerreros, introdujeron los carros de rueda y el caballo, difundiendo las lenguas indoeuropeas. Al mismo tiempo, las redes comerciales del Vaso Campaniforme (del 2700 al 1900 antes de Jesucristo) constituyeron el sistema circulatorio de Europa, difundiéndose la metalurgia del cobre y del oro junto a unos códigos estéticos compartidos por diferentes elites locales. Así se pusieron las semillas de los Estados territoriales de Unetice y El Argar de la Edad del Bronce, cuando una minoría de ascendencia yamnaya impuso su control de los recursos al resto de las gentes.

              Los yamnaya no fueron los acadios de Sargón, acostumbrados a los usos de los sumerios tras varios siglos de contacto, pero ambos fueron grupos nómadas que terminaron dominando áreas complejas de forma jerárquica y militarizada. Por mucho que operaran a escalas territorial y demográficamente muy dispares, tanto el imperio acadio (2334-2154 antes de Jesucristo) como El Argar (2200-1550 antes de Jesucristo) monopolizaron la violencia, rompiendo los consensos comunitarios previos. Si los acadios impusieron guarniciones en las urbes sumerias sometidas, El Argar desarmó a gran parte de la población desde los centros de La Bastida o La Almoloya. Mientras El Argar reposó en el control absoluto de la producción de cobre y plata del sureste hispano, los acadios lanzaron expediciones sistemáticas para dominar las minas de plata de Anatolia y el cobre de Omán. La terrible combinación de rigidez institucional y degradación medioambiental condujo a la ruina de ambos Estados, simbolizando el colapso de las sociedades complejas por rendimientos decrecientes enunciado por Joseph A. Tainter.

              Por la misma época, del 2000 al 1400 antes de Jesucristo, creció la cultura de Wessex en Gran Bretaña, la que terminó de alzar Stonehenge y explotó la minería del estaño de Cornualles, con gran provecho de su elite guerrera. Su consolidación resultó determinante para la consolidación de la primigenia Ruta de la Plata hispana. Tras el hundimiento del Estado de El Argar el eje del poder económico europeo se trasladó del Mediterráneo occidental al Atlántico. Al requerir la elaboración del bronce un 90% de cobre y un 10% de estaño, las comunidades de las regiones cupríferas del triángulo Huelva-Sevilla-Cádiz y del oeste portugués entraron en contacto con las del noroeste hispano y las de Cornualles, donde abundaba el estaño que faltaba en el Mediterráneo. Emergió así el fenómeno del Bronce Atlántico, consolidándose la citada Vía de la Plata y sentándose las bases del posterior florecimiento de Tartessos.

              Estos cambios explicarían una de las primeras crisis sistémicas globales de la Humanidad. Tras los colapsos de Unetice y El Argar, los umbrales de la inestabilidad alcanzaron a casi toda la Europa continental y atlántica. Grupos nómadas o seminómadas guerreros, los de las culturas de los Túmulos y de los Campos de Urnas, se extendieron por el centro del continente entre el 1600 y el 1200 antes de Jesucristo. Se generalizaron por entonces los poblados fortificados en altura desde las islas británicas al norte de la península Ibérica, convirtiéndose Europa en un tablero atomizado y altamente competitivo.

                En este complejo escenario surgieron los llamados Pueblos del Mar hacia el 1200 antes de Jesucristo, pues el desplazamiento de poblaciones enteras hacia el Mediodía adriático y balcánico forzó a las gentes de Cerdeña (los shardana constructores de nuragas), Sicilia (los shekelesh) y sur de la península Itálica a hacerse a la mar como guerreros, dirigiéndose hacia un este mediterráneo también fuertemente competitivo y militarizado. La caída de los reinos micénicos por problemas internos y la presión de los dorios, el colapso del imperio hitita y el agotamiento del Imperio Nuevo egipcio, que fue capaz de encararse a la amenaza de los Pueblos del Mar, despejaron el camino de las ciudades fenicias de Tiro, Sidón y Biblos, que desarrollaron un modelo más flexible que el imperial centralizado de captación de excedentes agrícolas, con carácter policéntrico y mercantil. Hijos legítimos del vacío geopolítico oriental, no fueron conquistadores de territorios con las armas, sino de mercados con sus barcos. Como los problemas en el Levante mediterráneo afectaron a las viejas rutas metalíferas de Mesopotamia y Anatolia con el Egeo, la consecución de metal se convirtió en una necesidad perentoria que espoleó a los fenicios hacia las fuentes de suministro occidentales, enlazando con Tartessos.

                Estos vaivenes afectaron plenamente al complejo archipiélago balear desde el 1200 antes de Jesucristo. Una serie de grupos habitaban en aquella época las navetas o cabañas alargadas comunitarias de piedra, en un entorno aparentemente tan pacífico como el minoico, aunque con una mucho menor integración en las redes mercantiles. La inseguridad que estalló alrededor de los Pueblos del Mar condicionó el surgimiento de la cultura talayótica. Las gentes tendieron a abandonar el litoral por el interior, donde alzaron poblados amurallados dominados por torres imponentes de piedra ciclópea, los talayots, con notables similitudes con las nuragas de Cerdeña. Las islas se asemejaron de esta manera a acorazados de piedra en medio de la mar.

                Bajo este punto de vista, las criaturas terribles y monstruosas de la Odisea bien podrían considerarse metáforas del turbulento oeste mediterráneo. Para los navegantes griegos que se aventuraron por allí, el estrecho de Mesina de Escila y Caribdis era un claro ejemplo de riesgo extremo. Los cíclopes sin leyes ni asambleas eran la metáfora de la alteridad, la imagen distorsionada de una parte de Europa que tras el colapso de la Edad del Bronce había retornado a la barbarie. Sin embargo, la realidad no se reduce a una mera oposición entre civilización y barbarismo, sino a las distintas alternativas y estrategias de unas sociedades complejas, las de la Protohistoria europea y mediterránea, con más puntos en común de lo que a veces se ha reconocido.

              Para saber más.  

              Silvia Amicone, Pottery Technology at the Dawn of the Metal Age. Exploring Dynamics within Vinca Material Culture, Oxford, 2025.

              Gonzalo Aranda, Sandra Montón y Margarita Sánchez Romero, La cultura de El Argar (c. 2200-1550 cal a. C.), Granada, 2021.

              Kristian Kristiansen y Svend Hansen, Bronzization Essays in Bronze Age Archeology, Oxford, 2025.

              Ian Morris, ¿Por qué manda Occidente… por ahora?, Barcelona, 2026.

              Joseph A. Tainter,  The Collapse of Complex Societies, Cambridge, 1988.