LA RECEPCIÓN DE LIBROS EN LA HISPANIA DE CHINDASVINTO. Por Víctor Manuel Galán Tendero.

10.01.2026 12:11

              

               En el VII Concilio de Toledo, celebrado en el 646 bajo la atenta mirada del rey Chindasvinto, se dictaron severas penas contra los opositores al poder del rey, como las de la excomunión. Los eclesiásticos de la Hispania visigoda también fueron sometidos a la autoridad real, dejando un poso de resentimiento perceptible en la anónima Crónica mozárabe del 754, que presentó a Chindasvinto como un usurpador. Con sentido político, envió al obispo de Zaragoza Tajón a recabar en la Roma papal Moralia, sive Expositio in Job, obra compuesta por San Gregorio Magno entre el 583 y el 597 en la que se ensalzaban los valores de la mansedumbre, algo muy del gusto del autoritario Chindasvinto. El relato que ofrece la mencionada Crónica es indicativo tanto del gusto por la cultura letrada en la Hispania visigoda como de sus sinuosas relaciones con la Roma de los Papas, entonces en la órbita bizantina, a la par que amenazada por los lombardos. Conseguir una apreciada obra se consideró, interesadamente, un milagro:

               “En su época, en la era 680 (642), año primero del reinado de Constantino, vigésimo quinto de los árabes, y segundo del reinado de Otomán, Chindasvinto, rey por la usurpación, domina triunfante en la Iberia, después de haber invadido el reino de los godos, y haberlos vencido, conservando el mando durante seis años.

               “En el quinto de su reinado decretó que se celebrase un concilio de treinta obispos con asistencia de todo el clero y los vicarios de aquellos obispos cuyo mal estado de salud o pobreza les impidiera venir personalmente, y el colegio palatino, representado por los que merecieron intervenir por elección del mismo, presentándose sólo los notarios que las reglas conciliares exigen para leer en público o tomar notas.

               “Este rey envía por mar a Tajón, obispo de Zaragoza, sujeto bastante instruido en las letras eclesiásticas y amante de las Escrituras, destinado a Roma para buscar de orden suya los libros de las Morales que faltaban. Detenido un día y otro por el Papa romano, porque no era fácil hallar en el archivo de aquella iglesia un libro pequeño que se buscaba entre una multitud, pasando la noche en oración al Señor e implorando su misericordia junto a las reliquias de San Pedro, príncipe de los apóstoles, un ángel le designó un estante donde estaba oculto.

               “Apenas el Papa previó que se le harían cargos por esto, le facilitó con sumo respeto todo lo necesario para copiarlo, y por su medio lo transmitió a Hispania para que fuese leído; porque entonces sólo se tenía la exposición de los libros del Santo Job, que había sido traída y honoríficamente transportada en otro tiempo por San Leandro, obispo de Sevilla.

               “Pero habiendo el Papa romano requerido y conjurado al obispo Tajón para que le manifestase de qué manera se le había designado con tanta exactitud el sitio donde se hallaban aquellos libros, después de bastantes ruegos le contestó puntualmente: que habiendo pedido una noche a los ostiarios de la iglesia de San Pedro Apóstol que le permitiesen velar, luego que consignó su petición, a la media noche, mientras inclinado rogaba con muchos lamentos junto al sepulcro del apóstol San Pedro, descendió repentinamente una luz desde el cielo y de tal manera se iluminó la iglesia con inusitada claridad, que se eclipsaron las luces de los candeleros. Y una multitud de santos resplandecientes entró al mismo tiempo con antorchas y cantando salmos. Después, cuando aún se hallaba sobrecogido por un excesivo temor, habiendo ellos terminado sus preces, dos ancianos vestidos de blanco comenzaron a dirigir su incierto paso separándose de aquella cohorte de santos al sitio en donde el obispo estaba en oración. Y hallándole casi sin vida le hicieron volver en sí saludándole cariñosamente. Le preguntaron por qué causa sufría tan gran fatiga y por qué había venido desde Occidente y hecho tan larga navegación, y escucharon sus razones con gran interés, como si las ignorasen. Luego le consolaron con muchas palabras y le manifestaron con toda exactitud el estante donde se hallaban escondidos los libros.

               “Habiéndoles preguntado luego qué multitud de bienaventurados era aquella que les acompañaba con tan brillantes resplandores, contestaron diciendo que era Pedro, apóstol des Cristo, junto con Pablo, que venían reunidos con todos los sucesores de la Iglesia que descansaban en aquel lugar. Por último, luego que fueron preguntados quiénes eran ellos mismos, que sostenían con él un coloquio tan admirable, uno de ellos respondió que era Gregorio, cuyo libro él deseaba ver, y que había venido justamente para recompensarle tan gran fatiga y satisfacer su constantísimo deseo. Habiendo entonces preguntado si también entre aquella santa multitud se hallaba el sabio Agustín, porque siempre había deseado ardientemente leer sus libros, como los del mismo San Gregorio, es fama que sólo contestó estas palabras: aquel varón insigne y para todos aceptable, Agustín, por quien preguntas, ocupa un lugar más elevado que nosotros. En seguida, al querer humillarse a sus pies, desapareció rápidamente de sus ojos aquel varón santísimo con la luz que le rodeaba, dejando aterrados a los mismos ostiarios. Desde entonces y por esta causa el venerable Tajón fue célebre en la misma sede apostólica, cuando antes era despreciado como un hombre insignificante.”

               Fuentes.

               Crónica mozárabe de 754. Edición de José Eduardo López Pereira, Zaragoza, 1991.