LA EMPRENDEDORA LIVORNO DEL SIGLO XVII. Por Víctor Manuel Galán Tendero.

15.09.2015 10:33

                Italia había albergado entre los siglos XI y XVI grandes poderes mercantiles. Génova y Venecia construyeron importantes talasocracias mediterráneas, capaces de influir en el comercio, las finanzas y la política de muchos reinos e imperios del continente europeo.

                En el siglo XVII el dinamismo de las grandes repúblicas mercantiles italianas entró en declive por muchos factores. El Atlántico ganó posiciones al Mediterráneo como emporio comercial y otras potencias comenzaron a tomar la delantera. Aquella centuria fue la de los holandeses.

                De todos modos los duques de Toscana, pertenecientes al influyente linaje de los Médicis florentinos, lograron que el castillo de Livorno se convirtiera en un rico emporio comercial a lo largo del XVII. Sus 500 habitantes se convirtieron en unos 12.000.

                            

                En la Italia coetánea la conexión entre el reino de Nápoles y la Génova pro-española creó importantes vínculos comerciales y financieros. Venecia y España se enfrentaron ocasionalmente por la hegemonía del Adriático. En este tablero político los duques de Toscana supieron sacar provecho.

                Livorno sirvió al tráfico de lanas castellanas y los españoles trataron desde allí distintas ofertas de ataque y reparto del imperio otomano, como la posibilidad de lograr el dominio de Jerusalén en 1614, pero también a sus enemigos. Los ingleses no titubearon en desembarcar en el puerto de los duques el cuero y el azúcar apresado en la Carrera de Indias.

                El fundamento de la prosperidad de Livorno residió en la interconexión entre las redes comerciales mediterráneas y las atlánticas, que hombres como el gran duque Fernando I (1587-1609) supo impulsar con acierto.

                            

                Entre 1591 y 1593 ofreció a las comunidades de mercaderes extranjeros libertad de comercio, exenciones fiscales, buenos alojamientos y almacenes, sin olvidar una apreciada libertad de cultos, que fue de particular importancia a la hora de atraer a muchos sefardíes, capaces de contactar con los puertos del Mediterráneo Oriental bajo control otomano.

                De la tolerancia de cultos también se beneficiaron los comerciantes de reinos como Inglaterra. La afluencia de navegantes atlánticos a un Mare Nostrum poblado y hambriento abrió las puertas de Livorno como gran mercado del trigo, del que muchos se aprovisionaron.

                No contento con ello, el gran duque mandó un embajador al gran emporio frumentario del Báltico, la entonces polaca Danzig, salida de los granos de las llanuras dominadas por la monarquía polaco-lituana. La iniciativa resultó ser un acierto y los venecianos pronto la siguieron.

                Pero ni venecianos ni genoveses pudieron imitar la prodigalidad toscana en concesiones comerciales, pues sus minorías dirigentes se opusieron por sus fuertes intereses mercantiles. Los comerciantes se habían transformado en una verdadera aristocracia que vedaba determinadas iniciativas.

                La guerra contra los musulmanes también rindió buenos frutos. Teóricos defensores de la Cristiandad, los duques auspiciaron las iniciativas de los caballeros de San Esteban. Cosme II (1609-21) llegó a armar diez galeras para combatirlos. De todos modos, los botines tomados a los cristianos cerca del Norte de África encontraron su salida comercial en la versátil Livorno.