EL PIRATA QUE ENCARÓ DOS IMPERIOS: LI MA HONG Y LOS COMBATES POR MANILA. Por Víctor Manuel Galán Tendero.

03.04.2026 11:19

              

               Los archipiélagos del sureste asiático han sido desde hace muchos siglos un puente comercial de primerísima importancia. Los mercaderes indostánicos los frecuentaron en su singladura hacia China, entablándose un animadísimo comercio alrededor de unas islas que tuvieron el privilegio de ser las de las especias. Por las lindes de sus dominios disputaron portugueses y castellanos, que alcanzaron las Filipinas desde la Nueva España.

               Cuando los navegantes ibéricos llegaron allí en el siglo XVI el imperio chino estaba regido por la dinastía Ming. Por entonces había abandonado sus grandes expediciones marítimas, consolidando su perfil más continental, más del gusto de los mandarines confucianos según ciertos autores. En su periferia litoral, sin embargo, hallaron excelentes oportunidades de enriquecimiento hombres de negocios y osados piratas, algunos de origen japonés. Uno de aquellos bandidos de la mar fue el chino Li Ma Hong (el Limahon de los españoles), que tuvo la osadía de poner en jaque al poder imperial chino y al español.

               En China el gran secretario del emperador Wanli, Zhang Juzheng, había impulsado desde 1572 una importante reforma de la administración, alejada a su criterio de las normas de los antepasados. Asimismo, se trató de imponer con mayor eficacia la política Haijin (la de la mar prohibida) de limitaciones comerciales en el sureste chino, empujando al enfrentamiento con tipos como Li Ma Hong. Las autoridades españolas de Filipinas lo consideraron en sus informes como un tirano o un ambicioso que trataba de ejercer el poder contrariando las leyes, alzándose en la tierra firme contra la autoridad imperial, cuyas unidades navales de Cantón lo habían repelido. Más tarde, los atribulados españoles de Manila sostuvieron que había escapado de una fuerza de cien mil soldados, capaz de quemarle hasta trescientos buques. No lo pudieron atrapar, pues observaba la prudente argucia de acumular madera en sus puntos de refugio para construir embarcaciones de escape.

               Los españoles habían fundado Manila en 1571, demostrando su clara voluntad de permanecer en las Filipinas. La precariedad y el valor del asentamiento español no pasaron desapercibidos a los ojos de Li Ma Hong. Fue capaz de organizar una armada de setenta y dos navíos gruesos o juncos, cuyo objetivo era la misma Manila. Se ha calculado su fuerza en unos dos mil soldados, otros tantos marineros y mil quinientos colonos, entre los que se encontraban desde cautivas chinas y japonesas a médicos. Un nuevo establecimiento parecía a punto de surgir en las codiciadas Filipinas.

               A 29 de noviembre de 1574 Manila estaba a cargo del gobernador Guido de Lavezaris y del maestre de campo Agustín de Goiti, que al comienzo se mostraron incrédulos con el peligro que se cernía sobre sus cabezas, por mucho que algunos naturales filipinos y soldados españoles dieran cumplido aviso. Lo cierto es que las tropas de Li Ma Hong, formadas en escuadrones, desembarcaron por la noche a ocho leguas de Manila, bien provistas de picas, arcabuces y otros artificios de fuego. Más de un elemento de la llamada revolución militar europea ya estaba siendo bien asimilado por las gentes de Asia en contacto con los ibéricos, como los chinos y los japoneses. No en vano su hombre de confianza o lugarteniente era el japonés Sioco, procedente del mundo de las bandas de piratas nipones que atacaban las costas coreanas y chinas.

               Al escepticismo de los comandantes españoles se sumó la precariedad de las defensas de la ciudad, con una artillería que en gran parte yacía desencabalgada en el suelo por una orden de Miguel López de Legazpi. Manila parecía a punto de caer. Los atacantes atacaron las casas del maestre Agustín de Goiti disparando sus arcabuces, matándolo junto a varios de los soldados defensores. Las casas fueron quemadas sin remisión y los soldados que huían sin orden cayeron aniquilados.

               El siguiente objetivo eran las casas del gobernador Guido de Lavezaris, que parecían estar a punto de correr la misma fortuna. Sin embargo, la eficaz acción del capitán Alonso Velázquez, al frente de veinte experimentados soldados, logró salvar la situación, retirándose los atacantes a Cavite.

               Mientras los de Li Ma Hong se reagrupaban allí, se reforzaron los españoles en Manila. El gobernador ordenó llamar al fundador de la villa Fernandina, el capitán Juan de Salcedo, confiándole la dignidad de maestre de campo, junto a las fuerzas que se aprestaban a la jornada de la isla de Mindanao.

               En la madrugada del 2 de diciembre comenzó el segundo asalto contra Manila. Los españoles no se dejaron atraer fuera de las defensas de la ciudad, y los atacantes no tuvieron más alternativa que lanzarse al asalto. Aunque lograron abrir brecha, fueron repelidos, cayendo muerto Sioco, según algunos a manos de un traidor. Mientras tanto, en la retaguardia de los atacantes, cundió la desorganización, cuando muchos naturales aprovecharon para ajustar cuentas con los españoles. Carente de un comandante como Sioco y vista la resistencia española, Li Ma Hong terminó por retirarse, hasta alcanzar el río Agno en Pangasinán.

               Hasta Manila, que todavía temía un tercer asalto, llegaron noticias de un musulmán de Ilocos de degollación en los altares de las iglesias de puercos y cabras. A algunos frailes se les había bautizado con agua caliente. Por si fuera poco, se alertó sobre el posible ataque del sultán de Borneo. Con todo, el 25 de marzo de 1575 partió una expedición de sesenta y siete navíos contra las posiciones de Li Ma Hong en Pangasinán. Tras cuatro meses de combates, el señor de los mares chino desistió de sus intentos y marchó.

               En aquel reñido tiempo, el capitán chino Pesung Aumón (el Homoncón de las fuentes españolas) le había ofrecido someterse a la autoridad del emperador Wanli. Al declinar su oferta, el capitán contactó con los españoles. En vista de ello, enviaron una misión diplomática a China, compuesta por dos soldados y dos frailes agustinos, entre los que destacó fray Martín de Rada. En sus informes de la primavera de 1576, notificó como habían alcanzado el territorio de Fujian, cuyo gobernador les previno tras treinta y cinco días de estancia que deberían de aguardar en Filipinas la respuesta oficial imperial. La devolución de presas por los españoles facilitaría las cosas. Vencido por las naves imperiales chinas, Li Ma Hong trató de rehacer su fortuna, sin éxito, en Siam y en el Indostán. Sin embargo, sus ambiciones habían puesto frente a frente a dos grandes imperios, que en lugar de combatirse negociaron: si el español ambicionaba las riquezas chinas, el chino estaba sediento de la plata de las Indias españolas a través del galeón de Manila.

                Fuentes.

               ARCHIVO GENERAL DE INDIAS.

               Filipinas, 84, N. 6.