LA CORONACIÓN IMPERIAL DE LA NAVIDAD DEL 800.

25.12.2014 10:31

                Anochecía aquel 25 de diciembre del 800 en Roma, donde se dieron cita el papa León III y el rey de los francos Carlomagno. Aquella fue una Navidad histórica, la de la coronación como emperador de aquel monarca conquistador.

                Desde el 476 el Occidente romano carecía de emperador propio, pero ahora las cosas habían cambiado considerablemente. De los magmáticos pueblos germanos emergieron con fuerza los francos, imponiéndose con frecuencia en el campo de batalla. Acuciado por los lombardos y los disidentes romanos, el pontificado buscó su protección. En Constantinopla, el imperio cristiano romano de Oriente, una mujer se había entronizado. La coronación imperial se ofrecía como fruta madura a Carlos el Grande, campeón ante los paganos sajones.

                León III estuvo a punto de caer en un atentado. Escapó de la Ciudad Eterna, y buscó refugio en la corte franca. Hasta allí también se dirigieron sus detractores, prestos a deponerlo. Carlomagno vaciló. Quien salvó a León III fue Alcuino de York, el intelectual religioso que tanto influyó en Carlomagno.

                El rey de los francos se puso en marcha hacia Roma en noviembre del 799, determinado a poner orden. Desde el 775 tenía la corona de hierro de los lombardos de Italia. Su lámina circular de hierro procedía, según la tradición, de uno de los clavos de la crucifixión de Nuestro Señor, desenterrados del Gólgota por Santa Elena, la madre de Constantino, que tuvo a bien ordenar la fabricación con su material de un tocado protector para su mayestático hijo. Un importante precedente para el nuevo Constantino.

                Los Annales regni francorum y el Liber pontificalis nos proveen de los datos más directos acerca de la coronación imperial de Carlomagno. En parte su ceremonial se inspiraba en el Pontifical de Egbert de York, discípulo de Beda el Venerable  y maestro de Alcuino.

                En el transcurso de la misa de Navidad el rey de los francos se arrodilló piadosamente a rezar ante el altar de la basílica de San Pedro. Sigilosamente se le acercó por detrás León III, que le impuso la corona imperial. Carlomagno reaccionó con sorpresa, y el papa se arrodilló ante él. Ungiéndolo con el santo óleo. Ante todo se trató de destacar que la autoridad imperial le venía dada al triunfante rey por el destino divino, ante el que se postraba el sucesor de San Pedro.

                Los clérigos entonaron con júbilo las letanías de la coronación, seguida de la aclamación del pueblo de Roma a modo de aceptación plena de la autoridad imperial del nuevo augusto, grande y pacífico gobernante, un nuevo Constantino capaz de hacer recordar al mismísimo rey David.

                Carlomagno confesó más tarde a sus más íntimos que no sintió satisfecho de ser coronado por el dudoso León III. La celebérrima corona imperial, cuajada de fabulosas joyas y adornada de hondos significados, data de finales del siglo X. Pese a todo la Navidad del 800 marcó un hito en la Historia de Europa, la de la restauración imperial en su mitad Oeste, punto de arranque del Sacro Imperio Romano Germánico y de sus vidriosas querellas con la Iglesia Católica. Con razón Henri Pirenne la juzgó el ápice de la transición del mundo antiguo al medieval en su De Mahoma a Carlomagno.

                La Navidad es (o debe ser) momento de alegría, familiaridad y reflexión a modo de balance. Desde HISTORIARUM proponemos especialmente hoy tal meditación a los amigos de la Historia aprovechando tal 25 de diciembre del 800, deseándoles a todos unas felices fiestas.

                La redacción.