HERNÁN CORTÉS, EL POLÍTICO REFORMADOR RELIGIOSO. Por Víctor Manuel Galán Tendero.
Hernán Cortés fue, entre otras muchas cosas, un gobernante, que como otros de su tiempo amalgamó la política con la religión. Es bien sabido que empleó argumentos religiosos en la conquista del imperio de los mexicas, pero no tanto que hizo uso de los mismos como gobernador de la Nueva España. En su cuarta carta a Carlos V, del 15 de octubre de 1524, le insistió a Carlos V sobre varios puntos de política religiosa, en un momento en el que el protestantismo daba pasos socialmente más osados.
Cortés solicitó al emperador el envío de religiosos de buena vida y ejemplo, un ideal del que se distanció a ojos de muchos europeos coetáneos una gran parte del clero regular. A pesar de la gran tarea a emprender en las tierras recién dominadas, habían llegado hasta la fecha pocos religiosos de tales merecimientos.
Según él, los procuradores Antonio de Quiñones y Alonso Dávila, además de los concejos novohispanos, le habían insistido sobre el particular. Cortés decía hacerse eco del deseo de los colonizadores de disponer de más clérigos regulares que seculares, de vocación misionera. En buena lógica, tales hombres de Dios deberían de estar dotados con los diezmos oportunos, a cobrar por los oficiales reales.
Cortés no se condujo, en absoluto, como un reformador religioso al modo de Lutero, sino como un gobernante que deseaba moralizar y disciplinar al clero bajo la autoridad de la Corona, en la línea de lo establecido por los Reyes Católicos. Carlos V debería pedir al Papa tales diezmos, que nunca deberían ir a parar a las arcas de obispos y prelados, acusados de dilapidarlos en pompas, vicios y mayorazgos para hijos o parientes. No está de más recordar que caballeros e hidalgos hicieron armas contra prelados muy mundanos en las banderías que conmovieron a la Castilla bajomedieval. El mismo Cortés tuvo fuertes enfrentamientos con el obispo de Burgos Juan Rodríguez de Fonseca, encargado en la corte de los asuntos de las Indias.
El obispo había paralizado más de una merced destinada al conquistador, resultando muy oportuno para deshacerse de obstáculos el propugnar un proceder que no diera mal ejemplo a los amerindios, acostumbrados a sacerdotes recogidos, honestos y castos, a los que se les ejecutaba por quebrantar alguna norma. Así lo expresaba el mismo Cortés:
“E si agora viesen las cosas de la Iglesia y servicio de Dios en poder de canónigos o otras dignidades, y supiesen que aquéllos eran ministros de Dios, y los viesen usar de los vicios y profanidades que agora en nuestros tiempos en esos reinos usan, sería menospreciar nuestra fe y tenerla por cosa de burla; y sería tan gran daño, que no creo aprovecharla ninguna otra predicación que se les hiciese.”
De esta forma se presentaba como un leal vasallo, deseoso de ensanchar los reinos y señoríos de Carlos V y de favorecer su bienaventuranza de la vida eterna. Como, no obstante, los obispos eran necesarios para hacer órdenes, bendecir iglesias, ornamentos, óleo y crisma, el Papa podía concederle que dos subdelegados de los franciscanos y dominicos llegados a la Nueva España se encargaran de ello. Debían disponer de los más amplios poderes, dado el alejamiento del territorio.
A Cortés no se le escapó el aspecto material de la cuestión. Dio noticia que los diezmos comenzaron a arrendarse desde 1523 en algunas villas, mientras otros sólo se pregonaban. Aunque los tiempos de guerra no eran buenos para las rentas de los españoles, los diezmos de Tenochtitlán dispensaron 5.550 pesos y los de las villas de Medellín y Veracruz otros mil. La llegada de los oficiales de las rentas reales no dejó de ser un inconveniente más para Cortés, por mucho que mostrara su buena disposición a que su contador colaborara con el tesorero real. Como hombre acostumbrado a no dar una puntada sin hilo, sabía perfectamente que su celo reformista y evangelizador en lo religioso era lo más conveniente en política.
Fuentes.
Hernán Cortés, Cartas de relación. Edición de Ángel Delgado, Madrid, 2016.

