EL POLÍTICO REZO DE DOÑA JIMENA. Por Víctor Manuel Galán Tendero.
Las expresiones literarias y artísticas de la Edad Media estuvieron impregnadas de elementos religiosos, muy característicos de su civilización. Las reclamaciones políticas inevitablemente apelaban a Dios, y toda oración al Altísimo era susceptible de transmitirlas. En el Poema de Mío Cid, doña Jimena se dirige a Dios ante las gradas del altar del monasterio de San Pedro de Cardeña, solicitándole que proteja a su esposo don Rodrigo. El Campeador había incurrido en la ira del rey don Alfonso, encaminándose al destierro junto a sus seguidores. La decisión del monarca no gustó a más de uno, de tal manera que en su oración doña Jimena expresaría ideas religiosas de alcance político.
El poder de Dios sobrepuja, con mucho, al de todos los reyes, un verdadero recordatorio de humildad a cualquier testa coronada (expresamos el texto del Poema de manera continua en castellano actual):
"Ya Señor Glorioso, Padre que en cielo estás, hiciste cielo y tierra, el tercero el mar, hiciste estrellas y luna y el sol para calentar, tomaste encarnación en Santa María madre, en Belén apareciste como fue tu voluntad, pastores te glorificaron, te vinieron a loar, tres reyes de Arabia te vinieron a adorar, Melchor, Gaspar y Baltasar, oro e incienso y mirra te ofrecieron como fue su voluntad”
Su poder y misericordia salva a cualquier acusado y condenado por la autoridad, algo tan idóneo como oportuno para el desterrado don Rodrigo:
“Salvaste a Jonás cuando cayó en la mar, salvaste a Daniel con los leones en la mala cárcel, salvaste dentro de Roma al señor San Sebastián, salvaste a Santa Susana del falso criminal”
Sintomáticamente, San Sebastián fue un militar romano que reprochó crueldad al emperador. En estas alusiones religiosas no se deja, en absoluto, al margen al mismo Jesús, extraordinario conocedor de los padecimientos humanos:
“Por tierra anduviste treinta y dos años, Señor espiritual, mostrando los milagros, de los que tenemos que hablar, del agua hiciste vino y de la piedra pan, resucitaste a Lázaro porque fue tu voluntad, de los judíos te dejaste prender, donde llaman Monte Calvario te pusieron en cruz por nombre Gólgota, dos ladrones contigo, éstos en sendas partes, el uno es en paraíso, porque el otro no entró allá, estando en la cruz virtud hiciste muy grande”
Durante el siglo XII la popularidad de Lázaro se había acrecentado en la Europa cristiana, como atestiguan sus templos románicos, pero también la de Longinos al calor de las Cruzadas:
“Longinos era ciego que nunca vio jamás, te dio con la lanza en el costado donde salió la sangre, corrió por el astil abajo, las manos se tuvo que untar, las levantó arriba, las llevó a la faz, abrió sus ojos, tocó todas sus partes, en ti creyó inmediatamente, por lo que fue salvo de mal”
La preciosa sangre de Cristo obra milagros, haciendo posible la redención:
“En el momento resucitaste, fuiste a los infiernos, como fue tu voluntad, quebrantaste las puertas y sacaste los santos padres. Tú eres rey de reyes y de todo el mundo padre, a ti adoro y creo de toda voluntad y ruego a San Pedro que me ayude a rogar por Mio Cid el Campeador que Dios le guarde de mal, cuando hoy nos partimos, en vida nos haga juntar”
Doña Jimena se comporta como una esposa ejemplar, verdadera devota de su marido. A este respecto, el Poema nos brinda todo un modelo de comportamiento conyugal, tanto en lo bueno como en lo malo a evitar, según se aprecia en los dolientes pasajes del primer matrimonio de las hijas del Cid. Así pues, la fiel esposa de don Rodrigo expresaría el pensamiento de más de un noble de finales del siglo XII e inicios del XIII. Dios limitaba la autoridad efectiva del rey, a la par que afirmaba la valía del atrevido guerrero, al que antes de irrumpir en los dominios del emir de Toledo se le aparecería San Gabriel en sueños, según el Poema. El Campeador se convirtió en el ídolo de más de un noble, valorándose más su acción directa que la parlamentaria en la Castilla del final de la Edad Media.
Fuente.
Poema de Mío Cid. Edición de Ian Michael, Madrid, 1984.

