LA COMPOSICIÓN DE LOS EJÉRCITOS CRUZADOS DEL SIGLO XII. Por Víctor Manuel Galán Tendero.

12.09.2023 08:36

 

                Los Estados cruzados no dispusieron en el siglo XII del número suficiente de guerreros entrenados y se ha considerado que tuvieron que bajar los niveles de exigencia para armar nuevos caballeros, seduciendo de esta manera a más de un peregrino de extracción social modesta para asentarse en Tierra Santa. Entre los mismos cruzados, además, había fuertes divisiones entre los de procedencia francesa e italiana, entre los europeos recién llegados y los nacidos en Tierra Santa, fruto del matrimonio entre guerreros occidentales y cristianas orientales.

                Las fuerzas quizá más combativas de los cruzados estuvieron formadas por los contingentes de las órdenes militares de los templarios y los hospitalarios, muchos recién llegados. Al igual que en la Europa coetánea, todos los feudatarios estaban obligados a tomar parte en las campañas anuales, desde los quince a los sesenta años, según derecho: un caballero no debía luchar a pie, guerrear en un lugar donde no pudiera trasladarse a caballo o combatir en caso de perder su feudo a manos enemigas. En el reino de Jerusalén, el monarca podía exigir que los feudatarios sirvieran durante todo un año, mucho más que en Europa, pero tras ser negociado en su Tribunal Supremo. Algunos feudatarios recibieron desde 1130 rentas sobre el comercio en lugar de tierras. Mientras los barones de Galilea podían llevar a la batalla unos cien caballeros, solamente uno un pequeño feudatario. Junto a los caballeros propiamente dichos, encontramos las fuerzas montadas de los sargentos. El patriarca de Jerusalén llegó a alinear como feudatario hasta quinientos sargentos.

                Para subsanar los problemas de reclutamiento, se recurrió a fuerzas mercenarias, que no deben confundirse con los feudatarios de rentas. Se ha considerado que a lo largo del siglo XII se contrataron cada vez más fuerzas mercenarias por los Estados cruzados, especialmente sargentos.

                Los ejércitos cruzados no alistaron musulmanes y judíos como combatientes, pero sí a cristianos orientales. Los armenios fueron especialistas técnicos en los asedios, los cristianos de Siria nutrieron la infantería del principado de Antioquía, los maronitas del Líbano sirvieron como arqueros del reino de Jerusalén y los menos fiables jacobitas como guías. Ya empleados por los bizantinos, los turcópolos eran prisioneros de guerra musulmanes convertidos al cristianismo y que podían luchar con las tropas cruzadas. Se les ha comparado con los mamelucos del mundo musulmán. Los del rey de Jerusalén estaban bajo el mando directo del gran turcópolo, responsable ante el mariscal del monarca.

                En caso de extrema necesidad, el rey de Jerusalén podía llamar a la guerra a todos los hombres libres de sus dominios, incluyéndose también a los peregrinos. Toda deserción era castigada con severidad. Si el caballero perdía armadura y equipo, el simple combatiente padecía la horadación de las manos con hierro candente.

                Para saber más.

                Hans Eberhard Mayer, Historia de las cruzadas, Madrid, 2001.