LA ESPAÑA QUE SOBREVIVIÓ A LA DECADENCIA. Por Víctor Manuel Galán Tendero.

13.07.2026 12:53

             

              El siglo XVII, concretamente el español, carga todavía con una temible mala fama. Motivos no faltan, en verdad. La gran monarquía universal de 1600, un complejo imperio con pretensiones hegemónicas, había descendido a la presa a disputar entre las grandes potencias de cien años después. Fueron compañeras de aquella decadencia la falta de talla política de sus reyes, la corrupción pública, la picardía, la hambruna, la enfermedad y las derrotas en los campos de batalla. El excelso Quevedo se convertía en su dolorido vate.

              Nadie puede negar la grave crisis atravesada en 1640, en plena guerra de los Treinta Años, pero tampoco se pueden ignorar los intentos de enderezar una situación adversa. En el reinado de Felipe III floreció una pléyade de reformistas y economistas políticos que venimos conociendo, no sin cierto desdén, como arbitristas. Algunos pusieron el dedo en la llaga, pero reformar una Monarquía compuesta de reinos con leyes e instituciones particulares no fue nada sencillo, especialmente cuando la Corona de Castilla daba claras muestras de agotamiento.

              Hoy en día ya no juzgamos al conde-duque de Olivares como un valido más, otro ambicioso de un rey apático, sino como un auténtico primer ministro con ideas tan reformistas como ambiciosas. Aunque en sus comienzos se hizo eco de los grupos aristocráticos castellanos que trataban de restablecer los esplendores de Felipe II, cada vez se fue quedando más solo. Sin embargo, sus deseos de reforma de la administración y de la cooperación entre reinos (la Unión de Armas) no cayeron en saco roto, y con el tiempo los reformistas del siglo XVIII aplicaron algunas de sus ideas.

              La gran paradoja es cómo un imperio que no renovó sus estructuras administrativas, fiscales y militares logró sobrevivir en un mundo tan competitivo como beligerante. Las oligarquías locales que obtenían sus buenas tajadas de la gestión de los recursos de sus municipios y reinos colaboraron interesadamente en numerosas ocasiones en la consecución de más dinero y de soldados, cuando muchos varones ya no respondían a la llamada voluntaria a las armas como antes. En un reino como el de Valencia se organizaron importantes defensas costeras contra las incursiones corsarias y se pusieron en pie tercios con destino al frente de guerra catalán.

              Por mucho que se declarara a los cuatro vientos la fidelidad al monarca (en la estela de sus venerados antepasados), los oligarcas fueron a la suya y supieron burlar cuando les convino las disposiciones de Su Majestad. El contrabando engrosó sus bolsas con dinero contante y sonante desde Italia a las Filipinas, pasando por la península Ibérica, a despecho de sanciones y amenazas.

              Este equilibrio volátil no terminó de convencer a las aristocracias del extendido Portugal y terminó atrapando a las catalanas en las fauces de una rebelión con gran participación popular. Levas, impuestos y más tributos para enjugar deudas se descargaron sobre los hombros de las gentes del común, muchas veces a las puertas de la miseria. Las tormentas de la rebelión descargaron sobre la Monarquía hispana, con especial dureza en la década de 1640, y se extendió entre los grupos rectores el miedo al alboroto. Un amotinamiento por el elevado coste del pan de cada día podía paralizar temporalmente la ejecución de un cobro, por mucho que los revoltosos se declararan devotos del rey, sacaran al Santísimo u obligaran a ponerse a su frente a algún hidalgo local.

              Los experimentados políticos del Consejo de Estado sabían mejor que nadie de los enredos de la situación internacional y de lo poco de lo que disponían para atender cada vez a mayores compromisos. El Hércules hispano tuvo que hacer alardes de habilidad ante sus menguantes fuerzas. Con diplomacia y la promesa de beneficios comerciales fue ganándose a antiguos adversarios, como las Provincias Unidas, acercándose con el tiempo a la aborrecida Francia de Luis XIV para evitar el desguace imperial, algo que al final no se consiguió.

              Hoy en día diríamos que el imperio español fue el campeón de la resiliencia, más allá de las diferencias de pulso vital entre sus diversos reinos, pues se escudó tras los muros de la cultura de la Contrarreforma. La entrada en la vida religiosa no fue un acto de piedad en numerosos casos, sino un vestirse de colorado para no morir ahorcado, al igual que un sinfín de legados piadosos, que por esta vía podían evitar cargas a sus preciados bienes familiares. El mayorazgo, en consecuencia, respondió a algo más que a ínfulas aristocráticas.

              El ambiente de la Contrarreforma, muy pautado por la Inquisición, trajo adocenamiento intelectual y conformismo, justo en un momento en el que se declaraba la crisis de la conciencia europea. Sin embargo, también aportó una descarnada mirada de la condición humana (bien patente en la pintura y la literatura española), un astuto disimulo y unos ideales respetables para los más prosaicos deseos de expansión en las Américas y en el Pacífico.

              Al final, el núcleo de la España de Carlos II sobrevivió a Luis XIV, cuya Francia experimentaría en el XVIII la tortura de la complicada reforma administrativa y fiscal en plena competición imperial con otras potencias mejor adaptadas o afortunadas. Por otra parte, la experiencia de la monarquía imperial de los Habsburgo de Viena acredita sobradamente que regir un imperio compuesto por tantos reinos no es nada sencillo. Posteriormente, la Gran Bretaña acosada durante las últimas guerras mundiales descubriría que mantener a flote un imperio mundial, como en su día fue el español, no está alcance de cualquiera. Los pueblos de España, en suma, sobrevivieron a la decadencia del XVII, demostrando sobradamente su temple.

                

              ¿La cansada España de la época da a sus hijos de comer la realidad?