LA VIDA EN EL VIEJO MUNDO Y LAS VARIACIONES DE LA CÉLULA DE HADLEY (9000-300 A. J.C.). Por Víctor Manuel Galán Tendero.

19.07.2026 12:37

 

              Entre el 9000 y el 300 antes de Jesucristo las sociedades del Viejo Mundo pasaron de ser cazadoras y recolectoras a agrícolas, ganaderas y metalúrgicas. Su singladura estuvo fuertemente condicionada por los factores medioambientales, por los movimientos de la llamada célula de Hadley, el sistema de circulación atmosférica que eleva el aire cálido en el ecuador y lo desplaza hacia los trópicos.

              Con la inclinación del eje terrestre hacia el 9000 antes de Jesucristo el hemisferio norte recibió más radiación solar durante el verano y la célula se expandió. Las lluvias monzónicas fueron empujadas hacia el interior de la península de Arabia y del norte de África. El actual desierto del Sahara se convirtió en una sabana con ríos y lagos, donde proliferaron los hipopótamos, las jirafas y los elefantes. Las comunidades humanas de cazadores y recolectores colonizaron este espacio, domesticando a los animales con el tiempo e iniciando la agricultura, al igual que en otras áreas del Creciente Fértil y de China.

              La Europa de aquellos milenios tuvo un clima más cálido y húmedo que el posteriormente registrado, aumentando las fuertes lluvias el caudal de ríos como el Vístula, el Danubio o el Rin, que se convirtieron en verdaderos corredores comerciales. El retroceso de los glaciares alpinos despejó importantes pasos, lo que facilitó los contactos entre las gentes del norte de Italia y la Europa Central.

              Por su posición entre el Atlántico, el Mediterráneo y el norte de África, la península Ibérica resultó ser particularmente sensible a los vaivenes de la célula, aportando su brazo húmedo importantes lluvias al territorio del sureste, lo que facilitó la expansión de los primeros agricultores neolíticos, los de la Cerámica Cardial.

              Con la reducción de la radiación solar desde el 4000 antes de Jesucristo, la célula se contrajo hacia el ecuador y perdió fuerza. El clima se hizo por entonces más frío, seco e inestable en Europa, y en la cuenca del Mediterráneo se encadenaron distintas crisis agrícolas. Un norte europeo más frío requirió materias primas valiosas, lo que impulsó la consolidación de la ruta del ámbar entre el Adriático y el Báltico.

              En este período de contracción de la célula aumentó la aridez en el sureste de la península Ibérica, respondiendo sus gentes con la creación de un elaborado sistema de poblados fortificados que conocemos como la cultura de Los Millares, del 3200 al 2200 antes de Jesucristo. Así fueron capaces de proteger sus recursos, desarrollar la metalurgia del cobre e impulsar el comercio a gran escala.

              Hacia el -2.200 ocurrió el Evento del 4.2K, una terrible sequía que culminó la desecación del espacio del Sahara e intensificó la llegada de personas al valle del Nilo. Los primigenios egipcios tuvieron que organizarse para dar cumplida respuesta a los problemas derivados de un espacio más densamente poblado y del control y aprovechamiento de sus aguas. Si en Mesopotamia el Evento contribuyó al hundimiento del imperio acadio, las gentes de las urbes del valle del Indo, como Harappa o Mohenjo-Daro, tuvieron que buscar refugio en las laderas del Himalaya.

              Entre el 2000 y el 300 antes de Jesucristo se estabilizaron las áreas secas que conocemos en la actualidad, pues la célula se estabilizó en una ubicación más contraída y las lluvias (más escasas que hacia el -9000) adoptaron un ritmo más predecible. Entonces se consolidaron Estados que gestionaron una ingeniería hidráulica avanzada, desde la China Zhou a Mesopotamia.

              La severa sequía empujó a la jerarquización y militarización de la cultura de El Argar en el sureste peninsular entre el 2200 y el 1500 antes de Jesucristo, primando el monopolio del comercio del cobre y del estaño. Asimismo, la domesticación del camello permitió crear las redes caravaneras que enlazaron el golfo Pérsico y el África subsahariana con la cuenca mediterránea.

                El surgimiento de un patrón climático más estable en el Mediterráneo (con inviernos húmedos y veranos secos) auspició la navegación de fenicios y griegos, que accedieron a la Europa atlántica. Precisamente en este espacio floreció el paraíso de Tartessos, el del suroeste peninsular del Lacus Ligustinus. Con la célula fijada en los límites que hemos conocido hoy en nuestra época, se configuró plenamente el clima mediterráneo de la fachada este de la península, de veranos secos y cálidos, lluvias torrenciales de otoño e inviernos suaves, al que los iberos se adaptaron desarrollando la tríada de cereales, vid y olivo, ejemplo de la pericia del ser humano en amoldarse a un medio cambiante.

              Para saber más.

              Lewis Dartnell, Origins: How the Earth Made Us, Londres, 2019.