LA CRUZADA HISPANO-ILIRIA QUE NO FUE. Por Víctor Manuel Galán Tendero.
Los otomanos dominaron los Balcanes del siglo XVI, pero tuvieron que vérselas con un rival correoso: Ragusa, la actual Dubrovnik. Era una república de carácter aristocrático, de lengua eslava y cultura latina, que supo tender estrechas relaciones con la Monarquía hispánica, en un momento de resurgir patriótico. Ya en 1525 el fraile dominico Vinko Pribojević resucitó el mito de los ilirios como padres históricos de los eslavos meridionales, llegando a defender que Aristóteles, Alejandro Magno o los emperadores romanos nacidos en los Balcanes eran eslavos ilirios.
Con tales mimbres, los hombres de letras de Ragusa no fueron ajenos al brillo del Siglo de Oro de la cultura española. Tanto el historiador Mauro Orbini como el jesuita Bartol Kašić, precursores del patriotismo ilirio, consideraron a inicios del siglo XVII que los reyes de España podían poner bajo sus banderas a los eslavos para expulsar a los turcos de los Balcanes. En estos términos se expresó el propio Orbini en 1601:
"Es la Monarquía de las Españas el más firme alcázar de la Cristiandad, cuyo brazo providencial no tardará en extenderse sobre las afligidas provincias de la Iliria. No hay en el orbe príncipe más temido por el soberbio turco que el Rey Católico, bajo cuya bandera los pueblos eslavos encontrarán su ansiada redención.”
Y en 1604 Bartol Kašić en su Institutionum linguae illyricae:
"A la Majestad Católica, que con sus flotas guarda las puertas del Adriático... Es necesario que esta lengua iliria, que resuena desde las costas de Dalmacia hasta el corazón de las tierras sometidas al infiel, sea abrazada por los ministros del gran Rey (de España), pues con ella se abrirán las puertas para la verdadera fe y la caída de la tiranía que nos oprime."
No en vano de la pluma del consumado poeta Ivan Gundulić salió la épica Osman, escrita de 1621 a 1638, de claro signo contrario a los otomanos. Sus obras se imprimieron con el dinero del comercio de Ragusa con el virreinato de Nápoles, en las que profetizó que el fin de la dominación otomana llegaría cuando las naciones eslavas o ilirias unieran sus fuerzas a las “invictas espadas de los españoles”. Con este tono se expresó en el octavo canto de Osman:
"¡Oh, reyes de las Españas, cuyos estandartes hacen temblar la tierra y el mar! / Vuestras galeras de Nápoles y Sicilia traen la luz a nuestras costas sombrías. / Cuando el león eslavo despierte y vuestras espadas caigan sobre el opresor, / el turco será expulsado y la Iliria volverá a ser libre y cristiana."
Además, no hemos de olvidar que el clérigo de Split Alejandro Komulović fue un incansable diplomático del Papa y espía que recorrió los Balcanes y Rusia para forjar una Santa Liga contra los turcos, enviando encendidos memoriales a la corte de Felipe III en estos términos:
"Toda la nación iliria, que gime bajo el yugo del turco en Bosnia y Serbia, tiene puestos los ojos en los ejércitos de Su Majestad Católica. Si los navíos del Rey de España tocan tierra en los puertos de Dalmacia, cincuenta mil hombres cristianos se levantarán en armas en un solo día, prefiriendo morir bajo el amparo de las armas españolas que vivir un día más como esclavos del sultán."
Estos autores nutrieron el patriotismo ilirio del Barroco, muy condicionado por el catolicismo tridentino. Aunque se formaron en los colegios jesuitas de Ragusa, realizaron sus estudios superiores en Italia, en centros como el Colegio Ilírico de Loreto, la Universidad de Padua o la de Bolonia. En Ragusa, por otra parte, entraron una gran cantidad de libros impresos en Venecia, Nápoles, Lyon y Alcalá de Henares. Tuvieron un gran predicamento las obras españolas de mística, de Derecho Internacional y de historia de las Indias.
La obra española más leída e influyente en Ragusa fue la Historia general de las Indias de Francisco López de Gómara, leída como un auténtico manual de estrategia política y militar. Autores como Orbini apreciaron vivamente como un pequeño grupo de combatientes españoles consiguieron derribar imperios como el azteca o el inca con la ayuda de los pueblos sometidos descontentos, al modo de los eslavos con los otomanos.
Paralelamente, se desató en el mundo mediterráneo una verdadera fiebre de profecías. El año 1600 fue visto tanto en los círculos intelectuales raguseos como en los moriscos valencianos como el momento del juicio, en el que las estrellas decretarían el fin del imperio otomano o del español.
Consciente de este potencial, el gran duque de Osuna Pedro Téllez-Girón trazó planes entre 1610 y 1620 como virrey de Sicilia primero y después de Nápoles para yugular el comercio otomano y golpear a su asociada Venecia, rival de Ragusa en el Adriático. Nobles y hombres de mar raguseos (como el almirante e ingeniero Vice Bune) tomaron parte en sus redes de espionaje y agitación, con vistas a una gran cruzada, en la que las fuerzas hispanas desembarcarían en Dalmacia, dando la señal para el levantamiento de las gentes de Bosnia, Serbia y Albania contra la autoridad del sultán. La llamada batalla de Ragusa, librada en 1617 entre la flota de Osuna y la de Venecia, debe interpretarse como la defensa del corredor de acceso a la cabeza de puente de los españoles en los Balcanes. Por entonces se difundieron las llamadas Profecías de León el Sabio, anunciadoras del fin de los otomanos.
Sin embargo, la realidad fue mucho más prosaica. Tanto los virreyes de Nápoles como el Consejo de Estado de Madrid consideraron el tema con frialdad geoestratégica, atendiendo a la delicada situación de la Monarquía hispánica, y en particular de Castilla. Los mismos espías españoles en Venecia y en el Adriático no dejaron de advertir que las promesas de levantar cincuenta mil hombres armados en un día eran muy exageradas, por mucho que se odiara a los turcos. En estas circunstancias, España jugó su carta como arma de guerra psicológica y de distracción, con la clara intención de desestabilizar la retaguardia otomana y evitar la concentración del poder naval turco contra los dominios españoles. La cruzada, en suma, fue al final lo de menos.
Para saber más.
Arturo Pérez Amores, “Súbditos extranjeros al servicio de la Monarquía hispánica: el caso de Ragusa (1580-1620)”, Prohistoria, 35, pp. 5-28.

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