EXPANSIONISMO Y CRUELDAD EN LA JUDEA DE HERODES EL GRANDE. Por Víctor Manuel Galán Tendero.

10.04.2026 10:29

                Entre el 37 antes de Cristo y el 4 de nuestro Era reinó en Judea, a la sombra del poderoso imperio de los romanos, Herodes I, que pasaría a la Historia con el sobrenombre del Grande. La asistencia tanto del Senado de Roma como de figuras tan poderosas como Marco Antonio u Octavio Augusto le facilitó sobremanera su ascenso y permanencia en el trono, pues era de origen idumeo.

                Los idumeos, gentes semitas que habitaron al sur de Judea y el mar Muerto (alrededor de Hebrón), fueron conquistados en el 125 antes de Jesucristo por el dirigente macabeo Juan Hircano, obligándoseles a convertirse al judaísmo y aceptar la circuncisión. Aunque se les consideró como los descendientes de Esaú, el hermano gemelo de Jacob (padre de los israelitas), los judíos siempre los vieron con gran recelo. Resultó, por ello, de gran valor la intercesión ante Roma de su padre Antípatro, un astuto aristócrata idumeo.

                De hecho, su familia se refugió en la fortaleza de Masada, asediada por los partidarios de la dinastía Asmonea. En el 38 antes de Jesucristo Herodes logró romper el cerco y derrotarlos. Una vez afirmado su dominio sobre Galilea, Jericó, Samaria e Idumea, se lanzó contra sus oponentes en Jerusalén en el -37. En las operaciones militares contó con la ayuda romana, logrando entrar en la afamada urbe. Sentenció a muerte a Antígono, el último monarca de los asmoneos.

                En el 23 antes de Jesucristo Octavio Augusto le entregó la volcánica y pedregosa Traconítide (a casi sesenta kilómetros al sureste de Damasco), la fértil Batanea (al este de los Altos del Golán) y Auranítide (al suroeste de Siria), territorios hasta entonces en manos de grupos de osados bandoleros, protegidos hasta la fecha por el potentado Zenodoro. La amenaza de los árabes nabateos añadía peligrosidad a su posesión. Herodes ordenó establecer colonias militares, con veteranos y mercenarios judíos que habían servido en Mesopotamia. En esta línea de afirmación política-militar se encuadraron sus órdenes de reafirmar las fortalezas de Masada Y Herodión, ejemplos de su política constructiva junto a la reconstrucción del Templo de Jerusalén.

                Paralelamente, Herodes ganó fama de gran crueldad, más allá de la matanza de los Inocentes referida en el Evangelio de San Mateo. Ordenó ejecutar a su esposa favorita Mariamne I, a sus hijos Alejandro, Aristóbulo y Antípatro, y a su cuñado el sumo sacerdote Aristóbulo III. Como supuso, con acierto, que nadie derramaría lágrimas por su muerte, encerró en el hipódromo de Jericó a los más sobresalientes varones de Judea para que fueran ejecutados el día de su muerte. Así pensaba garantizarse el llanto. Sin embargo, su hermana Salomé no cumplió tan terrible voluntad cuando murió en el 4 de nuestra era. La integridad de sus dominios no le sobrevivió, repartiéndose entre su citada hermana y sus tres hijos supervivientes Herodes Arquelao, Herodes Antipas y Herodes Filipo. Esta tetrarquía no evitó ni por asomo que Roma llevara la voz cantante en la castigada y disputada región.

                La fortaleza de Herodión.

                

                Para saber más.

                Arnold Toynbee (dirección), El crisol del cristianismo. IV volumen de Historia de las civilizaciones, Madrid, 1988.