LAS DESHILVANADAS COSTURAS DEL SEDERO IMPERIO ESPAÑOL. Por Víctor Manuel Galán Tendero.
A mediados del siglo XVI los distintos dominios de la Monarquía hispana conformaron un verdadero imperio sedero. Los reinos de Granada, Murcia, Valencia y Sicilia descollaron desde la Baja Edad Media como productores de seda. Ciudades como Toledo o Córdoba fueron afamadas por sus tejidos. Las ferias sederas de Mesina estuvieron entre las más animadas de Europa. Los hombres de negocios genoveses, que terminaron integrándose en los circuitos comerciales y financieros hispanos con gran éxito, animaron las actividades sederas. La conquista de las Indias amplió todavía más la potencia sedera del imperio. En 1536 el virrey de Nueva España don Antonio de Mendoza ordenó plantar morales en Tlaxcala y Cholula. Además, se autorizó a la ciudad de Puebla en 1548 a producir tejidos de seda, compensándose así su lejanía de los centros mineros, favoreciendo la tributación de las comunidades amerindias a los encomenderos.
La incorporación de Portugal y sus dominios en 1580 le añadió mayores bríos. La sedería había arraigado en Trás-os-Montes, con centros como Braganza, desde el siglo XV, y la expansión ultramarina amplió considerablemente sus negocios sederos. Señores de Ormuz desde 1515, controlaron la venta de la seda persa hacia tierras del actual Pakistán. Sin embargo, mayores beneficios lograron al establecerse en 1557 en Macao, cargando desde allí sedas y porcelanas chinas con destino a un Japón dispensador de plata. En Goa los derechos de aduana sobre las sedas representaron el seis por ciento de las recaudaciones de 1571.
Aquel mismo año los españoles fundaron la ciudad de Manila, entrando en contacto con el complejo imperio chino, regido entonces por la dinastía Ming. Al sur del río Yangtsé, en las tierras de Jiangnan, la producción de seda había alcanzado un enorme vuelo por su diestro cultivo de la morera, las mejoras de sus suelos agrícolas, la atenta cría de los gusanos y el depurado devanado de la seda. Con semejante activo comercial las autoridades chinas podían conseguir la plata necesaria para complacer los imperativos de la Ley del Látigo Único, que simplificaba los impuestos exigidos, a cobrar en plata. Los campesinos tuvieron que comercializar todavía más sus cosechas para cumplir sus deberes fiscales. De las 2.500 toneladas de seda producidas por China a inicios del siglo XVII, unas 800 se vendieron en los mercados de Manila, Japón y el Indostán.
La plata ya no llegó sólo de Japón, sino también de las Indias españolas, a través del Galeón de Manila que se hacía a los mares en Acapulco. Manila se convirtió en un activísimo mercado, al que los portugueses llevaron finísimos tejidos de seda como terciopelos y damascos, y seda cruda para los obrajes de Nueva España los sangleyes o chinos que frecuentaron las Filipinas. Estos productos supusieron la parte del león de las mercancías cargadas a la vuelta de Acapulco a finales del siglo XVI, sobrepasándose con creces los 250.000 pesos anuales en productos de China autorizados en 1593. La apertura de la ruta pacífica tuvo consecuencias para todos los dominios hispanos, en un momento en que los reinos de la península Ibérica sostenían una pesada carga fiscal y militar.
Si en el reino de Valencia las autoridades reales lucharon denodadamente por imponer la manifestación o declaración de la seda producida desde 1558, en el de Granada se encararon con los amargos frutos de la guerra morisca de 1568-70. Hubo un cruce de acusaciones de fraude entre los arrendadores de los impuestos y lo campesinos repobladores, a los que se reprochó de falta de empeño en el cultivo de morales. Más de un labrador de la vega granadina había dado preferencia al cáñamo, y más de un eclesiástico no había tenido empacho en defraudar.
Cálculos actuales no sugieren un panorama tan sombrío. Las 132.615 libras de seda producidas en Granada en 1561 descendieron a 55.441 en 1582, pero en 1618 remontaron a 87.029. La salida de metales preciosos hacia China resultó considerable, pero no la hemorragia evocada por algunos coetáneos. Entre 1597 y 1601 se embarcaron en el Galeón de Manila unos doce millones de pesos, correspondiendo al fabuloso Potosí el ochenta por ciento, aportándolo los mercaderes peruanos por el puerto de El Callao hacia Acapulco. De dos a tres millones de pesos al año era una suma más que considerable, pero más lo eran los de diez a quince millones que por aquel tiempo se dirigían a la Península. Más que de una cuestión de cantidad, se dirimió una de calidad, la de la voz cantante dentro del imperio.
La afluencia de los géneros chinos ocasionó que se vendieran menos tejidos peninsulares en las ferias de Veracruz. La seda del hilo de Cantón también ganó nombradía. Se temió ya que las Indias no dependieran de los reinos peninsulares como hasta el momento, que los virreinatos no se comportaran como colonias, y comenzaron a adoptarse medidas drásticas. Se prohibió en 1596 la plantación de morales y la cría de gusanos en Nueva España, y en 1604 se vedó enviar desde Acapulco géneros asiáticos al Perú, con la intención de desalentar la vitalidad de las rutas interamericanas del imperio español.
Semejante proceder no calmó el descontento en España, donde ciudades como Murcia alzaron su voz contra la prohibición de comprar la seda en madeja. El poder adquirirla sólo teñida o torcida no abarató los costes ni animó el trato comercial, repercutiendo en la recaudación de las alcabalas que tanto preocupaban a los agentes reales. Tampoco ayudó nada la prohibición en 1609 de engalanar con sedas las residencias de los nobles portugueses, a la sazón muy endeudados.
Con tal panorama, las ofertas del sah Abbas I de Persia entre 1599 y 1615 cayeron en saco roto. Propuso que los navegantes portugueses pudieran transportar las sedas de sus dominios a través del cabo de Buena Esperanza, burlando las rutas controladas por sus rivales otomanos. Aunque el círculo real se mostró interesado por la alianza con el sah contra el sultán, los hombres de negocios de Portugal no lo consideraron rentable. El teórico cesarismo de los reyes chocaba con las realidades de una Monarquía compuesta de distintos reinos, con sus intereses y leyes particulares.
En 1617, por si quedaba alguna duda al respecto, las fuerzas vivas de los reinos de Valencia, Granada, Murcia y otros de la Corona de Castilla se posicionaron vigorosamente contra la entrada en la Península de sedas de la India de Portugal, Persia y China. Con habilidad, supieron emplear los argumentos económicos y de utilidad pública del arbitrismo, tocando la fibra sensible del menoscabo de las rentas reales y de la sangría de metales preciosos. De irrumpir tales sedas, de mala calidad y mezclada además, los morales se arrancarían, los mercaderes no acudirían, los tejedores toledanos o cordobeses se arruinarían y la despoblación sería todavía mayor.
El debate sobre las razones de la declinación de la Monarquía vivía horas intensas, animando a más de uno a dar su particular solución a tantos males. En su Memorial sobre el trato de la China con la Nueva España y estos reinos, escrito entre 1620 y 1622, el genovés Horacio Levanto, que había residido en la dinámica Puebla, defendió un auténtico estanco de la seda en Manila. Allí las autoridades reales comprarían anualmente mil cajones de seda para su distribución posterior, algo que no beneficiaría en absoluto a los intereses novohispanos.
Aunque no abogara por el estanco de la seda, Juan Velázquez Madridejos defendió en 1628 que se insistiera, una vez más, en la prohibición de la seda china en las Indias y en estos reinos de España, acompañándolo de los argumentos de costumbre. Los 250.000 pesos de tepuzque (de aleación de oro y cobre) que al año salían de Nueva España hacia Filipinas ocasionaban terribles males, más allá del menoscabo económico de las flotas de Indias, extendiéndose por la Tierra Firme y el Perú. La merma de la adquisición de mercancías españolas, reducidas a la mitad de su valor, era particularmente grave, pero todavía lo era más que las Indias no dependieran de estos reinos debidamente y que China ganara riqueza para combatir a los españoles. Responsables de tan desolador panorama eran, según su criterio, los mismos virreyes, atentos a complacer a los intereses locales.
En el complejo entramado del imperio hispánico, con centros de poder no precisamente en buena armonía, don Juan dijo defender el bien de España. Todo lo que perdía su comercio se reflejaba en las recaudaciones de alcabalas y almojarifazgos. Con los criadores de sedas abatidos, los extranjeros venderían ventajosamente el trigo, conseguido por licencias de extracción, en los más necesitados puertos españoles. La moneda de vellón, con la que pagaban aquéllos, todavía se propagaría en mayor medida.
En su alegato, don Juan encarece la necesidad de soluciones para el reino de Granada, convirtiéndose de facto en su portavoz ante el monarca. Una vez más se invocaron razones generales para defender intereses particulares. Recordó que allí se habían acensado varios lugares a particulares por más de 100.000 ducados de renta, necesitándose la cría de la seda imperiosamente. Estimaba que su movimiento comercial ofrecería otros 100.000 ducados a las alcabalas reales. Sin embargo, la política fiscal no era la más adecuada, a su entender. De entrada, la seda en Granada pagaba 302 maravedíes por libra, sin el diezmo, y a 40% del precio de venta en las alcaicerías o puntos autorizados de venta. En cambio, la seda china paga de almojarifazgo y alcabala el 15%, perdiendo el rey el 25% de beneficios por libra de seda. Observaba que desde hacía dos años había disminuido la producción en el reino granadino, descendiendo anualmente las recaudaciones en 30.000 ducados. Se había criado, en consecuencia, poca seda, dejándose la seda en los morales, con el riesgo de perderse irremediablemente los mismos árboles. Así pues, la entrada de seda extranjera había perjudicado a criadores y censalistas a la hora de cumplir con sus obligaciones, debiendo al rey unos 200.000 ducados.
En su consideración de la seda granadina, la autóctona, como más limpia y buena que la ajena, con la que no debía mezclarse, expresó a su vez los prejuicios de su tiempo, los del orgullo de cristiano viejo, ufano de sí mismo. Si para él el incremento resultante de los precios y la disminución de las navegaciones resultarían buenos, para otros equivaldrían a la ruina. En su Justificación y conservación de la Monarquía (1637), Grau y Monfalcón no aprobó la prohibición del comercio con China, que sólo perjudicaría a los trabajadores de las indias. Reformar y conservar la Monarquía hispánica, aquel vasto y plural imperio, fue una tarea colosal, como demostraron las cuestiones sederas. Demasiado complejo y extendido, no conformó nunca un bloque industrial y comercial compacto, sino una serie de polos con dificultades para concordarse. De sus fracasos y de sus posibilidades tomarían buena nota los reformistas ilustrados, los de la segunda conquista de América.
Fuentes y bibliografía.
ARCHIVO GENERAL DE INDIAS.
Filipinas, 40, N. 5.
ARCHIVO GENERAL DE SIMANCAS.
Patronato real, legajo 71, 172; 89, 298.
Mariano Bonialian, “La seda china en Nueva España a principios del siglo XVII. Una mirada imperial en el Memorial de Horacio Levanto”, Revista de Historia Económica, 35, 1, Madrid, 2016, pp. 147-171.
Félix García Gámez, “Seda y repoblación en el reino de Granada durante el tránsito de los siglos XVI al XVII”, BIBLID, 28, 2001, pp. 221-255.

