EL ORDEN SOCIAL ESPARTANO AMENAZADO. Por Antoni Llopis Clemente.

22.06.2015 00:31

                La antigua Esparta reposaba sobre la sumisión de numerosas poblaciones del Peloponeso. Durante la tercera guerra mesenia su orgullo y su posición se encontraron en serio peligro.

                

                En el 464 antes de Jesucristo un fuerte terremoto quebrantó Esparta hasta tal punto que los autores clásicos llegaron a cifrar en 20.000 las víctimas y en cinco los edificios que lograron mantenerse en pie.

                Los espartanos mantenían en un régimen de servidumbre colectiva a los ilotas mesenios, que aprovecharon la catástrofe para intentar sacudirse las cadenas. Formaron una fuerza considerable y se dirigieron contra la odiada Esparta.

                El rey Arquidamo II emergió literalmente de las ruinas, según Diodoro Sículo, y consiguió formar con los supervivientes una fuerza respetable. Los marciales espartanos, habituados a la disciplina militar, lograron detener a las tropas ilotas.

                Los alzados se dirigieron hacia las ciudades periecas, las poblaciones de Mesenia y Laconia sometidas a los espartanos que preservaban su condición de personas libres, a diferencia de los ilotas. Los historiadores no han logrado aclarar los términos exactos de la cooperación entre periecos e ilotas durante la insurrección, aunque al final sólo la secundaron Tusia en Mesenia y Etea en Laconia.

                                                    

                Los ilotas y sus aliados no dudaron en combatir a campo abierto contra las formaciones espartanas, a veces con éxito. El capitán espartano Arimnesto, célebre por haber matado al general persa Mardonio en la batalla de Platea, cayó en la de Esteniclaro al frente de trescientos guerreros. Los ilotas asimilaron parte del arte de la guerra tal y como lo entendían los griegos del siglo V antes de nuestra Era.

                Al final los espartanos se fueron imponiendo en estas batallas no sin dificultades y las  fuerzas ilotas se concentraron en la fortaleza de la montaña mesenia de Itome, dispuestos a soportar un asedio en toda regla.

                El número de los defensores, que Kiechle cifró en unos 4.000, y la solidez de sus posiciones defensivas obligaron a los debilitados espartanos a pedir ayuda a otros Estados helenos. El orden social se encontraba amenazado en toda Grecia si los esclavos conseguían alzarse con la victoria. Llegaron, pues, refuerzos de Platea, Egina, Mantinea y Atenas. Los cuatrocientos hoplitas comandados por Cimón fueron muy bien acogidos por los espartanos, ya que los atenienses tenían fama de ser diestros en la toma de fortalezas.

                Las tropas de la coalición anti-ilota se lanzaron al asalto de Itome, pero fueron rechazados por los atrincherados defensores de la montaña. El fracaso hizo brotar las disensiones y los espartanos dirigieron acres reproches a los atenienses. Las dos grandes polis se distanciaron más y los elementos conservadores pro-espartanos perdieron protagonismo en la política de Atenas. Era un anuncio de futuras guerras que desgarrarían Grecia.

                Al final, tras un prolongado asedio, Itome capituló. Sus defensores se pusieron bajo la protección de Zeus y los espartanos les concedieron permiso para marchar, estableciéndose con la aquiescencia ateniense en Naupacto. Durante casi diez años, según algunos historiadores, el orden y la economía de Esparta se habían encontrado tan seriamente amenazadas como la posterior república romana por Espartaco. Los espartanos no eran gentes de granito.