EL PATRIO EUROPEÍSMO DE LOS DEMÓCRATAS ESPAÑOLES. Por Víctor Manuel Galán Tendero.
Europa ha combinado a lo largo de su Historia elementos de unidad y de diversidad, que han chocado y se han influido mutuamente. Más allá de los empeños de dominación de un Napoleón, los ritmos de las cosechas, de los negocios y de las protestas han saltado fronteras, afectando a naciones muy distintas.
Por mucho que la Restauración tratara de imponer, en la medida de las posibilidades, un orden anterior a 1789, distintas fuerzas sociales abrazaron la causa del liberalismo y del nacionalismo. Si el Trienio Liberal español fue un revulsivo en una Italia todavía dividida y bajo la tutela austriaca, la llegada de exiliados italianos a España reafirmó las demandas liberales de 1821 a 1823. Los partidarios de las desamortizaciones y de reducir el poder de la Iglesia católica en España siguieron con vivo interés la pugna de los nacionalistas italianos con los Estados Pontificios, cuya desaparición sería contemplada como una magna desamortización. Asimismo, los primeros catalanistas, como Víctor Balaguer, que intentaron reformar la España de Isabel II siguiendo los modelos de la Corona de Aragón, dirigieron sus miradas hacia los combates de la unificación italiana dirigidos por los Saboya, a los que se aplicaron mitos tan propios como el de los almogávares.
Como en la Europa de 1860 se estaban todavía dilucidando importantes cuestiones de participación popular en la vida política de sus Estados y de conformación nacional de sus comunidades, los demócratas españoles como Fernando Garrido también siguieron con interés lo que acontecía en Italia, especialmente con la irrupción de los Camisas Rojas de Garibaldi, hombre que tuvo un gran predicamento en el progresismo europeo coetáneo.
A Garrido también le preocupó el estado de la España de Isabel II, censurando su régimen administrativo y político centralista, perjudicial a su entender para el espíritu liberal de ciudades como Barcelona, Valencia o Zaragoza. Herederos de la tradición de las juntas locales revolucionarias y de la milicia nacional, que habían impulsado el cambio político, los demócratas simpatizaban con las ideas de cooperación y federación entre entidades particulares, bien patentes en la llamarada revolucionaria francesa de 1848.
Si la tendencia federal podría regenerar España, también ayudaría a mejorar la vida de Europa. Garrido opinaba que de forma eficaz se resolverían cuestiones tan problemáticas como las de Oriente (la del destino de los pueblos del imperio turco), la de Italia, la del Papa, la de Alemania, la de Hungría, la de Polonia y la de Iberia. En esta concatenación de pueblos y de cuestiones, una nueva nacionalidad ibérica emergería junto a las demás, pues la caída de los Borbones en las Dos Sicilias tendría consecuencias inevitables en España.
Concebía que los sillares de la Federación Europea serían las confederaciones suiza, francesa, ibérica, italiana, germánica, griega, polaca, holandesa, escandinava, británica, magiar-eslava y rusa. La admiración de los demócratas españoles por la Confederación Helvética, la patria del ensalzado Guillermo Tell, era clara, así como su tendencia librecambista. No obstante, reconoció Garrido que la desaparición de las barreras aduaneras podría perjudicar a los productores catalanes, por lo que deberían ser indemnizados. No olvidemos las simpatías que los demócratas tenían entre los grupos populares de Cataluña.
En un tiempo en el que todavía resonaba en España la guerra contra Marruecos, Garrido se inclinó más por otro tipo de empresa exterior, aprovechando la experiencia de los Voluntarios que combatieron en África. Su legión ibérica, de cuño garibaldino, combatiría por la federación de españoles y portugueses, que sería el preludio de la más amplia federación latina, capaz de cambiar el equilibrio de fuerzas de Europa. Las ideas de Mazzini tuvieron una gran influencia sobre Garrido, y desde este punto de vista el complejo movimiento de unificación de Italia preparó el clima de la revolución que en 1868 destronaría a Isabel II. Nuestro europeísmo siempre ha tenido algo genuinamente propio.
Fuentes.
Fernando Garrido, La España contemporánea, Pamplona, 2009.
.jpg)
Etiquetas:
Europa | Conflictos | Gobierno | Cultura
