EL RESILIENTE IMPERIO BIZANTINO ANTE LA MADRE NATURALEZA. Por Víctor Manuel Galán Tendero.

08.04.2026 12:48

               

                Los bizantinos, los romanos de Oriente, no fueron ecologistas, pues su horizonte intelectual se encontraba muy distante del nuestro. Sin embargo, tuvieron la prudencia de emplear sus recursos medioambientales, los de un variado imperio mediterráneo, de la manera más equilibrada con los imperativos de la madre naturaleza.

                Supuso un enorme desafío el suministro de agua a la gran urbe de Constantinopla, la egregia capital imperial. Buenos herederos de la proverbial pericia hidráulica de los antiguos romanos, construyeron allí varias cisternas para guardar el agua pluvial, descollando la Basílica. Era un verdadero palacio cubierto de aguas, con trescientas treinta y seis columnas de mármol que sustentaban arcos de ladrillo y bóvedas. Sus paredes de ladrillo refractario, de casi cinco metros de espesura, estaban impermeabilizadas con mortero de Horasan, compuesto fundamentalmente de cal apagada y polvo de cerámica fragmentada. Además, cisternas al aire libre como la de Aecio, con capacidad para almacenar cerca de 300.000 metros cúbicos de agua, formaron lagos artificiales dentro de las murallas de una Constantinopla presta a resistir un asedio.

                Los imperativos higiénicos determinaron el mantenimiento de baños públicos, necesitados a la sazón tanto de agua como de leña. El vertido de sus aguas usadas provocó más de un problema de degradación de ríos y mares, particularmente en la masificada Constantinopla. De ahí que el juicio de los especialistas sobre el tratamiento de residuos se muestre, en comparación con la Roma clásica, menos favorable con los bizantinos, por mucho que destinaran determinadas áreas a vertederos y volvieran a emplear materiales inorgánicos. Supieron, por otro lado, convertir en cal el mármol y refundir metales, de tal manera que sus nuevas construcciones redujeran su impacto sobre el medio ambiente.

                El esplendor de su sociedad urbana no nos debe de hacer olvidar que el imperio bizantino fue eminentemente agrícola, como la inmensa mayoría de todos los Estados del mundo antes del siglo XIX. La preservación de la calidad de los terrenos de cultivo resultó vital. Señor de Egipto y Siria hasta las conquistas islámicas, el imperio se interesó vivamente por la fertilidad de ambos dominios, notabilísimos graneros desde tiempos muy anteriores. Su pérdida fue un auténtico mazazo, pero los bizantinos no se dieron por vencidos y supieron aprovechar sus dominios balcánicos y anatolios. Preservaron bosques, evitaron el pastoreo excesivo de los prados, emplearon el sistema de rotación bienal, utilizaron con profusión varios tipos de abonos (estiércol animal y de plantas leguminosas) y en los terrenos más áridos alzaron terrazas contra la erosión. Compendio de su sabiduría agronómica, muy ligada a los trabajos previos de Casiano Baso, fue la Geopónica del emperador Constantino VII Porfirogéneta, del año 950, en pleno Renacimiento Macedonio.

                Con razón se han considerado sus monasterios verdaderos laboratorios agrícolas, por sus conocimientos técnicos (contenidos en sus soberbias bibliotecas), capitales y trabajadores especializados. Sus explotaciones descollaron por sus sistemas de irrigación, sus cultivos de viñeros y olivares, y su atento cuidado de sus bosques, como los del monasterio del Monte Athos. Sofisticados instrumentos, como los podones empleados en la viticultura, salieron de sus herrerías. Siguiendo unos calendarios de siembra muy precisos, comunidades como la de San Juan el Teólogo en Patmos transformaron una isla castigada por la aridez en un emporio agrícola.

                En el siglo VI las gentes de los dominios bizantinos se las tuvieron que ver con los problemas derivados de una Pequeña Edad de Hielo, que ocasionó una serie de malas cosechas y allanó el camino de epidemias, como la terrible peste de Justiniano del 541. La creciente aridez arruinó los asentamientos del desierto del Néguev, que habían prosperado en condiciones mejores. Sin embargo, de tales desastres emergió una economía de mayor resiliencia, con estrictas normas agrarias, de la que se desprendió una sensibilidad más conservacionista y mística, propia de los monasterios que custodiaban la creación de Dios. Los jardines bizantinos del siglo XI fueron iconos vivos con sus estanques, pabellones, árboles frutales, vides y flores tan aromáticas como las rosas, acreditando el triunfo de la civilización bizantina más allá de la política y de la guerra.

                Para saber más.

                Alexander Olson, Environment and Society in Byzantium, 650-1150. Between the Oak and the Olive, Palgrave Macmillan, 2021.