LA CORREOSA ROMA DE ORIENTE, BIZANCIO. Por Víctor Manuel Galán Tendero
Los fundamentos helénicos de la Roma de Oriente.
Los romanos de Oriente lograron sobrevivir mucho más que los de Occidente e incluso tuvieron las ganas de recuperar gran parte del antiguo imperio. La influencia romana fue muy importante al Oeste de Italia, pero al Este la fuerza y la difusión de la lengua y la cultura griega dio pie a una situación muy distinta. Los romanos mostraron un profundo reconocimiento por aquéllas y nunca se propusieron anular la complejidad de un mundo expansionado por el helenismo, que a su vez se encaró con otras culturas tan asentadas como la egipcia.
Con la disociación de las dos grandes mitades del imperio desde el siglo IV, las peculiaridades de Oriente ganaron peso, pese a que el latín y la administración de cuño romano conservaron un destacado papel, como demuestra con creces la figura del emperador Justiniano, cuyo famoso Código (elaborado entre el 528 y el 534) supuso la culminación del derecho romano.
Sin embargo, una parte considerable de sus súbditos hablaban el griego como lengua materna y la Iglesia lo utilizaba habitualmente, algo que no podía ignorar un emperador cristiano. Desde el 535 comenzaron a promulgarse en consecuencia novelas o nuevas leyes redactadas en griego. El latín se conservó como lengua de comunicación oficial en algunas regiones como Mesia y como idioma habitual del variopinto ejército imperial. En Constantinopla su administración prosiguió empleándolo, al igual que su universidad en varios estudios.
El griego tuvo el prestigio de la creación de historiadores como Teofilacto Simocatés, que refirió el reinado del emperador Mauricio con escasa aprobación de Gibbon, el poeta épico Jorge de Pisidia que se complació en cantar la expedición de Heraclio contra los persas o el teólogo Máximo el Confesor, que participó en las controversias cristológicas del siglo VII y escribió la primera biografía de la Virgen María. En las regiones no helenizadas, el griego tuvo fuerza en las principales ciudades gracias a la influencia eclesiástica y a la acción del comercio, con sus monedas con caracteres griegos.
Signo de los tiempos en el imperio romano de Oriente, a punto de convertirse en bizantino, el Emperador César Augusto cambió antes del 629 su título por el de basileus de los romanos. Poco a poco la separación con el Occidente cultural latino fue ahondándose.
Una epidemia devastadora en tiempos de Justiniano.
La Humanidad se ha visto azotada a lo largo de la Historia por distintas epidemias, que han ocasionado mucho dolor y no menor inquietud. Algunas han marcado con brutalidad más de una época. La peste negra tiene este dudoso honor. Antes de la gran epidemia que asoló Europa en 1348, ya había castigado a las personas de manera inmisericorde. Entre el 541 y el 543 atacó el poderoso Imperio romano de Oriente, que había sido capaz de sobrevivir a las dificultades que lo habían liquidado en Occidente. Su rival, el también fuerte Imperio persa, tampoco se libró de sus zarpazos.
Gracias a autores como Procopio de Cesárea, sabemos varias cosas de la epidemia. Los romanos orientales conservaban el espíritu inquisitivo de los griegos y trataron de buscar las causas del mal en la medida de sus posibilidades. El citado autor no se abstuvo de describirnos con detalle los síntomas y efectos de la enfermedad, con realismo contenido. Sin embargo, sus causas resultaban todo un misterio, al extenderse la enfermedad por distintas estaciones y afectar a personas de toda condición, incluido el emperador Justiniano. En tal tesitura, se atribuyó a un castigo divino, al modo de cómo se haría posteriormente. La interpretación de la epidemia se inscribió en un tiempo de cambio de mentalidad.
Además de con su ciencia, los romanos de Oriente también intentaron detenerla con sus recursos asistenciales. La distribución de dinero imperial entre los afectados no la contuvo. La cantidad de fallecimientos fue tan grande que se llegaron a obviar los ritos funerarios, con escenas muy similares a las descritas por Tucídides para la Atenas de la guerra del Peloponeso.
El mundo civilizado parecía derrumbarse, aunque en lo peor de la epidemia las facciones de Constantinopla depusieron temporalmente sus hostilidades. En la capital del Imperio se dieron escenas horrorosas. Las embarazadas daban penosamente a luz en medio de la peste. Las tumbas estaban tan atestadas de cadáveres que se arrojaron dentro de la torre de Gálata los cuerpos de los fallecidos. El hedor era insoportable. Procopio sostiene que en el momento más crítico murieron en la ciudad de cinco a diez mil personas a diario.
Antes de atacar la magna Constantinopla, la peste había azotado otras áreas. Se declaró en principio en la egipcia Pelusio y después en Alejandría, otra de las grandes metrópolis del Imperio. La enfermedad atacó el resto de Egipto y Palestina, prosiguiendo su camino desde allí. Procopio señala que se extendió desde la costa al interior. Las modernas investigaciones han apuntado el posible origen de la epidemia en el África Oriental, la han relacionado con los ciclos solares y han diferenciado entre las dos variantes de peste que se dieron.
Muchas de las certidumbres cotidianas de las personas se derrumbaron. No pocos creyentes descubrieron lo poco que servía refugiarse en santuarios. El suministro de alimentos se vio desarticulado temporalmente. Algunos en Constantinopla dijeron haber tenido visiones antes de declararse la epidemia en la ciudad.
Aunque la epidemia del 541-3 causó despoblación y fue un serio contratiempo para la política expansionista del Imperio de Justiniano, la historiografía no le ha reconocido la misma trascendencia que la de 1348, que se presenta cómo la clave de un giro histórico. Con independencia de ciertas apreciaciones, hemos de tener en cuenta que la enfermedad ha formado, forma y formará parte de la dinámica social. El mundo urbano de la Antigüedad Tardía también padeció los contratiempos de la concentración humana. Sus gentes, al igual que las personas de otros tiempos, se enfrentaron a la enfermedad con sus creencias y sus medios, siempre con la esperanza de ganarle la partida a la muerte.
El esforzado Heraclio, del triunfo al descenso a los infiernos.
Uno de los emperadores romanos de Oriente más célebres ha sido Heraclio, que conoció la victoria y la derrota. Se le han atribuido las palabras ¡Adiós, Siria!, que expresarían su abandono ante los conquistadores musulmanes. Recogidas tiempo después por los peregrinos que se encaminaban a Jerusalén, algunos autores les han quitado hierro, pues en verdad expresarían el deseo de ir bien.
El polémico Heraclio procedía de una rica familia de Capadocia, siendo su padre exarca del África bizantina en tiempos del emperador Mauricio. Al ser éste destronado por Focas, el exarca se opuso al nuevo emperador con la ayuda de sus allegados. Heraclio comandó una expedición naval, que alentó el levantamiento de Constantinopla contra Focas en el 610. Finalmente, terminó siendo proclamado emperador.
Sus años de gobierno distaron de ser un camino de rosas, al enfrentarse a la amenaza de los ávaros y sus sometidos eslavos en los Balcanes, y a la de los persas que decían ir a vengar a su antiguo aliado Mauricio. Se libró una importante guerra entre los romanos de Oriente (los bizantinos) y los persas del 603 al 628, con los armenios divididos entre monofisitas y diofisitas. Las relaciones con las comunidades judías complicaron la situación, ya que desde comienzos del siglo V la legislación romana antijudía se hizo cada vez más severa. El patriarca Cirilo los expulsó de la gran Alejandría y el emperador Justiniano prohibió en el 553 el uso del hebreo en la lectura de los textos bíblicos en las sinagogas y en la segunda enseñanza (Mishná). En el 578, con los persas en campaña, los judíos podían desquitarse.
Los persas consiguieron inicialmente importantes éxitos. Tomaron las ciudades de Antioquía, Damasco y Jerusalén, invadieron Egipto en el 620, atacaron Asia Menor. En aquel momento, el rey de reyes Cosroes presumió que sería un nuevo Jerjes que cruzaría a territorio europeo.
Heraclio también lidiaba con delicados problemas domésticos, como su nuevo matrimonio con su joven sobrina Martina, que le valieron enfrentamientos con la Iglesia. Según algunas fuentes, llegó a considerar abandonar Constantinopla por Cartago. El patriarca Sergio le obligó a jurar que jamás lo haría, y a cambio le concedió grandes sumas de dinero para conformar una nueva fuerza militar.
En el 622, tras no pocos tropiezos, el mismo Heraclio se puso al frente de las tropas hacia Asia Menor, sin confiar el mando en ningún general, como era costumbre desde hacía mucho tiempo de los emperadores romanos de Oriente. En el 623 se impuso a los persas en batalla y pudo negociar con los avaros. Reanudó su ofensiva contra los persas en el 624, invadiendo Armenia y haciendo retroceder al rey de reyes.
Sin embargo, los ávaros hicieron una peligrosa pinza en el verano del 626 sobre Constantinopla, que resistió bajo el mando del patriarca Sergio. Heraclio se coaligó con los jázaros del Cáucaso y a finales del 627 derrotó a los persas en la batalla de Nínive. No tomó la capital persa, pero Cosroes fue derrocado, lo que le permitió restablecer sus dominios y la devolución de las sagradas reliquias.
El emperador Heraclio se presentó como el defensor del cristianismo frente al rey de reyes Cosroes y llegó a recibir el rango sacerdotal, ganándole muchas voluntades en la misma Armenia y Mesopotamia. Posteriormente, fue ensalzado como el modelo de monarca cruzado. Tanto Jorge de Pisidia como la Leyenda de Alejandro en siríaco lo compararon con el gran conquistador macedonio, augurando su triunfo tras la aniquiladora guerra entre persas y hunos. El primero no dudó en destacar a Heraclio como el salvador de una nave que se hundía. Desde la batalla de Puente Milvio del 312 la Cruz había pasado de simbolizar la desgracia al triunfo, imponiéndose en el pensamiento bizantino al Arca de la Alianza. Al recuperar Heraclio la Santa Cruz de los persas, superaba al mismo David, que dispuso el Arca en el Templo de Jerusalén.
Además de expulsar a los enemigos del imperio al Este y al Oeste, prosiguió la aplicación de reformas. Abandonó las anteriores fórmulas administrativas romas por otras más helenizadas, y aplicó en la amenazada Asia Menor el sistema de la división administrativa en themas, circunscripciones con destacamentos de soldados campesinos, regidas por un estratego que concentraba los poderes civiles y militares.
Por mucho que fortaleciera las atribuciones de la prefectura, su preeminencia religiosa aumentó. Como legislador, promulgó del 612 al 629 varias novelas con el consejo del patriarca Sergio sobre el número de clérigos en la gran iglesia de Constantinopla, los movimientos del clero secular y regular, y la ampliación de la jurisdicción eclesiástica, adquiriendo mayor importancia los tribunales episcopales. Los monasterios rurales habían buscado la cercanía de fortificaciones por el peligro persa, sobreviviendo las comunidades mejor organizadas. En consecuencia, los monjes itinerantes tuvieron que reformular su modo de vida. Una figura como Juan el Limosnero, el patriarca melquita de Alejandría, ayudó a Heraclio a controlar Egipto con sus donaciones, convirtiéndose en un santo monofisita. Sin embargo, el emperador fracasó en la aceptación por los monofisitas egipcios de la fórmula monotelita sugerida por el patriarca Sergio.
Derrotado el enemigo persa, los cristianos volvieron a polemizar por cuestiones como la verdadera naturaleza de Jesús, y las intervenciones de Heraclio fueron recibidas con desagrado por más de uno, llegándole a tildar de hereje. En el 630, según la Enseñanza de Santiago recién bautizado, consideró convertir obligatoriamente a los judíos tras su entrada triunfal en Jerusalén, temeroso de su posible alianza con los musulmanes.
Ni la paz ni el éxito acompañaron los últimos años del emperador, cuando irrumpieron los musulmanes. Sus fuerzas consiguieron vencer a las bizantinas en el 634 y en el 635, conquistando Damasco. Heraclio acometió un nuevo esfuerzo militar, pero en agosto del 636 sus ejércitos cayeron vencidos a orillas del Yarmuk. El emperador se retiró de Siria, cayendo Jerusalén en manos musulmanas en el 638 y en el 640 Cesarea. Además, las fuerzas del Islam comenzaban a adentrarse en Egipto, el gran granero del imperio. Los conquistadores árabes musulmanes combatieron a sus oponentes con lanza y sin estribos en las monturas, además de disponer de cotas y cofias de malla, grandes escudos redondos, espadas de tipo persa (curvadas como la garra de un león) y arneses bizantinos.
La conquista musulmana de Siria fue considerada, al hilo de las controversias religiosas, un castigo divino, llegándose a decir que el mismo Heraclio la comparó con un amanecer nublado, una transformación tan terrible como irreversible. Posteriormente, algunas tradiciones árabes mantuvieron que Heraclio quiso convertirse al Islam, pero su séquito se lo impidió. Lo cierto es que cuando falleciera el 11 de febrero del 641 su triunfal reinado se había convertido en un fracaso.
Los intentos musulmanes de conquistar Constantinopla (674-8).
“Constante fue muerto a traición por sus criados en Sicilia cuando estaba en el baño. Después de haber reinado veintisiete años, le sucedió su hijo Constantino (IV).
“Fue al comienzo de su reinado cuando el príncipe de los sarracenos equipó una potente flota, de la que dio el mando a un excelente hombre de guerra llamado Caler. Éste abordó el Ebdome, que está en las afueras de Constantinopla. Constantino le salió al encuentro con gran número de barcos. Cada día se dieron varios combates y la guerra siguió sin descanso desde la primavera hasta el otoño, en que la flota enemiga se retiró a invernar en Cízico. Volvió en la primavera siguiente para proseguir la guerra, que, de esta forma, duró siete años. Pero al fin, como estos bárbaros, lejos de conseguir ventajas, habían perdido algunos de sus más valientes hombres, se retiraron a su país, siendo atacados por una tempestad en la que perecieron casi todos.
“Cuando el príncipe de los sarracenos supo la nueva de la pérdida de su flota, envió embajadores al emperador para solicitar la paz y ofrecer un tributo. El emperador aceptó la propuesta y envió hacia ellos a Juan, patricio llamado Petzigodio, hombre de rara sabiduría y profunda experiencia. Cuando llegó a su país acordó una tregua de treinta años, durante la cual pagaron tres mil piezas de oro y entregaron cincuenta hombres y cincuenta caballos.
“Apenas la noticia llegó a los ávaros, enviaron presentes al emperador, solicitándole la paz que se acordó. Así, tanto Oriente como Occidente disfrutaron de una profunda calma y una perfecta tranquilidad.”
Los vikingos amenazan Constantinopla.
Un 18 de junio del 860 el emperador Miguel III no se encontraba en su palacio de Constantinopla, pues aquel día había salido en campaña contra el califa abasí de Bagdad. Su armada, a la sazón, se empleaba lejos de los Estrechos contra las naves piratas musulmanas. En aquel momento, apareció frente a la capital la flota de los vikingos, los rus o varegos que habían ido surcando los grandes ríos de la Europa oriental hasta llegar allí en busca de botín y honor. El patriarca Focio los caracterizó como un rayo caído del cielo, cuya fuerza descargó contra los suburbios de Constantinopla. El 4 de agosto, tras saquear a placer monasterios y casas, retornaron los vikingos a sus puntos de destino antes que los ríos comenzasen a helarse. Los atemorizados bizantinos atribuyeron la retirada al favor de la Virgen María.
Los vikingos retornaron décadas después a atacar a la gran señora de Oriente. En el 907, su príncipe Oleg (según la Crónica primaria rusa) navegó al frente de unos dos mil barcos. Las fuentes bizantinas no dicen nada al respecto, por lo que algunos autores han dudado de todo ello. Una cadena de hierro les vedaba el paso a la entrada del Cuerno de Oro. Entonces, los vikingos llevaron sus barcos a tierra y los trasladaron sobre ruedas hasta el interior del Cuerno, como si intentaran superar los rápidos de un río. El príncipe llegó a colgar su escudo a las puertas de Constantinopla, pero sus ataques fueron repelidos. De todos modos, los bizantinos consideraron prudente aceptar los acuerdos comerciales de aquel año y del 911.
En el 941, los vikingos fueron persuadidos a atacar Constantinopla por los jázaros, que habían abrazado el judaísmo y se mostraban muy molestos con las medidas del emperador bizantino Romano Lecapeno. El príncipe vikingo Igor sería liberado por los jázaros si aceptaba la empresa. En la primavera de aquel año, las fuerzas de sus mil naves desembarcaron en Anatolia, cuando las tropas bizantinas se encontraban fuera de Constantinopla en campaña. Solo protegían a la capital quince viejos dromones, que lanzaron contra sus rivales el fuego griego, uno de sus secretos más codiciados. La derrota vikinga fue completa según Liutprando de Cremona, pero los supervivientes todavía pudieron saquear la orilla asiática del Bósforo y Tracia hasta ser interceptados por los bizantinos, que decapitaron a los prisioneros en la Constantinopla poco antes amenazada.
Una competente fuerza militar.
En el siglo X el ejército del imperio bizantino podía preciarse de ser uno de los mejores del mundo. Admirador de su tradición, León VI el Sabio escribió su célebre Taktika, en la que honró las disposiciones que se hacían remontar al emperador Mauricio. La pérdida de importantes territorios a manos de los musulmanes, le obligó a dotarse de una organización defensiva más estricta, más cercana al terreno (la de las themas) y a dosificar con inteligencia sus despliegues tácticos, adaptándose al enemigo a combatir para batirlo mejor. Se ha comparado esta organización con la del Bajo Imperio Romano.
La célula de este ejército era el bandon de 256 soldados en la infantería y de 300 en la caballería, estructurado respectivamente en pelotones de dieciséis y cincuenta personas. De tres a cinco células de este tipo formaban una moira, y tres de éstas una turma. Sobre el papel una fuerza de infantería de este tipo podía alcanzar un máximo de 3.840 soldados y una de caballería de 4.500, equivalentes (con matices) a los efectivos de una legión romana. Algunos historiadores han sostenido que los bizantinos fueron capaces de movilizar hasta 120.000 soldados, pero cálculos más modestos reducen la cifra a la mitad.
Este ejército contó con sus unidades selectas. En Constantinopla se estacionaron cuatro moiras de caballería, reforzadas con efectivos de infantería. En la guardia personal del emperador figuraron soldados varegos. La creciente presión de los pueblos nómadas de Asia, como los cabalgadores turcos, determinó un aumento de los efectivos de arqueros montados.
Cuando las tropas iban en campaña, un cuerpo especializado de constructores las acompañaba para alzar los campamentos al modo romano antes de alcanzar el final de la etapa diaria. La impedimenta era trasladada en carros, que por la noche conformaban un círculo de protección. Médicos y sacerdotes acompañaban también a esta fuerza al combate.
A nivel defensivo, el imperio bizantino distribuyó sus tropas territorialmente en themas, en particular tras los grandes avances de los musulmanes en Oriente Próximo y el Norte de África. A la protección de Anatolia se le prestó mucha atención. Los soldados tenían derecho a un lote de tierra a cambio de su servicio. Un stratego dirigía cada thema con la asistencia de tres administradores civiles que se encargaban de la recaudación de los impuestos y de los pagos de las tropas, funciones de vital importancia en la frontera oriental del imperio. Alrededor del año mil, el imperio disponía de cuarenta y seis themas, cada una con efectivos que iban de los 4.000 a los 10.000 soldados, entre una y dos turmas.
Técnicamente, el ejército bizantino dio sobradas muestras de organización, entereza e inteligencia. Su declive posterior tuvo que ver con factores de mando imperial y de evolución socio-económica a los que no pudo presentar batalla.
Bizancio ante la Madre Naturaleza.
Los bizantinos, los romanos de Oriente, no fueron ecologistas, pues su horizonte intelectual se encontraba muy distante del nuestro. Sin embargo, tuvieron la prudencia de emplear sus recursos medioambientales, los de un variado imperio mediterráneo, de la manera más equilibrada con los imperativos de la madre naturaleza.
Supuso un enorme desafío el suministro de agua a la gran urbe de Constantinopla, la egregia capital imperial. Buenos herederos de la proverbial pericia hidráulica de los antiguos romanos, construyeron allí varias cisternas para guardar el agua pluvial, descollando la Basílica. Era un verdadero palacio cubierto de aguas, con trescientas treinta y seis columnas de mármol que sustentaban arcos de ladrillo y bóvedas. Sus paredes de ladrillo refractario, de casi cinco metros de espesura, estaban impermeabilizadas con mortero de Horasan, compuesto fundamentalmente de cal apagada y polvo de cerámica fragmentada. Además, cisternas al aire libre como la de Aecio, con capacidad para almacenar cerca de 300.000 metros cúbicos de agua, formaron lagos artificiales dentro de las murallas de una Constantinopla presta a resistir un asedio.
Los imperativos higiénicos determinaron el mantenimiento de baños públicos, necesitados a la sazón tanto de agua como de leña. El vertido de sus aguas usadas provocó más de un problema de degradación de ríos y mares, particularmente en la masificada Constantinopla. De ahí que el juicio de los especialistas sobre el tratamiento de residuos se muestre, en comparación con la Roma clásica, menos favorable con los bizantinos, por mucho que destinaran determinadas áreas a vertederos y volvieran a emplear materiales inorgánicos. Supieron, por otro lado, convertir en cal el mármol y refundir metales, de tal manera que sus nuevas construcciones redujeran su impacto sobre el medio ambiente.
El esplendor de su sociedad urbana no nos debe de hacer olvidar que el imperio bizantino fue eminentemente agrícola, como la inmensa mayoría de todos los Estados del mundo antes del siglo XIX. La preservación de la calidad de los terrenos de cultivo resultó vital. Señor de Egipto y Siria hasta las conquistas islámicas, el imperio se interesó vivamente por la fertilidad de ambos dominios, notabilísimos graneros desde tiempos muy anteriores. Su pérdida fue un auténtico mazazo, pero los bizantinos no se dieron por vencidos y supieron aprovechar sus dominios balcánicos y anatolios. Preservaron bosques, evitaron el pastoreo excesivo de los prados, emplearon el sistema de rotación bienal, utilizaron con profusión varios tipos de abonos (estiércol animal y de plantas leguminosas) y en los terrenos más áridos alzaron terrazas contra la erosión. Compendio de su sabiduría agronómica, muy ligada a los trabajos previos de Casiano Baso, fue la Geopónica del emperador Constantino VII Porfirogéneta, del año 950, en pleno Renacimiento Macedonio.
Con razón se han considerado sus monasterios verdaderos laboratorios agrícolas, por sus conocimientos técnicos (contenidos en sus soberbias bibliotecas), capitales y trabajadores especializados. Sus explotaciones descollaron por sus sistemas de irrigación, sus cultivos de viñeros y olivares, y su atento cuidado de sus bosques, como los del monasterio del Monte Athos. Sofisticados instrumentos, como los podones empleados en la viticultura, salieron de sus herrerías. Siguiendo unos calendarios de siembra muy precisos, comunidades como la de San Juan el Teólogo en Patmos transformaron una isla castigada por la aridez en un emporio agrícola.
En el siglo VI las gentes de los dominios bizantinos se las tuvieron que ver con los problemas derivados de una Pequeña Edad de Hielo, que ocasionó una serie de malas cosechas y allanó el camino de epidemias, como la terrible peste de Justiniano del 541. La creciente aridez arruinó los asentamientos del desierto del Néguev, que habían prosperado en condiciones mejores. Sin embargo, de tales desastres emergió una economía de mayor resiliencia, con estrictas normas agrarias, de la que se desprendió una sensibilidad más conservacionista y mística, propia de los monasterios que custodiaban la creación de Dios. Los jardines bizantinos del siglo XI fueron iconos vivos con sus estanques, pabellones, árboles frutales, vides y flores tan aromáticas como las rosas, acreditando el triunfo de la civilización bizantina más allá de la política y de la guerra.
Vínculos feudales en la Italia bizantina.
Hacia el año 1000 los bizantinos todavía dominaban importantes territorios del Sur de Italia. Durante la Alta Edad Media, las ciudades italianas mantuvieron su importancia, pues los grandes aristócratas mantuvieron allí a sus grupos de seguidores. Tal circunstancia se evidenció especialmente en las urbes de Calabria, Apulia y Campania, donde los servidores de la administración imperial y los altos eclesiásticos establecieron su sede y su residencia. Algunos de estos poderosos procedieron de otras tierras del imperio bizantino, pero con el paso del tiempo se mostraron capaces de acumular importantes terrazgos y propiedades. La debilidad del gobierno imperial los favoreció.
Los poderosos se aprovecharon de instituciones legales romanas como la provisio, por la que el emperador entregaba tierras, rentas y labradores a cambio de su fidelidad. En Apulia, a diferencia de Calabria, algunos padres pudieron transmitir a sus hijos los bienes con la obligación de combatir en el ejército de la demarcación militar, el thêma. Los lombardos, que dominaron territorios como los de Cosenza, también contribuyeron a tal evolución, hasta tal punto que la encomendación se había extendido en los dominios italianos de Bizancio antes de la conquista normanda. Los aristócratas gozaron, en consecuencia, de exenciones tributarias y del ejercicio de la justicia, a veces según las leyes lombardas. Además, pudieron agrupar a los extranjeros para acrecentar su número de campesinos sometidos, algo que los señores normandos retomaron posteriormente al ceder los vagabundos a sus fieles o a la Iglesia como encomendados.
Sin embargo, el sistema feudal presentó peculiaridades en el Sur de Italia frente al del Norte de Francia. El señor acostumbró a residir en una ciudad. Los servicios militares no resultaron ser tan regulares. Las normas del Derecho Romano rigieron una parte importante de los bienes raíces. La propiedad de los terrazgos, con límites bien establecidos, mantuvo un fuerte carácter individual. Los contratos matrimoniales, las dote y los testamentos fueron respetados oficialmente. El sistema feudal tuvo una realidad poliédrica.
Bizantinos y latinos frente a frente.
Las Cruzadas forman parte de los inicios del expansionismo occidental. Los cruzados no sólo combatieron con los musulmanes por el control de Tierra Santa, sino también con los ortodoxos bizantinos por el de sus dominios, comercialmente ricos y culturalmente prestigiosos. El 13 de abril de 1204 conquistaron y saquearon con ferocidad Constantinopla. Los vencedores, una coalición de venecianos y de distintos barones europeos, le dieron la corona del nuevo imperio latino al conde de Flandes Balduino el 16 de mayo, en una ceremonia celebrada en Santa Sofía, y el primero de octubre se dividió el botín territorial, una vez que se encontraba en paz la tierra de Constantinopla a Tesalónica.
Bajo la teórica obediencia feudal al emperador (señor directo de Tracia, del noroeste de Asia Menor y de las islas de Lesbos, Quíos y Samos), se instauraron el reino de Tesalónica, el principado de Acaya, y los ducados de Atenas, del Archipiélago o de Naxos, de Filadelfia, de Nicea y de Filipópolis. A Venecia correspondieron las tres octavas partes del imperio bizantino, como Creta, sin el deber de rendir pleitesía al emperador. El Asia Menor no suscitó las mismas apetencias que los Balcanes entre los conquistadores, algo que les resultaría adverso ante el resurgimiento allí del poder bizantino.
La suerte del imperio y de sus feudos fue muy dispar. En Tracia, los señores latinos no quisieron reconocer la preeminencia y los bienes de la nobleza bizantina, que se coaligó con el zar Kaloján de Bulgaria. Las guarniciones latinas fueron masacradas en Demótica y Adrianópolis, y cerca de esta ciudad se libró el 14 de abril de 1205 una batalla en la que los aliados se alzaron con el triunfo. El emperador Balduino fue hecho cautivo de manera definitiva, y murieron caballeros como el conde Luis de Blois. El núcleo imperial se encontraba quebrantado, y el imperio latino se mantuvo con no escasas dificultades hasta 1261, cuando Miguel VIII Paleólogo se hizo con el dominio de Constantinopla.
Bonifacio de Montferrato, que no había logrado ser emperador, compró a Venecia los derechos sobre Tesalónica, pero su hijo sólo pudo conservarla hasta diciembre de 1224, cuando fue conquistada por el déspota bizantino de Epiro. El conde Luis de Blois, caído en Adrianópolis, apenas ejerció como duque de Nicea, lo que alentó a los bizantinos a pasar al ataque. Tampoco pudo conservar Renier de Trit el ducado de Filipópolis ante el empuje búlgaro. En un clima marcado por las incursiones turcas y el desgaste de bizantinos y latinos en lucha, la gran compañía de los almogávares catalanes y aragoneses conquistó los ducados de Atenas y Neopatria, en la órbita de la casa de Aragón de 1318 a 1390.
Mayor fortuna tuvo en el Mediterráneo oriental la república de Venecia, regida por una aristocracia mercantil. Además de recibir al comienzo las tres octavas partes de Constantinopla, poseyó Corón y Modón de 1206 a 1500, Creta de 1207 a 1715, inicialmente Corfú de 1207 a 1214, las islas Jónicas de 1209 a 1323, los archipiélagos egeos de 1207 a 1566, Negroponte o Eubea de 1209 a 1470, Adrianópolis de 1212 a 1247, Tesalónica de 1423 a 1430, y el reino de Chipre de 1489 a 1571.
Los venecianos y otros conquistadores se enfrentaron a problemas muy similares, derivados de las graves dificultades experimentadas en el Mediterráneo oriental de la Baja Edad Media. Junto a las guerras, el flagelo de la peste azotó a las gentes sucesivamente. Los bandidos se generalizaron en el clima de miseria de los Balcanes, formándose huestes campesinas contra aquéllos en Macedonia. Varias poblaciones se pusieron en movimiento. Si los valacos alcanzaron Acaya, los campesinos albaneses irrumpieron en Tesalia, Ática, Eubea, Elida, Arcadia y Mesenia por la pérdida de sus terrazgos a manos de la aristocracia. La inseguridad política y la presión aristocrática obligaron, así pues, a muchos campesinos a abandonar sus tierras, aumentando los baldíos en áreas como Acaya. No pocos se convirtieron en paroicos o encomendados de los aristócratas pronoiai, beneficiarios de bienes públicos de la antigua administración bizantina. El campesinado medio y pequeño sólo pudo sostenerse en la costa de Dalmacia por el mayor interés de la aristocracia local en las ganancias del comercio. Ante la carencia de brazos en numerosas comarcas, los señores buscaron afanosamente a los campesinos libres errabundos, los eleúteros.
En la Acaya franca, por motivos de viva necesidad, los conquistadores no cometieron los errores que condujeron al desastre de Adrianópolis, reconociendo a los sometidos griegos su fe ortodoxa, sus leyes y costumbres romanas. Procedieron de igual modo que los conquistadores cristianos de Al-Ándalus con los mudéjares. El territorio se dividió en doce grandes baronías seglares (cada una compuesta de feudos de caballería más pequeños) y siete eclesiásticas. Las órdenes del Temple, del Hospital y Teutónica también recibieron donaciones de tierras. Los barones y caballeros latinos aceptaron a los aristocráticos arcontes bizantinos en las filas de la nobleza del principado, y se erigieron en señores de los campesinos de los casales o aldeas, los antiguos paroicos obligados a pagarles los anteriores impuestos bizantinos (como parte de las cosechas) y a realizar nuevas prestaciones personales de carácter feudal. En medio de fuertes luchas entre facciones y aspirantes a su título, el principado se mantuvo hasta 1432, cuando el bizantino déspota de Morea terminó de conquistarlo.
Los aragoneses también implantaron modelos feudales en la realidad bizantina de los ducados de Atenas y Neopatria. Ante los ataques de sus adversarios, como las compañías navarras de Juan de Urtubia, varios de sus barones rindieron homenaje directamente en 1379 a Pedro IV de Aragón, que mandó en 1381 al vizconde Rocabertí como su lugarteniente y capitán general. Los ducados atesoraban un alto valor simbólico para el rey aragonés, el nuevo señor de la Acrópolis que quiso conseguir en Grecia la reliquia de la cabeza de San Jorge. Con astucia, pretendió ganarse el favor de los eclesiásticos latinos y griegos dándoles los derechos de los de Aragón y Cataluña, la posibilidad de adquirir bienes del patrimonio ducal, y de enfranquecer a sus vasallos fiscalmente. A cambio, se esperaba que obedecieran los mandatos militares del lugarteniente. Ante la falta de brazos, se concedieron exenciones a los griegos y albaneses que quisieran poblar los ducados. Los esfuerzos de Aragón por afirmarse no tuvieron éxito, y entre 1388 y 1390 las fuerzas de los florentinos Acciaiuoli terminaron conquistando Atenas y Neopatria.
Los venecianos disputaron igualmente con otros barones latinos y con los genoveses. Se enfrentaron también a la carencia de mano de obra, y en el siglo XV disputó la albanesa con los duques de Atenas para sus dominios en Mesenia y Eubea. El abandono de tierras llegó a ser tan grave en Creta que se trajeron por la fuerza a griegos insulares y armenios. No se tuvo empacho en introducir esclavos de distintos puntos del Mediterráneo oriental.
En esta isla establecieron el reino de Candía, dividido en seis territorios o sexteria. Su gobierno, encabezado por un duque, se confió a nobles venecianos, y la justicia fue administrada por aristócratas venecianos y cretenses. Los nuevos señores tuvieron preferencia por establecerse en las ciudades, de clara vocación comercial, y unos ochocientos kilómetros cuadrados alrededor de Candía fueron de titularidad municipal. En Corón y Modón alcanzaron casi todo el territorio, y gran parte de la planicie en Negroponto. Se otorgaron tierras a los nobles de Venecia a cambio de prestaciones militares, pero los feudatarios no gozaron de la parte del león de la mano de obra. Trataron éstos a sus campesinos como verdaderos objetos, que podían alquilarse o venderse a placer. Los arcontes griegos se sintieron animados a agravar la situación de sus cultivadores. La condición de los campesinos de las comunas o municipalidades parecía mejor sobre el papel: podían circular libremente por la isla, pero sin confundirse con otros y sin posibilidad de abandonarla. No es nada extraño que proliferaran las fugas, el bandidismo y las revueltas en la Creta rural del atribulado siglo XIV.
Aunque muchos feudatarios venecianos se arruinaron, como sus homólogos de otros Estados occidentales, el imperio de Venecia tuvo al final éxito económico. Los castillos establecidos en las planicies agrícolas de Creta sirvieron para regular con determinación el uso del agua, la viticultura y la arboricultura. El cultivo de la caña de azúcar desde 1428 y posteriormente del algodón redujo la superficie dedicada a los cereales, lo que se compensó comerciando con Tracia y la Rusia meridional. De Alejandría y Siria, controladas por los sultanes mamelucos, se importaron especias, sedas y más azúcar. En los tratos con el reino de Chipre, finalmente dominado por los venecianos, sobresalió la familia Contarini. La flota de la Serenísima resultó determinante, como se demostró durante el embargo genovés de Chipre de 1373-4, constituyendo una de sus principales bazas.
Sus rivales genoveses no llegaron a tener en el Mediterráneo oriental unos dominios tan extensos como ellos, pero la suerte de Bizancio no les resultó en absoluto indiferente. Se aliaron con el emperador Miguel VIII contra Venecia y sus coaligados latinos, aunque en la batalla naval de Settepozzi de 1263 acabaron vencidos. Ante tal resultado, aquél rompió su alianza con Génova para concertar un nuevo tratado con Venecia, si bien los genoveses habían logrado la libertad de comerciar en todas las tierras obedientes a Bizancio y un barrio propio en el mercantil Cuerno de Oro, el de Gálata.
Ante la hegemonía veneciana en el sur del Egeo, los genoveses afirmaron desde su estratégica posición de Gálata el control sobre las vitales comunicaciones entre el mar Negro y el Mediterráneo. En su nuevo conflicto con Venecia, de 1294 a 1302, volvieron a tener de su parte a los bizantinos. Llegaron a poner un pie en Creta al principio, pero no lograron al final la victoria. Los derrotados y aleccionados genoveses sacaron sus conclusiones de ello, y alzaron una muralla en Gálata. Paralelamente, el antiguo almirante del rey de Francia y señor de las minas de alumbre de Focea, el genovés Benedetto Zaccaria, conquistó en 1304 la isla de Quíos a los corsarios musulmanes y las casi despobladas islas Samos y Cos. La primera se perdió durante un tiempo, pero Génova la recuperó en 1346, erigiéndose en una de las principales bases de la compañía mercantil de los Giustiniani hasta mediados del siglo XVI.
Otro hombre de acción genovés fue Vignolo de Vignoli. Después de conseguir del emperador Andrónico II el arriendo de las islas del Dodecaneso de Cos y Leros, propuso en Chipre al gran maestre del Hospital Foulques de Villaret una ambiciosa empresa de conquista. El 27 de mayo de 1306 el genovés acordó la cesión a los hospitalarios de sus derechos sobre las dos mencionadas islas, a cambio de la posesión de Lardos, de una propiedad de su gusto en Rodas y del título de vicario y justicia de las islas cercanas. Él y la orden nombrarían a los recaudadores y se repartirían los frutos de las recaudaciones, yendo a parar al genovés su tercera parte. La expedición partió de la chipriota Limassol el 23 de junio, pero Vignolo de Vignoli cayó en un reconocimiento de la costa rodia. Los hospitalarios se enfrentaron a la decidida resistencia bizantina, contando en lo sucesivo con la ayuda naval genovesa. En noviembre se hicieron, según algunas versiones por traición, con el castillo de Philermo. A 15 de agosto de 1310 rindieron la ciudad de Rodas, una vez que los refuerzos mandados por los bizantinos terminaron por culpa de los temporales en Chipre. La orden del Hospital trasladó sus cuarteles generales a Rodas, convertida en un baluarte occidental hasta la conquista turca de 1522.
La guerra civil que asoló el desarbolado imperio Bizantino, especialmente dura entre 1341 y 1347, desveló la importancia de los activos de Génova en el Mediterráneo oriental. Optó por la captación de la mayor parte de los ingresos aduaneros obtenidos en el Bósforo y los Dardanelos, alcanzando el 87% del total. Mientras los bizantinos apenas ingresaban al año unos 30.000 hiperpirones aúreos (los besantes de los comerciantes italianos), se embolsaban 200.000 los genoveses. El disputado emperador Juan VI Cantacuceno se empeñó en echarles un pulso. Rebajó a conciencia los derechos comerciales de la Constantinopla bajo su obediencia directa para competir con los cobrados en Gálata, con la intención de desviar en su beneficio el flujo mercantil. También exigió a los grandes propietarios la cantidad de 50.000 hiperpirones para poner en el mar una flota, que los genoveses aniquilaron en la primavera de 1349.
Un punto de gran importancia para Génova fue Caffa, en la bahía crimeana de Feodosia, una posición que consiguieron en 1266 por un acuerdo con los mongoles de la Horda de Oro. La venta por los genoveses de esclavos turcos para las fuerzas mamelucas del sultán de Babilonia encolerizó a sus enemigos mongoles, que conquistaron Caffa en 1308 tras un año de sitio. Los genoveses la recuperaron en 1312, y en 1346 aguantaron el nuevo asedio mongol, en el que los atacantes les lanzaron cuerpos de guerreros muertos por la peste negra, que tantos estragos haría en los siguientes años en Europa. En sus aguas, apresaron en 1350 varios barcos venecianos, lo que encendió nuevamente la guerra entre ambas repúblicas italianas.
Se combatió alrededor del Bósforo, y contra Génova hicieron causa común Venecia, Bizancio y Aragón, enemiga por el dominio de Córcega y Cerdeña. No en vano, los genoveses se habían convertido desde tiempos de Alfonso X el Sabio en aliados de los castellanos. La guerra se prolongó hasta 1355, sin éxito para Génova, que en las décadas venideras trataría de afirmarse en otros puntos del Mediterráneo oriental. Aprovechándose de las discordias que dividían el reino de Chipre, ocuparon la ciudad de Famagusta en 1373. Las querellas de la corte bizantina también se utilizaron para intentar dominar la isla de Ténedos, cercana a la boca de los Dardanelos. Se disputaron tan estratégico punto con sus eternos rivales venecianos entre 1376 y 1381. Por la paz de Turín del 8 de abril de ese último año, ni unos ni otros la poseerían, sus fortificaciones deberían ser destruidas, sus gentes enviadas a Creta y a Naxos, y su dominio entregado al duque de Saboya como garantía de neutralidad. El gobernador veneciano, Zanachi Mudazzo, puso palos en la rueda, negándose a entregarla hasta 1384. Ténedos, finalmente, escapó a los genoveses, y los venecianos la perdieron ante los turcos otomanos en 1455.
Génova quiso rentabilizar algunas de sus posesiones más valiosas confiándolas a la casa o banco de San Jorge, fundado en 1407. Regido por cuatro cónsules, concentró no pocos de los capitales de la aristocracia genovesa, como los de la familia judía de los Ghisolfi. Precisamente, Simeón Ghisolfi se convirtió en 1419 en gobernante de la península de Tamán, la llave entre el mar Negro y el de Azov, por su matrimonio con la princesa del lugar. Si en 1447 el banco se hizo cargo de Famagusta, en 1453 se haría con el control de Caffa y su área de influencia, que abarcaba la península de Tamán. Sin embargo, la casa de San Jorge sólo pudo retener aquellos territorios por unos años: los turcos otomanos desalojaron a los genoveses de Caffa en 1475, y en 1489 de Famagusta los venecianos, nuevos señores de Chipre. La caída de Constantinopla en 1453 arrastró la de su emporio de Gálata, mientras los intereses de Génova se fortalecían en el Mediterráneo occidental y en el Atlántico, cada vez más abierto a las navegaciones europeas. La experiencia del banco de San Jorge, con todo, avanzó las posteriores de las compañías de las Indias de las Provincias Unidas, Inglaterra y Francia.
Los occidentales no sólo probaron fortuna en el disputado espacio bizantino como guerreros o mercaderes, sino también como avezados mineros. Competidores y discípulos de Bizancio, los serbios llegaron a crear un importante reino en los Balcanes. La guerra civil entre los bizantinos les abrió las puertas de su expansión por Albania y Macedonia entre 1341 y 1347. Aunque los reyes y los nobles serbios se apoderaron de los bienes de la aristocracia bizantina, preservando el sistema de pronoia, la principal fuente de riqueza del reino fue la minería. Alentada desde el siglo XIII por los mismos monarcas, atrajo a trabajadores de origen germánico, como los sajones que contaban con sus propias leyes y códigos mineros. Su experiencia, por ende, fue muy distinta a la de los trabajadores forzados de las minas del imperio español en Indias.
Alrededor de los centros mineros del oro y de la plata aparecieron nuevos asentamientos, en los que florecieron las colonias de origen variopinto, como genoveses, venecianos, raguseos y otros. El comercio prosperó, y el reino de Serbia pudo disfrutar en el siglo XIV de una moneda estable. Sin embargo, los otomanos, que infringieron en 1389 a los serbios una importante derrota en Kosovo, detuvieron su triunfante marcha hacia la hegemonía balcánica. No en balde, aquéllos también fomentarían la minería. Cruzadas como la de 1396 terminaron en desastre, y los otomanos terminaron barriendo a sus oponentes en el Mediterráneo oriental. Sin embargo, la experiencia occidental allí durante la Baja Edad Media avanzó algunos rasgos de la conquista y la colonización europea de la Edad Moderna. El fracaso fue, en consecuencia, muy relativo.
Para saber más.
Perry Anderson, Transiciones de la Antigüedad al feudalismo, Madrid, 1990.
Ellis Davidson, H. R., The Viking Road to Byzantium, Londres, 1976.
Nicéforo Grégoras, Historia del emperador Constantino, Heraclio y de sus sucesores. Edición de Louis Cousin, París, 1685.
Michel Kaplan, Bernadette Martin y Alain Ducelier, El Cercano Oriente medieval, Madrid, 1988.
Alexander Olson, Environment and Society in Byzantium, 650-1150. Between the Oak and the Olive, Palgrave Macmillan, 2021.
Georg Ostrogorsky, Historia del Estado Bizantino, Madrid, 1984.
Procopio de Césarea, Historia de las guerras, Cambridge, 1914.
Antonio Rubió, Los navarros en Grecia y el ducado catalán de Atenas en la época de su invasión, Barcelona, 1886.
David Woods, “Heraclius alleged farewell salute to Syria”, Byzantion, 88, 2018, pp. 423-433.
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