LA POSIBLE ALIANZA HISPANO-JAPONESA. Por Víctor Manuel Galán Tendero.
El imperio español y el japonés mantuvieron a comienzos del siglo XVII unas relaciones marcadas tanto por la desconfianza como por el interés. Los españoles consideraron a los piratas nipones un peligro para las Filipinas, pero Japón les ofrecía notables oportunidades estratégicas y comerciales. Asimismo, los japoneses contemplaron con temor la notable extensión de los dominios de los Austrias, acrecentados con los de Portugal, pero también desearon gozar de sus avances militares y de sus posibilidades económicas.
Tras un período de intensos enfrentamientos internos, Japón tuvo paz política bajo el mandato del shogun, un verdadero primer ministro que respetaba la presencia simbólica del emperador, de gran importancia en los cultos religiosos. En 1587 el shogun Hideyoshi expulsó a los misioneros católicos, a los que consideró un grave peligro para la estabilidad del imperio. Tal decisión podía reportar un enfrentamiento con la Monarquía hispánica, perjudicando las relaciones comerciales.
Precisamente el shogun Tokugawa Ieyasu las quiso promover. Con paciencia, negoció con mercaderes chinos, españoles, ingleses y neerlandeses. A pesar de sus esfuerzos, no consiguió convertir la ciudad de Edo en una gran plaza comercial internacional, pues los mercaderes europeos se inclinaron por los puertos del Kyushu. Tales inconvenientes lo llevaron a defender el monopolio mercantil a través de puertos habilitados para recibir buques autorizados, sistema rechazado por los comerciantes chinos. En esta línea alentó en 1604 la formación de la liga de los comerciantes de seda en Sakai, Kyoto y Nagasaki, con el privilegio de la importación y distribución del hilo de seda china.
En estas circunstancias, la nao San Francisco y el patache Santa Ana, que habían salido de Manila con dirección a Acapulco el 15 de julio de 1609, naufragaron en la costa japonesa. A bordo viajaba el activo Rodrigo de Vivero, que sobrevivió al naufragio junto a otros navegantes. Fue bien acogido por los japoneses, y como servidor de la Monarquía intentó negociar un tratado hispano-japonés antes de embarcarse en el San Buenaventura, que llegó finalmente a Acapulco el 27 de octubre de aquel año.
Al shogun le interesaba que los españoles le dispensaran mineros y fundidores de metales preciosos de la opulenta Nueva España, ya que la plata nipona era de gran valor en los tratos comerciales con China. A los españoles, la amistad japonesa les resultaba también de singular importancia, pues les permitiría disponer de un buen puerto de retorno entre las Filipinas y la Nueva España, alejado de las más peligrosas aguas de las islas Marianas. Parecía posible concertar un tratado, pero Rodrigo de Vivero también puso sobre la mesa una serie de condiciones. Las autoridades japonesas deberían tolerar el culto católico en privado, con sus sacerdotes, de los hispanos allí asentados. Expulsarían a los grandes enemigos de la Monarquía en Asia y en el Pacífico, los neerlandeses. Además, el emperador del Japón y el rey de España se repartirían a la mitad los beneficios de la explotación minera.
A la llegada de don Rodrigo a la Nueva España, las negociaciones no avanzaron. Con el paso del tiempo, las tensiones religiosas y políticas se agravaron en el Japón de Tokugawa Ieyasu. En 1612 tuvo problemas con personalidades de su entorno que habían abrazado el cristianismo, al igual que algunos señores o daimios de Kyushu. Se llegó a deportar a Manila en 1614 a un daimio cristiano. Se pensaba que los misioneros católicos trataban de controlar Japón a través de sus conversos, socavando la autoridad del shogun y del mismo emperador.
A su muerte en 1616, la situación empeoró, enlazándose las restricciones mercantiles con las persecuciones políticas. Si ese mismo año se restringió el comercio a Nagasaki y Hirado, en 1622 se ejecutaron a ciento veinte misioneros y conversos. Lejos de concertarse una alianza hispano-japonesa, se expulsó en 1624 a los españoles del Japón, lo que favoreció a sus enemigos en un momento de gran conflictividad entre los europeos. El buscado aislamiento nipón no se rompería hasta el siglo XIX, con gran presión exterior, aunque en esa ocasión el poder de los españoles ya había mermado considerablemente.
Fuentes.
Fray Gabriel de San Antonio y Rodrigo de Vivero, Relaciones de la Camboya y el Japón. Edición de Roberto Ferrando, Madrid, 1988.
John Whitney Hall, El Imperio japonés, Madrid, 1970.

