GANAR EL CIELO DEL DINERO EN LA TIERRA DE MONTESA. Por Víctor Manuel Galán Tendero.
Que el sistema capitalista nació de las entrañas del feudalismo es algo que ha sido estudiado, analizado y reconocido desde hace tiempo, deshaciendo tópicos y dejando al margen lugares comunes. Las ciudades de la Europa feudal estuvieron regidas en numerosas ocasiones por caballeros que no desdeñaron los negocios y por hombres de negocios acaudalados ansiosos de convertirse y ser tratados como caballeros. Estos patriciados, por mucho que se sometieran a un monarca para disfrutar de una serie de ventajas, impusieron sus intereses más allá de sus lindes, saltando las fronteras de los reinos.
Coronada por la fortaleza andalusí de la Suda, la ciudad de Tortosa era una de las grandes urbes de la Corona de Aragón a inicios del siglo XIV. Todavía conservaba su catedral románica, pero por su puerto fluvial pasaban valiosos cargamentos de trigo, aceite, lana y maderas. Ciudadanos honrados, grandes mercaderes y profesionales del derecho, con modos de vida aristocráticos, la gobernaban, y estuvieron bien atentos al destino de los bienes de la Orden del Temple, disuelta en 1312. Los bienes de sus encomiendas de Tortosa y Miravet pasaron mayoritariamente a la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén, y los de sus encomiendas en el reino de Valencia a la Orden de Montesa, establecida en 1317, como los del Maestrazgo.
De manera temprana, los patricios de Tortosa hicieron negocios con los caballeros de Montesa, pues las producciones agrícolas y ganaderas del Maestrazgo salían hacia el Mediterráneo a través de la Tortosa a orillas de la ruta acuática del Ebro. Por ello, los comerciantes y financieros tortosinos coparon buena parte de las subastas de las recaudaciones de diezmos y primicias del Maestrazgo entre 1320 y 1339, cuando se exigieron fuertes contribuciones a la Orden para las campañas reales en la disputada Cerdeña.
El estado de guerra con la Corona de Castilla a mediados del siglo XIV, con la peste flagelando a las gentes de Europa, convirtió a la ciudad de Tortosa en un auténtico centro logístico, capaz de comprar cereal en las encomiendas de Montesa y venderlo en el resto del principado de Cataluña. Alcanzada la paz con el vecino castellano, las lanas del Maestrazgo atrajeron el interés de los patricios tortosinos, transportándolas hacia los barcos que partían hacia Italia. No en vano, conformaron en las décadas finales del siglo XIV verdaderas sociedades financieras para arrendar las dehesas y las carnicerías de los dominios de Montesa. El cobro de los derechos de paso de los rebaños hacia el delta del Ebro engrosó sus bolsas notablemente.
Con esta posición, los juristas y notarios de Tortosa gestionaron con provecho la maraña de censales y deudas de Montesa en los atribulados días del Cisma de Occidente, y posteriormente los banqueros de la ciudad prestarían sumas de dinero notables a una Orden nuevamente requerida por las urgencias militares, esta vez de Alfonso el Magnánimo en Nápoles.
En el ecuador del siglo XV los hombres de negocios de Tortosa lograron pingües beneficios con la imposición de las leudas o peajes a los productos procedentes del Maestrazgo, pero la guerra civil que conmovió Cataluña entre 1462 y 1472 (en la que la oligarquía tortosina se posicionó al lado de Juan II) ocasionó un enorme trastorno. Pasado el conflicto, el maestre Luis Despuig canalizó no poco dinero de las encomiendas de la Orden a dotaciones eclesiásticas y palacios de la misma Tortosa.
Los pastos del Maestrazgo se revalorizaron cuando los rebaños del Pirineo descendían a invernar, lo que no pasó desapercibido ni por asomo a los mercaderes de Tortosa, que casi monopolizaron su arriendo en la década de 1480. A finales del siglo XV los hombres de negocios conversos lograron burlar la vigilancia inquisitorial e introducirse en las sociedades de arrendamiento de los diezmos del cereal del Maestrazgo, en las que también tomaron parte mercaderes de San Mateo. Se conseguía a un coste de saldo un trigo que luego era revendido en Barcelona con singulares beneficios. En vísperas de las Germanías que conmovieron el Maestrazgo y el reino de Valencia, los notarios tortosinos se hicieron con el control de escribanías como las de la bailía de Cervera, y los más acaudalados de Tortosa invertían en la deuda de Montesa, la de los censales que tanto pesaban sobre las espaldas de los campesinos que terminarían sublevándose.
Liquidada la Germanía, con la imposición de severas sanciones, los ganaderos del Maestrazgo condujeron en mayor medida sus rebaños a las tierras comunales del delta del Ebro en manos de la ciudad de Tortosa, lo que rindió en la década de 1530 a sus mercaderes el provecho preferente de compra de su lana virgen. Los talleres de tinte y acabado de paños de los telares de San Mateo y de otras localidades del Norte valenciano florecieron en la Tortosa de la siguiente década, con dinero para acometer las obras de mejora del puerto fluvial y de protección de los azudes del Ebro a mediados del siglo XVI. La asociación de los mercaderes de Tortosa con factores genoveses potenció todavía más el negocio lanero y textil.
Los comendadores de la Orden optaron por arrendar sus rentas a largo plazo a familias tortosinas como los Despuig, Oliver o Aldana, ante la amenaza de ser gobernada y gestionada Montesa por la corona, algo que terminó sucediendo en 1587. No obstante, el vínculo de tantas décadas no se rompió, al contrario. A finales del XVI los arrendadores de rentas reinvirtieron sus beneficios en los canales de riego y los molinos harineros de la huerta de Tortosa. Al quedar el Maestrazgo poco afectado por la expulsión morisca de 1609, su producción de cereales no padeció un bajón y fue vendida a buen precio en territorios más necesitados.
Paulatinamente, los ciudadanos honrados de Tortosa fueron estrechando sus lazos con la corona de los Austrias, cambiando sus anteriores deudas sobre Montesa por nuevos censales, garantizados por peajes y salinas del área. Cuando el conde-duque de Olivares trató de imponer su Unión de Armas y otros subsidios, el patriciado tortosino negoció con la baza del abastecimiento de carne a los ejércitos de Su Majestad, dado su control de los recursos del Maestrazgo, para conseguir ventajas y exenciones. En plena guerra de los Treinta Años, el contrabando y la distribución legal de suministros como los cereales del Maestrazgo de Montesa a los presidios o plazas fuertes de la Monarquía florecieron en una Tortosa, cuya oligarquía terminaría alineándose con la causa de Felipe IV durante la guerra de los Segadores.
En suma, las relaciones entre las tierras del Maestrazgo viejo de Montesa y las de la ciudad de Tortosa acreditan que la Historia no puede ser cortada ni limitada por las fronteras entre territorios. De la dinámica económica e institucional entre ambos vecinos supo aprovecharse la monarquía (desde los reyes de la casa de Aragón a los Austrias) para afirmar su cesarismo, formando parte de la ecuación del enriquecimiento de unas oligarquías bien atentas al negocio, a despecho de declararse muy amantes de los ideales caballerescos.
Para saber más.
Eugenio Díaz Manteca, “La orden de Montesa en la Edad Media”, Revista de Historia Militar, Extra del 2000, pp. 209-221.

