LA GRAN BATALLA DE HASTINGS (1066).
“El terrible clamor de las trompetas dio la señal de ataque de uno y otro lado. La ardiente audacia de los normandos dio comienzo a la lucha. De tal modo, cuando los oradores se querellan en un juicio sobre un caso de rapiña, es el demandante quien primero toma la palabra. Por ello los infantes normandos provocan a los anglos, junto con sus proyectiles, les arrojan heridas y muerte. Ellos, a su vez, resisten, cada uno según sus posibilidades. Lanzan jabalinas y diversos géneros de armas arrojadizas, algunas de sus crudelísimas hechas y piedras fijadas a trozos de roca. Por tal ataque, como por una masa mortal, hubieras creído que los nuestros rápidamente se verían aplastados. Acuden en su ayuda los caballeros y, quienes habían ocupado la última línea, devienen los primeros. Les repugna luchar de lejos y osan emprender la lucha cuerpo a cuerpo. El enorme clamor, de una parte normando, de otra bárbaro, era superado por el chocar de las armas y los gemidos de los moribundos. Así se lucha de ambos lados con gran violencia durante un cierto tiempo. Los anglos tienen mucha ventaja debido a lo favorable de su posición en un lugar superior, que pueden mantenerse sin necesidad de avances rápidos, y al hecho de hallarse todos agrupados; y también debido a su propio número y a la potencia de su cantidad; además, gracias a los instrumentos con los que luchan, que fácilmente se abren paso entre los escudos u otras protecciones. Así pues, con toda su fuerza resisten o empujan a los que se atreven a atacarlos de cerca con la espada. Hieren también a aquellos que desde lejos lanzan sus dardos contra ellos. En consecuencia, aterrados ante tal ferocidad, retroceden los infantes y los caballeros bretones, así como todas las tropas auxiliares que formaban el ala izquierda; cede casi toda la tropa del duque, lo cual sea dicho con la benevolencia del pueblo invicto de los normandos. El ejército de la majestad romana, luchando contra tropas de reyes, aunque solía vencer por tierra y mar, algunas veces emprendió la huida, si sabía o creía que su jefe había sido muerto. Creyeron los normandos que su duque y señor había caído. Por consiguiente, su fuga no fue demasiado vergonzosa; desde luego, en absoluto dolorosa, aunque resultara lo más conveniente.
“El príncipe, viendo que una gran parte del ejército enemigo se lanzaba a la persecución de los suyos, salió al encuentro de los que huían y los detuvo, golpeándolos o amenazándolos Estoy vivo y venceré, con la ayuda de Dios. ¿Qué camino se ofrecerá a vuestra fuga? Los que vosotros podéis sacrificar como ganado, os rechazan y os da muerte. Estáis dejando escapar la victoria y un honor eterno, mientras corréis a la ruina y al perpetuo oprobio. Si os marcháis, ninguno de vosotros escapará de la muerte. Con estas palabras recobraron los ánimos. Él mismo corrió delante fulminando y destrozando con su espada las filas enemigas, que, al rebelarse contra él, su auténtico rey, habían merecido la muerte. Enardecidos, los normandos rodearon a algunos millares que los habían seguido, en un momento los aplastaron, de modo que no sobrevivió mi siquiera uno.
“Así confirmados, con mayor vehemencia hicieron frente al numerosísimo ejército, que, aunque había sufrido un enorme daño, no parecía disminuido. Los anglos luchaban confiados, con todas sus fuerzas, esforzándose sobre todo en no ofrecer una brecha abierta a los adversarios que querían abalanzarse contra ellos. A causa de su enorme densidad, apenas podían caer al suelo los muertos. Sin embargo, se abrieron en sus filas algunas brechas por diversos lugares, gracias al hierro de algunos guerreros valerosísimos. Los siguieron de cerca las tropas de Maine, franceses, bretones, aquitanos, pero, con el más destacado valor, los normandos. Un joven normando, Roberto, hijo de Roger de Beaumont, sobrino y heredero de Hugo, conde de Meulan, por su madre y hermana de éste, Adelina, sostenía aquel día su primer combate y llevó a cabo lo que debía ser perpetuado entre alabanzas: con el batallón que él conducía en el ala derecha, atacó y abatió con gran audacia. No está dentro de nuestras posibilidades, ni lo permite nuestro objetivo, el narrar según su mérito los actos valerosos de cada uno. Ni el escritor con una mayor capacidad narrativa, aunque hubiera contemplado el combate con sus propios ojos, muy difícilmente hubiera podido narrar todos los hechos en particular. Nosotros en este momento, nos apresuramos a concluir con la alabanza del conde Guillermo, para escribir la gloria del rey Guillermo.
“Advirtiendo los normandos y las tropas aliadas que, no sin gran perjuicio propio, podían vencer a tantos enemigos que resistían de forma compacta, volvieron la espalda, simulando hábilmente la huida. Recordaron qué ocasión para una victoria les había proporcionado poco antes su huida. Entre los bárbaros surgió una enorme alegría, así como la esperanza de la victoria. Exhortándose a sí mismos con risueñas voces, increpaban con maldiciones a los nuestros y los amenazaban a todos con darles muerte allí mismo. Como antes, algunos millares se atrevieron, tan rápidos que parecían volar, a presionar a quienes creían ver huir. De repente los normandos, dando la vuelta a sus caballos, rodeándolos y encerrándolos por todas partes, los exterminaron sin dejar uno.
“Después de usar por dos veces del mismo truco con similar resultado, atacan a los restantes con la mayor ferocidad: aún era un ejército terrible y dificilísimo de rodear. Seguidamente se produce un tipo insólito de lucha, en virtud del cual uno de los bandos se vale de asaltos y diversos movimientos, y el otro los soporta, como clavado en el suelo. Desfallecen los anglos y, como si confesaran su falta con su misma derrota, sufren la pena. Los normandos disparan flechas; hieren, atraviesan: parece ser mayor el movimiento de los cuerpos que caen que el de los mismos vivos. Los que sufren heridas leves no sólo no pueden huir, sino que la densidad de sus compañeros los hace morir aplastados. Así la fortuna acude a acelerar el triunfo de Guillermo.”
Guillermo de Poitiers, Historia de Guillermo, duque de Normandía y rey de Inglaterra, en Testimonios del mundo de los vikingos, Barcelona, 1986, pp. 130-132.
Selección de Víctor Manuel Galán Tendero.

