LA ARDUA REPOBLACIÓN DE UN CONCEJO CASTELLANO, LORCA. Por Víctor Manuel Galán Tendero.
En 1244 las autoridades de la Lorca musulmana se rindieron al entonces infante don Alfonso de Castilla, el futuro Rey Sabio, acogiéndose al tratado de Alcaraz. Hasta 1264 el dominio cristiano de la ciudad se circunscribió prácticamente al control de su alcazaba. Sin embargo, los musulmanes lorquinos tomaron las armas contra el rey de Castilla entre 1264 y 1266, al igual que otros del reino de Murcia. La afluencia de colonizadores cristianos y las exigencias fiscales en aumento los habían impulsado a una rebelión, que sería sofocada con la ayuda de Jaime I de Aragón. Los vencidos musulmanes fueron conducidos al exterior de las murallas de la ciudad, confiscándose una parte significativa de sus bienes. No pocos rehicieron sus vidas en el emirato de Granada, donde sobresalieron ulemas como Abu l-Hayyay Yúsuf al-Lurqí.
En consecuencia, el fracaso de la rebelión aceleró la repoblación cristiana. Si hasta entonces Alfonso X sólo pudo disponer de los bienes del anterior Estado islámico (el llamado almacén real) y de algunos enclaves como los de los castillos de Puentes y Felí, la derrota mudéjar dejó un amplio territorio a colonizar. Al finalizar el siglo XIII se tuvieron que acometer nuevas operaciones de reparto ante las apropiaciones indebidas de más de un caballero.
Los partidores u oficiales del rey repartieron las tierras por cuadrillas, agrupaciones de repobladores con un mismo origen geográfico. Cada una tenía su propio representante, como Diego García, que le daba oficialmente su propio nombre. Posteriormente, los medidores o sogueadores delimitaban los lotes de cada integrante de la cuadrilla. Los cristianos aprovecharon las divisiones, infraestructura y distribución agraria andalusí, en la medida de sus posibilidades y de su forma de ver el mundo. La demarcación de algunas cuadrillas se superpuso a veces a la de las acequias principales y sus ramales o brazales. Como las aguas del Guadalentín se distribuyeron en tandas temporales, toda la cuadrilla compartía por fuerza el mismo calendario hídrico.
Los terrazgos de cada cuadrilla se calificaron como de huerta o regadío regular, de fondón o tierras bajas de gran fertilidad beneficiadas por las escorrentías, y de morgón o tierras altas de secano de riego eventual. Aunque la extensión del territorio de cada cuadrilla dependía del número de sus miembros y del caudal de agua disponible (oscilando de 40 a 200 hectáreas), se empleó como unidad agraria la tahúlla, equivaliendo en Lorca a unos 1.118 metros cuadrados.
En una cuadrilla como la de Guillem de los Arcos, por ejemplo, se repartieron 178 tahúllas de morgón y 133 de fondón. Una cuadrilla particularmente rica fue la Domingo Iniesta. Con 87 tahúllas de morgón y 150 de fondón. En cambio, las de Sebastián de Mora, Diego García o Tomás de Tarazona las tahúllas de fondón escasearon, las que dispensaban cosechas estables de frutales, hortalizas y alfalfa durante todo el año.
A partir de los nombres de los colonizadores de áreas como el Espolón, Puentes o Barrio de Alcalá podemos ver que muchos procedían del área de la extensa Corona de Castilla (desde Álava a Cuenca), pero también de puntos de la de Aragón como Albarracín. La monarquía tuvo preferencia de asentar ballesteros en una plaza que pronto se convirtió en fronteriza frente a la Granada nazarí.
Las gentes de la serranía de Cuenca, Alarcón, Huete y Belmonte se encontraron entre las más favorecidas de la incipiente Lorca castellana. Así pues, linajes como el de los Alarcón se hicieron con amplios terrazgos de huerta y de fondón. Sin embargo, un caballero con 20 o 30 tahúllas de huerta y una gran extensión de secano debía de arrendar de una forma u otra su patrimonio, lo que ocasionaba entre los menos hábiles o afortunados serios problemas de endeudamiento. Por el contrario, un simple peón con unas 6 tahúllas de tierra podía alimentar a su familia, pagar las imposiciones concejiles y eclesiásticas, e incluso lograr cierto margen de ahorro. A los que sólo les correspondieron de 4 a 3 tahúllas las dificultades acostumbraron a llamar a su puerta, como en los días de sequía o de desbordamiento del Guadalentín. Entonces, acosados por la miseria, cayeron en manos de los grandes amos de tierras del término.
La repoblación, por ende, comportó una notable inestabilidad, el del paso de un modelo económico y social a otro, que algunos calificarían de colapso estructural. Los colonizadores poco duchos en el cultivo del regadío o hartos de la presión de la Granada nazarí vendieron sus terrazgos o marcharon, dejando incluso tierras sobrantes, objeto de pleitos. Por entonces se pasó de la dispersión a la concentración del hábitat, como el del Barrio de Alcalá (hoy de San Cristóbal) o el núcleo urbano lorquino bajo el castillo, para protegerse mejor. Se abandonaron no pocas casas de labranza andalusíes de la huerta, convertidas a lo sumo en cobertizos para el ganado y los aperos de labranza.
Las torres de defensa que se fueron alzando posteriormente en la huerta ejemplifican este nuevo clima social. Emplazadas en los puntos más elevados de las cuadrillas o al lado de las principales acequias, estaban visualmente conectadas con el castillo de Lorca, dentro de un notable sistema encadenado de vigilancia y aviso. En caso de peligro extremo, los cultivadores podían guardar sus animales en la planta baja de las torres y subir ellos junto a sus familias a la superior.
Lorca fue saliendo de aquel atolladero convirtiéndose en un concejo guerrero, donde las cabalgadas contra los musulmanes granadinos tuvieron una gran relevancia. Sin embargo, los conflictos sociales no faltaron, por mucho que se pretendiera exhibir fuerza frente al enemigo exterior.
Tras la derrota del levantamiento mudéjar, varios colonizadores denunciaron que no se respetaba el caudal hídrico que les correspondía, pues los caballeros se habían apropiado de las mejores acequias de la huerta. Algunos aprovecharon la fugaz dominación aragonesa (1296-1300) para fijar por escrito las tandas y las dulas de riego. Tras los estragos de la peste de 1348 y de los enfrentamientos internos en Castilla, se desarrollo el gran pleito por la Fuente del Oro de 1369 a 1379, cuando muchos campesinos exigieron que la posesión del agua permaneciera unida a la de la tierra. En 1407, pasados varios años de protestas y sabotajes nocturnos en las compuertas de la acequia de Alcalá, los campesinos consiguieron que una pragmática real condenara a los regidores por desviar el agua a sus pastos ganaderos en tiempos de sequía. Las tahúllas de pan y hortalizas de aquéllos, herederos históricos de los peones de la primera repoblación, habían conseguido un éxito puntual, recuerdo de los más esforzados colonizadores de los comienzos de la Lorca castellana.
Fuentes.
Juan Torres Fontes, Repartimento de Lorca, Murcia, 1994.

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