LA FORJA DEL MITO DEL CID. Por Víctor Manuel Galán Tendero.

10.10.2026 12:34

             

              Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, es indiscutiblemente una de las figuras más celebradas de la Historia de España. El no menos famoso Poema contribuyó a magnificarlo, distando de ser la creación de juglares populares que recogieron la realidad de hechos recién acontecidos.

              Si analizamos la panoplia militar recogida en el Poema (lorigas largas, sobrevestes o escudos con blasones), se observa que no corresponde al tiempo histórico del Campeador, fallecido en el 1099, sino al de comienzos del siglo XIII. Tanto la famosa espada Tizona como la no menos célebre Colada fueron más un poderoso recurso literario que una realidad, pues el análisis de la primera (la del Museo de Burgos) denota una antigua hoja andalusí con empuñadura modificada en el siglo XVI. Las adargas, los escudos ligeros de cuero andalusíes y magrebíes, no fueron adoptadas por las huestes cristianas hasta los siglos XII y XIII, como resultado de los intensos intercambios fronterizos.

              Tampoco en los días del Cid las fuerzas de caballería cargaban en línea con la lanza en ristre (al modo de la batalla de las Navas de Tolosa), sino de una manera más abierta. En verdad, el Poema acredita que Rodrigo no pretende aniquilar al adversario, sino forzarlo a suscribir un convenio favorable a sus intereses. Sus campañas de desgaste alrededor de Valencia se acomodarían a los rituales de la violencia del mundo feudal.

              El Campeador dispuso de su propio “archivo” documental, compuesto por las cartas de arras o los diplomas otorgados por Alfonso VI. Al morir, su esposa doña Jimena lo custodió, trasladándose más tarde al monasterio de Santa María la Real de Nájera por los lazos familiares de los descendientes del Cid con la realeza navarra. En el entorno de su biznieto Sancho VI de Navarra, hacia el 1188-1190, se impulsó la redacción de la Historia Roderici, usándose los documentos citados. Navarra necesitaba afirmarse ante las amenazadoras Castilla y Aragón, potenciando el recuerdo del Campeador. Por aquel tiempo, otro ilustre noble navarro, Fernando Ruiz de Azagra, dominaba con tiento el estratégico señorío de Albarracín, con una habilidad digna del mismo Rodrigo Díaz de Vivar.

              La idea de emplear la figura del Cid pronto se difundió. A diferencia de la Historia Roderici, el Poema expresó el punto de vista de la baja nobleza que ascendía a golpes de espada, humillando a los cortesanos infantes de Carrión. De hecho, los perversos Banu Gómez y García Ordóñez del Poema fueron los antepasados de la casa de los Castro, acérrimos antagonistas de los Lara, en cuyo entorno se fraguaría su composición alrededor del 1200, quizá bajo el conde Pedro Manrique de Lara -señor de Molina- o su hijo Álvaro. No en vano, el Poema trata con amabilidad Molina de Aragón, ensalzando al obediente musulmán Avengalvón, trasunto del mudejarismo fraguado desde la conquista de Toledo en el 1085 al 1200.

              Por mucho que se haya presentado la obra como un ejemplo de épica hispana, no deja de tener conexión con la literatura occitana. El duelo verbal entre el Cid y el conde de Barcelona es un sirventés político, en el que el primero sobresale por su mesura y su dominio de la oratoria judicial. Bajo este punto de vista, el autor sería alguien culto y con conocimientos legales, influido por el renovado estudio del Derecho en Bolonia y Montpellier.

              El Poema agigantó todavía más al Cid por toda Castilla, alcanzando a otros reinos hispánicos. Jaime I de Aragón, educado en el ambiente occitano-aragonés del pacto, asimiló a su modo el mito cidiano. En la conquista de Valencia no dudó en negociar con los musulmanes, enorgulleciéndose de llevar la Tizona en tan importante hecho de armas.

              Posteriormente, en los siglos XIV y XV, los ricos hombres castellanos blandieron a través de los romances al Campeador frente al autoritarismo real. El valiente que obligaba a jurar a Alfonso VI en Santa Gadea también se mostraba bien capaz de bajarle los humos al mismísimo Papa. Este orgullo cidiano de los nobles es perceptible en obras como Los claros varones de Castilla (1486) de Fernando del Pulgar. En la conquista de América, Hernán Cortés no dejó de comportarse al modo del Campeador. Con la fundación de Veracruz, usó su perspicacia jurídica para legitimarse. También concertó pactos con amerindios como los tlaxcaltecas y no dejó de hacer propaganda de su causa en las Cartas de Relación.

              Como sostuvo Ángel Ganivet en el Idearium español, el Cid se convirtió en un rey sin corona de la psicología colectiva española. Simbolizó al individuo que crea su reino en la frontera por su esfuerzo y capacidad.

              Para saber más.

              Cantar de mío Cid. Edición crítica de Alberto Montaner Frutos, Madrid, 2016.