JUICIO FINAL Y CRÍTICA SOCIAL. Por Víctor Manuel Galán Tendero.
La crítica social se ha expresado de diversas formas a lo largo del tiempo. En la Edad Media los religiosos más rigoristas, sin impugnar el orden estamental establecido, acudieron al anuncio del Juicio Final para ajustar cuentas a su placer. Siguieron la vía del Evangelio de San Marcos, que antes de tan severísima prueba anunciaba una serie de signos o manifestaciones espeluznantes, en lugar del abrupto final preconizado por el de San Lucas.
En los Signos que aparecerán antes del Juicio Final, escrito a mediados del siglo XIII, Gonzalo de Berceo consignó que durante quince días se sucederían la terrible elevación y descenso del nivel del mar, el llanto de los animales, el incendio de mares y ríos, la sudoración de sangre por los árboles y plantas, el derrumbe de todo edificio, la quiebra de las piedras en una verdadera batalla campal, un notable terremoto, el aplanamiento de toda la tierra, la salida de los aturdidos humanos de sus refugios, el abandono de los enterramientos por todos los cadáveres, la caída de las estrellas, la muerte de todos los vivos, el incendio del mundo y la resurrección de los muertos, incluso de los no engendrados. Entonces daría comienzo el Juicio.
Seguidor de San Jerónimo y con puntos de contacto con Jacobo de la Vorágine, Berceo insistió en que en el sexto día no se salvarían de la caída ni castillos, ni torres, ni murallas, los símbolos del poder caballeresco. En el pavoroso incendio del decimo cuarto día no dejaría de consumirse todo el oro y toda la plata, significativamente. Las ideas apocalípticas habían prendido en el antiguo reino de Asturias y en la Castilla del siglo X habían gozado de predicamento, pero ahora adoptaban el tono moralizador de un fulminante sermón.
Curiosamente, los buenos recibirían del reino del Señor en el Juicio. Al haberle dispensado posada, recibirían el galardón de la soldada, como si se tratara de los buenos vasallos de un señor como Fernando III. Por el contrario, otro destino aguardaría a los malditos o vasallos infieles, que serían tratados con la oportuna saña e ira.
Marcharían con su adelantado al fuego avivado, con Lucifer y su fonsado o mesnada. Se les martirizaría con cadenas ardientes, azotes mortales, sayales insufriblemente pesados, frío, hambre y con fuego en su garganta por yantar. Reptiles y escorpiones los devorarían inmisericordemente. No en vano castigos como el de los azotes se aplicaron con regularidad en los reinos cristianos coetáneos, reforzando tanto la impresión de veracidad como el sentido divino de la justicia terrenal.
Los condenados, según Berceo, pertenecerían a distintas categorías morales y sociales, excluyéndose oportunamente toda referencia expresa a Papas, emperadores o reyes. Padecerían los tormentos los calumniadores, los codiciosos (a los que se les introduciría el oro por la boca), los envidiosos, los malos menestrales, labradores y pastores, los clérigos que vivían seglarmente y los soberbios que robaban a los mezquinos o gentes de escasísima fortuna.
Berceo no censura la sociedad estamental, sino el apartamiento de muchos de sus integrantes de sus prácticas ideales y deseables. Su llamada de atención era a “todos los cristianos que en Cristo creemos, si estas visiones excusar queremos, mejoremos las vidas, penitencias tomemos, ganemos la gloria, el mal excusemos.” Sus aspiraciones de rigor religioso, no obstante, no dejaron de descubrir los desajustes de una sociedad que en los siguientes años se quejaría de sus problemas en Cortes como las de León y Castilla.
Fuente.
Gonzalo de Berceo, Signos que aparecerán antes del Juicio Final. Edición de Arturo M. Ramoneda, Madrid, 1980.
