LA COMPLICADA ALIANZA HISPANO-POLACA. Por Víctor Manuel Galán Tendero.
La Monarquía hispánica y la Unión de Polonia y Lituania terminaron encarnando la defensa del catolicismo en la Europa de la Contrarreforma. Sin embargo, sus relaciones no siempre fueron cordiales. La compensación por la incorporación en 1557 a la corona de los bienes de la reina Bona Sforza en el reino de Nápoles, esposa de Segismundo I, ocasionó el espinoso y dilatado litigio de la Suma Napolitana. Por otra parte, los nobles polacos (celosos de sus libertades) se mostraron poco complacientes con las atribuciones de la Inquisición española, subordinada a la autoridad real, especialmente el grupo de los disidentes religiosos con asiento en la Dieta o Sejm. En esta Polonia se estableció en 1572 la elección por la aristocracia del titular de la corona.
En la aproximación hispano-polaca tuvieron un protagonismo destacado los jesuitas, que llegaron a ser reclamados en 1576 por el rey de Polonia y príncipe de Transilvania Esteban Báthory para combatir las doctrinas antitrinitarias. La Compañía de Jesús supo ganarse el favor de los aristócratas, como el del poderoso linaje lituano de los Radziwitt. Organizaron los jesuitas la Academia de Vilna en 1579 y difundieron el castellano en colegios como el de Poznan. Descollaron los padres García Alabiano, Antonio Arias, Pedro Viana, Miguel Ortiz o Santiago Ortiz, contribuyendo notablemente en la afirmación de la autoridad real, en la formación del personal administrativo y en la canonización de santos polacos como San Jacinto, ejemplo de Polonia como fortaleza del catolicismo en Europa Oriental. Tras las disputas entre Segismundo III Vasa y el archiduque Maximiliano III de Austria a la muerte de Esteban Báthory, los jesuitas alimentaron el entendimiento entre la Unión polaco-lituana y el Sacro Imperio frente a los turcos otomanos, igualmente enemigos de los Habsburgo españoles.
Señora de las llanuras ucranianas, la monarquía polaca obtuvo pingües beneficios de la exportación de cereales, tan solicitados en la Europa Occidental. En pleno conflicto atlántico con los rebeldes de los Países Bajos e Inglaterra, España cortejó a la lejana Polonia por buenos motivos comerciales. Además, podía ser una valiosísima aliada contra el imperio otomano, el gran enemigo de los Habsburgo de Madrid y de Viena.
En 1587 Segismundo Vasa, hijo de Juan III de Suecia, fue escogido rey de la Unión. Como su padre había intentado ganarse la aquiescencia española y pontificia, el nuevo monarca había sido educado por los jesuitas. Su inclinación hacia el catolicismo de la Contrarreforma ocasionó su deposición del trono sueco por su tío el protestante Carlos. En la misma Polonia sus adversarios le acusaron de pretender subordinar la Unión a los Habsburgo, rebelándose en 1606 parte de la nobleza en defensa de sus derechos. El acercamiento de Segismundo III a los Habsburgo era una manera de fortalecer su poder. Si en 1613 concertó un tratado defensivo con el emperador Matías de Habsburgo, en 1615 el rey de España le concedió el Toisón de Oro en muestra de deferente aprecio.
El acercamiento fue dando sus frutos, y en 1624 el entonces príncipe Ladislao Vasa visitó los Países Bajos hispanos, que junto al virreinato de Nápoles (encargado de la Suma) y la embajada española en la corte imperial en Viena fueron los principales puntos de contacto habituales con Polonia. Además de entrevistarse con su gobernadora, la archiduquesa Isabel Clara Eugenia, pudo contemplar las tareas de asedio de la plaza de Breda, rendida en 1625. Favorablemente impresionado por la disposición de los célebres tercios, reformó posteriormente la infantería polaca tomándolos como modelo, lo que resultó de gran utilidad durante la guerra de Smolensk de 1632-34, auspiciada por los Habsburgo contra la Rusia de Moscú. Estableció, también siguiendo pautas españolas, el Cuerpo de Artillería de la Corona.
Las relaciones de sucesos, los avisos y las gacetas (editadas en ciudades como Sevilla, Madrid o Barcelona) dieron a conocer de forma propagandística entre los españoles algunos sucesos de Polonia considerados de relevancia, como la batalla de Chocim o Jotín de 1621 entre polacos y otomanos o el milagro del Cristo de San Nicolás de Gdansk, tiroteado por los soldados suecos. Así se pretendía acentuar la imagen de Polonia como una España del Oriente.
No en vano, el conde duque de Olivares se afanó en ganar la colaboración de Polonia en el Báltico durante la guerra de los Treinta Años, estableciendo una flota de guerra contra los activos neerlandeses y sus aliados. Sin embargo, poco se avanzó. Los problemas internos de Segismundo III y los de los españoles en Italia condujeron a la tregua de Altmark de 1629. Entre los círculos españoles saltó la alarma cuando el nuevo rey Ladislao IV acarició la idea de casarse con Cristina de Suecia o Isabel de Bohemia, bajo la atenta mirada del cardenal Richelieu. En 1635 se insistió en ganarse más decididamente al monarca polaco a través de una oferta matrimonial, preeminencias para sus hermanos (pensando ya en que podían sucederle), asistencia económica y un convenio comercial. Precisamente en 1635 Calderón de la Barca dio a la luz su magna obra La vida es sueño, ambientada en Polonia y protagonizada por el príncipe Segismundo, un verdadero homenaje a distintas figuras históricas reunidas en un único personaje.
Tras la ruptura de hostilidades en 1635 con Francia, que se puso del lado de los suecos y de los otros potentados protestantes del Sacro Imperio en la guerra de los Treinta Años, España prosiguió jugando la carta polaca en la medida de sus posibilidades. En 1637 Ladislao IV se casó con Cecilia Renata de Austria y en 1638 se esperó al príncipe Juan Casimiro con gran agasajo en Barcelona, pero fue retenido por los franceses tras partir de Italia. Años más tarde, en 1646, la figura de Ladislao IV y la de su esposa Cecilia Renata (fallecida en 1644) aparecerían en términos elogiosos en la novela picaresca La vida y hechos de Estebanillo González.
Ya por entonces la monarquía española se enfrentaba a una terrible crisis, con el alzamiento en armas de gran parte de Cataluña y la secesión de Portugal. El malestar también se dejaba sentir en otros Estados de su imperio. Por mucho que entre la nobleza polaca se extendiera la admiración por el Quijote y por autores como Baltasar Gracián y Saavedra Fajardo, que elogió a las fuerzas de caballería polacas (las de los húsares alados), la Unión polaco-lituana tenía unas ambiciones y unos objetivos que se alejaban de los frentes que interesaban a los españoles. Para separarlo de sus aliados, los enemigos de los Habsburgo ofrecieron el papel de mediador de una posible paz a Ladislao IV, que impulsó sus ambiciones orientales frente a los turcos. Su muerte en 1648 coincidió con el estallido de la feroz rebelión de los cosacos de Ucrania, las llamadas Indias de Polonia.
En la elección del nuevo rey, los Habsburgo prefirieron a un hermano del difunto Ladislao IV, Carlos Fernando, frente a la del otro hermano Juan Casimiro, que había estado retenido en Francia. Por tanto, el ascenso al trono del segundo fue visto como un triunfo del cardenal Mazarino. A pesar de ello, Felipe IV envió como embajador a la corte polaca a don Juan de Borja en 1651, con la intención de separarlo de los enemigos de la Monarquía hispana.
Juan II Casimiro albergó notables ambiciones. Alarmado por la decapitación de Carlos I de Inglaterra, pretendió alterar en 1652 la constitución política de la Unión, pero los españoles no secundaron sus planes por falta de medios. También aspiró a la corona de Suecia y a la hegemonía en el Báltico. En 1654 los cosacos se pusieron bajo la protección del zar de Rusia, extendiéndose los combates de Ucrania a Lituania. Las tropas rusas se hicieron con el dominio de Smolensk, Vilna y Kiev. En 1655 se sumó a la lucha Suecia, cuyas fuerzas alcanzaron Varsovia y Cracovia. Daba inició el Diluvio (Potop), expresión popularizada en 1886 por el gran novelista Henryk Sienkiewicz. Juan II marchó al exilio y todo pareció perdido.
Sin embargo, los polacos no se dejaron abatir, por mucho que suecos y brandemburgueses terminaran ganando la batalla de Varsovia. Si en 1655 la resistencia del monasterio de Jasna Góra (el de la Virgen de Czestochowa) marcó un punto de inflexión, la lucha guerrillera emprendida por el comandante Stefan Czarniecki resultó fatal para los suecos. Antiguo jinete de caballería que había observado en la guerra de Smolensk la manera de combatir de cosacos y tártaros (de los que fue prisionero de 1648 a 1650), Czarniecki supo dar golpes en bosques y pantanos antes de emprender una retirada estratégica, destruyendo los vitales puentes. También se utilizaron las armas de la diplomacia, pues por el tratado de Wehlau de 1657 se ofreció el ducado de Prusia al príncipe elector de Brandemburgo, separándolo de la coalición.
En aquellos años del Diluvio el poder español todavía se enfrentaba a Francia, que terminó siendo auxiliada por la Inglaterra de Cromwell. Con Portugal las espadas todavía estaban en alto. De todos modos, los rectores de la Monarquía hispánica no se mostraron dispuestos a asistir al hundimiento polaco. Juan II tuvo su pleno reconocimiento y las relaciones de sucesos publicadas en las grandes ciudades españoles celebraron con gozo las victorias de las armas polacas, haciendo popular su causa. A despecho del manido asunto de la Suma Napolitana (todavía insatisfecha) y de la más que precaria situación financiera de la Monarquía, se prometió ayuda económica a Polonia. Sus diplomáticos alentaron a los Habsburgo de Viena a combatir a los suecos junto a los daneses, con dinero allegado de la Santa Sede. Así pues, el emperador Leopoldo I de Austria envió una fuerza de doce mil soldados, de enorme importancia en la liberación de Cracovia y en la retirada del príncipe de Transilvania.
Ahora bien, el retraso de las ayudas y la presencia de tropas imperiales en Cracovia y Poznan alimentaron el descontento de la oposición polaca. Ciertamente, Polonia y España salieron de aquel trance, aunque su potencia ya no era la de antaño. Tras la paz de los Pirineos de 1659 Francia hizo valer su hegemonía en Europa. Juan II, que aceptó al hijo del príncipe Condé como su candidato a la sucesión, terminó renunciando a sus derechos a la corona sueca y a Livonia por la paz de Oliwa (1660). Por si fuera poco, la ascendente Rusia terminó apoderándose en 1667 del Este de Ucrania, incluyendo la plaza de Kiev. En esta nueva Europa los españoles y los polacos encontrarían todavía una causa común alrededor del asedio turco de Viena de 1683, aunque los vientos de la Historia conducirían a ambos por caminos distintos.
Fuentes.
ARCHIVO DE LA CORONA DE ARAGÓN.
Consejo de Aragón, Legajos 1350 (051).
ARCHIVO HISTÓRICO DE LA NOBLEZA.
Osuna, CT. 197, D. 29-30.
Miguel Conde Pazos, “Relaciones entre los Habsburgo y los Vasa de Polonia. La embajada a Varsovia del conde de Solre y Alonso Vázquez y la firma del Tratado Familiar (1635-1660)”, en Tiempo de cambios. Guerra, diplomacia y política internacional de la Monarquía Hispánica (1648-1700), Madrid, 2012, pp. 283-309.

