LA VIDA DE UN BASTARDO REAL DEL SIGLO XIII. Por Víctor Manuel Galán Tendero.

31.07.2026 13:11

             

              Las familias nobiliarias de la Europa feudal del siglo XIII distaron mucho de ser un remanso de paz. Los enfrentamientos entre padres e hijos, entre hermanos, fueron comunes. Fuera del matrimonio, más de un rey tuvo hijos con otras señoras de su predilección. Doña Blanca de Antillón, de un destacado linaje aragonés, fue una de las amantes de Jaime I. De su unión nació hacia 1242 don Fernando Sánchez de Castro.

              En 1250 su padre don Jaime le concedió la baronía de Castro, un estratégico señorío que controlaba el acceso a los valles del Prepirineo de Aragón, los de las rutas comerciales del Pirineo al valle del Ebro, que comprendía el mismo castillo de Castro y las villas y castillos de Estadilla (el centro de la baronía de hecho), de Pomar y de Borjamán. De esta manera el rey modificaba el panorama señorial aragonés, al introducir la casa real de Castro entre los grandes linajes de sus dominios, contrapesar al condado de Ribagorza y limitar las ambiciones territoriales de los obispados de Huesca y Lérida. Desde bien mozo, don Fernando dispuso de un notable poder político, militar y económico.

              Jaime I le tomó confianza y en 1261 le confió la embajada definitiva junto a Guillem de Torrella ante el rey Manfredo de Sicilia en Nápoles. Este monarca, hijo natural del emperador Federico II Hohenstaufen, estaba enfrentado con el Papado, y el rey de Aragón vio una buena oportunidad para favorecer sus intereses en el Mediterráneo. Tal movimiento no gustó al Papa Urbano IV ni a Alfonso X de Castilla, yerno del Conquistador, por sus pretensiones al trono imperial y el temor al fortalecimiento aragonés. Se acordó el matrimonio del infante don Pedro, hermanastro de don Fernando, con Constanza de Hohenstaufen, la hija de Manfredo. El rey de Sicilia satisfizo una dote de cincuenta mil onzas de oro (bien capaces de sufragar una buena flota de galeras, un importante ejército o la construcción de una gran catedral), reconociéndose que los derechos sucesorios recaerían en Constanza de morir Manfredo sin descendientes varones legítimos, algo que terminó sucediendo, con importantes repercusiones políticas en el mundo mediterráneo.

              Sin embargo, las relaciones entre don Fernando y su padre se agriaron pronto. En las Cortes de Zaragoza de 1264 los magnates aragoneses, muy descontentos con la política real seguida en tierras valencianas, se opusieron a la imposición sobre el ganado para sufragar la campaña del reino de Murcia, donde los mudéjares se habían alzado contra el dominio de Alfonso X y amenazaban con extender la agitación al reino de Valencia. En esta ocasión, don Fernando se comportó como un rico hombre de Aragón, y no como el hijo y aliado del monarca. Si bien es cierto que Jaime I tuvo roces muy fuertes con otros de sus hijos (como el infante don Alfonso y el infante don Pedro), la actitud de don Fernando resultó ser todo un aviso de lo que deparaba el porvenir.

              No obstante, años después, en 1269, don Fernando tomó parte en una de los grandes proyectos de Jaime I, la Cruzada a Tierra Santa. Desde 1245 el Papado le había insistido en que tomara la cruz, decidiéndose finalmente en 1269 tras su campaña del reino de Murcia y la llegada a su corte de embajadores mongoles del Kanato de Persia, ofreciéndole un acuerdo. Reunió una fuerza de treinta grandes naves, doce galeras y numerosos barcos más pequeños, con ochocientos caballeros y miles de infantes. Se pretendía recuperar Jerusalén, en manos de los sultanes mamelucos, en alianza con los mongoles. El rey se puso al frente de la expedición, que zarpó de Barcelona el 4 de septiembre de 1269, topándose con una gran tempestad en el golfo de León. El rey decidió entonces retornar, pero don Fernando consiguió llegar a Tierra Santa junto a don Pedro Fernández de Híjar, también hijo natural del rey. Desembarcó en una asediada San Juan de Acre a finales de 1269. Aunque la llegada de las fuerzas aragonesas alzó temporalmente los ánimos de los sitiados, guerreros como don Fernando se limitaron a librar escaramuzas para aliviar el asedio mameluco junto a los templarios y hospitalarios. Los mongoles no hicieron acto de presencia, y no se combatió en ninguna gran batalla campal. Ante tal panorama, los cruzados aragoneses abandonaron Tierra Santa en el verano de 1270.

              Retornaron por Creta y Sicilia, dominada desde 1266-68 por Carlos de Anjou, hermano de Luis IX de Francia y gran enemigo de la Casa de Aragón en el Mediterráneo. Acogió cordialmente a don Fernando, entonces ya en pugna con su hermanastro don Pedro. Lo armó caballero (un equivalente de convertirlo en su fiel y protegido) y le ofreció su ayuda para desestabilizar Aragón.

              Don Fernando terminó erigiéndose en la cabeza visible de la oposición aristocrática aragonesa a la política de Jaime I, manteniendo una feroz rivalidad personal y política con el infante heredero don Pedro. En defensa de sus preeminencias, numerosos barones aragoneses hicieron causa común en la Liga de Alagón en 1274, aprovechando la ausencia del monarca, que se encontraba en el Concilio de Lyon. Don Fernando se puso al frente de la rebelión, enfrentándose con su hermanastro don Pedro en una guerra con no pocas acciones militares. En 1275 la crisis política y militar alcanzó su culmen. Don Pedro atacó con decisión a sus contrarios y logró cercar a su hermanastro en el castillo de Pomar, en los dominios de su baronía.

              Consideró don Fernando que iba a ser vencido e intentó huir de la fortaleza vistiéndose como un pastor, mientras uno de sus caballeros tomaba sus ropajes para engañar a sus oponentes. De nada sirvió, pues terminó capturado. Su hermanastro don Pedro se mostró implacable: ordenó ahogarle en las aguas del río Cinca. Tal ejecución no sólo aterrorizó a los barones rebeldes, sino que consternó profundamente a un Jaime I en el ocaso de su vida. La vida de don Fernando Sánchez de Castro evidencia la íntima conexión entre el drama familiar y la afirmación del poder real, en liza con sus barones, una trayectoria digna de las mejores producciones dramáticas de nuestro tiempo.

              Fuentes.

              Crónica de Jaime I o Llibre dels feits, Barcelona, 1994.