LA MUERTE PÁLIDA DE LOS SARRACENOS. Por Mijail Vernadsky.

04.06.2015 06:47

                Carecía de atractivo físico y su temperamento era demasiado adusto. Su espiritualidad le llevó a venerar a San Atanasio, fundador del monasterio del monte Athos. Este aristócrata del Asia Menor ante todo fue un bravo guerrero capaz de inspirar temor a los enemigos de Bizancio. La muerte pálida de los sarracenos se llamó Nicéforo Focas, emperador de la Roma oriental entre el 963 y el 969.

                                    

                Anuló la preferencia de los pobres a la hora de comprar bienes de los aristócratas, pero se mostró dispuesto a consolidar las propiedades de sus soldados colonos, claves en la recuperación militar de su imperio. Triplicó su valor hasta alcanzar las doce libras de oro para disponer de una fuerza bien armada, pues los soldados sufragaban sus gastos de equipamiento militar con tales bienes.

                Puso obstáculos a la acumulación de más bienes en manos de la Iglesia, que quitaba contribuyentes y riquezas al erario imperial, y alimentaba los vicios del clero. El moralismo de Nicéforo sólo toleró la vida retirada de los monjes, ascética y consagrada a Dios.

                Consideró a los caídos contra los musulmanes verdaderos mártires de la verdadera causa, su más querida misión. Entró al frente de sus tropas en el fragoso territorio de las montañas de Cilicia y logró rendir tras penosas maniobras las plazas de Tarso y Mopsuestia por hambre en el 965.

                    

                Aquel mismo año la acrecida armada bizantina avistó la costa de Chipre, isla que cayó en sus manos. Con esta importante llave estratégica en sus manos, emprendió la reconquista de Siria. En octubre del 966 llegó hasta las fortificaciones de Antioquía, aunque tuvo que retirarse. En el 968 conquistó las poblaciones del litoral sirio antes de volver a asediar Antioquía, que se rindió a sus generales en octubre del 969. Meses después Alepo tuvo que rendir pleitesía a Bizancio.

                        

                Nicéforo contempló con malos ojos el acrecentamiento del poder del emperador Otón el Grande en Occidente. Se rechazó un ataque contra la bizantina Bari y al embajador de Otón en Constantinopla se le dispensó el trato de un prisionero.

                También se mantuvo firme frente a los búlgaros. Se negó a pagarles tributo e instigó al príncipe ruso Sviatoslav a atacarlos, que tuvo como consecuencia acrecentar peligrosamente su poder en los Balcanes.

                Tanta guerra pasó factura a los sufridos habitantes del imperio bizantino. Su carácter también y en la noche del 10 al 11 de diciembre del 969 murió asesinado en su dormitorio a resultas de la conspiración de su amigo el general Juan Tzimisces y de su esposa Teófano, amantes. La Historia de Bizancio estuvo llena de personalidades fuertes, guerras interminables y carísimas y conspiraciones palaciegas.