LA GLORIA DEL LATÍN MÁS ALLÁ DE LA CAÍDA DE ROMA. Por Víctor Manuel Galán Tendero.
Uno de los emblemas más preciados de la cultura romana ha sido el latín, su conquistador y prestigioso idioma, extendido por diferentes países del Mundo Antiguo. La adopción del latín por parte de las comunidades sometidas ha permitido valorar su grado de romanización. Su triunfo resultó más acusado en el Occidente que en el Oriente del imperio, donde el griego mantuvo alto tanto su prestigio como su uso.
Uno de los pilares de su lozanía era el sistema educativo, el de unas escuelas privadas que gozaban de elevado prestigio entre los grupos dirigentes romanos. Las tempestades del siglo V no las borraron del mapa, pero el declive de más de una ciudad junto al del Estado romano en Occidente les perjudicó enormemente. En su lugar, fueron apareciendo escuelas episcopales y monásticas, en consonancia con la cristianización en auge.
Los conquistadores germanos no concibieron la destrucción del legado cultural clásico. Los ostrogodos bajo Teodorico, monarca de un reino romano-germánico, auspiciaron una verdadera edad de plata del latín culto entre el 500 y el 530, en la que brillaron figuras de la talla de Boecio y Casiodoro. Un poco después, el latín jurídico alcanzó su cima en la Roma de Oriente de Justiniano I, aspirante a rehacer la unidad imperial romana.
Aquellas glorias no alcanzaron a las coetáneas Hispania y las Galias, que entre el 550 y el 600 vieron clausurarse numerosas escuelas al hilo de la fuerte inestabilidad política y militar. El latín clásico parecía condenado al desmoronamiento, pero la consolidación de la monarquía visigoda en Hispania y la conversión al catolicismo de Recaredo en el 589 alteraron tal dinámica.
En el 633-54 tuvo lugar, precisamente, el renacimiento isidoriano, llamado así en honor del gran San Isidoro de Sevilla, que presidió el IV Concilio de Toledo del 633. En esta magna reunión se determinó que cada diócesis dispusiera de su escuela catedralicia, estudiándose la Biblia, gramática, retórica, Derecho y ciencias. Con unos sacerdotes bien formados, los monarcas visigodos acariciaron el sueño de superar a los propios emperadores de Bizancio, cada vez más helenizados.
El latín de aquel renacimiento retomó los modelos clásicos, brillando retóricamente en piezas como los discursos de apertura de los reyes en los Concilios y en los preámbulos de los obispos. Sus oraciones largas y bien estructuradas empleaban con gran precisión los términos jurídicos. No se tuvo empacho en tomar neologismos religiosos (en forma de palabras griegas) y fórmulas de fe fijas. De todos modos, el latín vulgar llamaba a las puertas, con cambios sintácticos e intercambio entre la b y la v como evolución fonética.
Este latín compartía la misma raíz técnica, jurídica y burocrática del de Justiniano I, incluso con el de la cancillería ostrogoda de Casiodoro. Contrastaba con el utilizado por los lombardos en documentos como el edicto de Rotario del 643, de carácter tosco, con confusiones de casos, equivocaciones en los géneros de palabras y simplificación sintáctica. En su estilo rudo, incorporó numerosas palabras germánicas. El declinar del latín clásico fue más acentuado en los reinos merovingios, donde apareció un latín bárbaro o previo a los idiomas romances.
La conquista musulmana de Hispania terminó siendo un duro golpe para las expresiones en latín culto, pero no pocos intelectuales hispanos contribuyeron al renacimiento carolingio. Uno de ellos fue Teodulfo de Orleans (760-821), de posible origen zaragozano. Llevó al imperio de Carlomagno (su rey David) el sistema escolar promovido por los Concilios toledanos. Empleó las Etimologías de San Isidoro como texto de referencia educativa. Revisó la Vulgata y mantuvo una intensa y jocosa rivalidad con los monjes irlandeses de la corte carolingia, a los que tachó de zafios, poco sutiles y orgullosos. En suma, el latín prosiguió su vida, con sus héroes, más allá de la desaparición del imperio romano en Occidente.
Para saber más.
Pablo Toribio y Cristina Tur, El latín en Europa, Madrid, 2025.

