LA DECISIVA RESISTENCIA LOGROÑESA DE 1521. Por Víctor Manuel Galán Tendero.

11.05.2026 11:08

 

    Un 23 de abril de 1521 los comuneros libraron con suerte adversa la batalla de Villalar contra las fuerzas de Carlos I. Los reinos hispánicos vivían por entonces un momento de convulsión política que Francisco I de Francia intentó aprovechar. Su aliado André de Foix, señor de Asparros, pretendió invalidar el dominio hispano de Navarra, y en mayo de aquel año entró en el reino al frente de una fuerza de 12.000 soldados.

    Ciudades como Pamplona se alzaron y se pusieron a su favor. La entrada de tropas castellanas a las órdenes de virreyes de la misma procedencia había malquistado muchas voluntades. A la fidelidad de la facción de los agramonteses a la anterior dinastía de los Albret se sumó el descontento de más de un beamontés, como el conde de Lerín, que vio cómo su ansiado marquesado de Huéscar fue a parar al duque de Alba, el conquistador de Navarra en 1512.

    En quince días Navarra parecía perdida para la Monarquía hispana y ganada por el señor de Asparros. Con Tafalla en sus manos, se dispuso a avanzar hacia el interior de una Corona de Castilla todavía en crisis política. A unos ochenta kilómetros se encontraba el enlace entre el Camino de Santiago y el del Ebro, clave en el tránsito de cereales, vinos y lanas: Logroño.

    Ya en 1519 sus vecinos se habían levantado contra las exigencias del contador del conde de Aguilar, prendiendo el movimiento comunero entre sus gentes y los de los alrededores, cansados de más de un señor. De tomarla, las fuerzas franco-navarras tendrían en sus manos la llave de Castilla, pudiendo atacar primero Burgos e incluso Valladolid más tarde. También podrían encaminarse contra Zaragoza.

    Del 25 de mayo al 11 de junio Logroño fue asediado, en unos términos que nos describe una Crónica anónima castellana con gran elocuencia:

    “En tanto creció la osadía de los franceses que, tomado y sujetado todo el reino de Navarra, no teniéndose contentos de ello, pasaron el río Ebro y, entrados en nuestra Tafalla, pusieron su real casi a una legua de la ciudad de Logroño. Y parte del ejército ocupó, tomó y robó todos los lugares comarcanos, matando e hiriendo a todos los moradores, no perdonando ninguna edad ni linaje de hombres y mujeres.

    “Con esa persecución tan grande, lástima es decir cómo los moradores, tomados sus mujeres e hijos, por no venir en su mano, huían a los montes y sierras más cercanas, donde ahí los franceses vinieron muy cerca de la ciudad y combatieron la ciudad de Logroño con lombardas y otros pertrechos muy reciamente, tirando muchos tipos de pólvora, queriendo y trabajando batir alguna parte del muro por donde pudiesen entrar, que tenían muchas lombardas, tan grandes que no se puede creer.

    “El mismo Asparros, capitán general, con cuatro mil hombres de guerra tomó el monasterio de San Francisco, que está cerca de la ciudad, por allí mejor y más oportunamente pudiesen apretar y destruir tales y tantos reparos muy presto, que a los franceses pareció y les dieron entender que no se podía tomar aquella ciudad, mayormente que por librarse y no venir en servidumbre francesa peleaban sin temor ni recelo, queriendo escapar a sí y a sus mujeres e hijos.

    “A este trabajo y aprieto de los de Logroño sobrevino el capitán Collazos, varón muy valiente y sabido en el hecho de armas, con la gente de su capitanía, que los más eran espingarderos o escopeteros. Y, entrado en la ciudad, dieron mucha alegría los favores de ello, porque salidos de la ciudad al campo, donde hay muchas huertas cercadas y árboles de toda natura, escaramuzando de día y noche, mataron a muchos de los dichos franceses y, entre ellos, muchos nobles de su nación. Y con esto los franceses, después de tres días continuamente batieron el muro y vieron que no les aprovechaba nada, ni podían derrocar el muro, por ser como era de tierra y tapias que no puede la artillería derrocar, sino agujerear, y la barbacana era baja, que no podía coger la artillería, determinaron de levantar su real más atrás en arredrado, porque también los cuerpos muertos hediondos los aquejaban.”

    Acudió al socorro de los asediados el condestable de Castilla Íñigo Fernández de Velasco desde Santo Domingo de la Calzada, con soldados profesionales, los caballeros congregados en Belorado y huestes vizcaínas y guipuzcoanas. Levantado el sitio, los de Carlos I pasaron a la ofensiva. En los campos de Noáin derrotaron a los franco-navarros un 30 de junio de 1521. Navarra fue mantenida dentro de la Monarquía hispánica y Carlos I concedería en 1523 a la ciudad de Logroño el privilegio de incorporar tres flores de lis de oro a su escudo de armas en prueba de reconocimiento, el de una determinación que había resultado decisiva.

    Fuentes.

    De Enrique IV al emperador Carlos. Crónica anónima castellana de 1454 a 1536. Edición de José Manuel Nieto Soria, Madrid, 2015, XLVII, pp. 185-186.