LOS EFECTIVOS MILITARES DE LAS GRANDES POTENCIAS DECIMONÓNICAS. Por Víctor Manuel Galán Tendero.

21.11.2025 08:18

              

               Las grandes potencias del siglo XIX fueron capaces de movilizar grandes recursos en caso de guerra, tanto materiales como humanos. Sin embargo, no todas contaron con fuerzas terrestres igualmente numerosas. Los Estados Unidos, de tan importante porvenir, carecieron antes de la guerra de Secesión de unos efectivos parejos a los de otros, manteniéndose en unos niveles muy modestos tras su guerra con Gran Bretaña de 1812-15 y a despecho de la sostenida con México entre 1846 y 1848, como se aprecia en el siguiente cuadro.

 

1816

1830

1860

Reino Unido

255.000

140.000

347.000

Francia

132.000

259.000

608.000

Rusia

800.000

826.000

862.000

Prusia

130.000

130.000

201.000

Austria

220.000

273.000

306.000

Estados Unidos

16.000

11.000

26.000

 

               Por el contrario, el imperio ruso alineó una formidable masa militar desde 1816, verdaderamente intimidatoria. Sin embargo, sus recursos técnicos distaron de brillar a la misma altura, como se hizo visible en la guerra de Crimea.

               Los franceses, los grandes derrotados de las guerras napoleónicas, rehicieron su ejército a lo largo de los años, alcanzando unos efectivos considerables en 1860. Tales fuerzas se convirtieron en la punta de lanza de la política expansionista de Napoleón III en distintos puntos del mundo. Por el contrario, los austriacos (grandes beneficiarios de la situación establecida por el Congreso de Viena) no incrementaron sus tropas en la misma escala, ni de lejos, exponiéndose a la peligrosa hostilidad de otras potencias.

               Quien terminó desafiando su predominio en el espacio germánico fue Prusia, que se convertiría finalmente en la cabeza del segundo imperio alemán. Su creciente poder militar no sólo se reflejó en el aumento del número de jóvenes reclutas, sino también en el de su capacidad técnica.

               Gran Bretaña, que disponía del arbitraje de las vitales cuestiones ultramarinas y que en aquellos años disponía de una importante ventaja económica sobre sus competidores, no apostó en igual medida por sus fuerzas terrestres. Su política abrió el abanico de posibilidades de otras potencias, como se demostraría en los años venideros.

               Fuente.

               Paul Kennedy, Auge y caída de las grandes potencias (I). Por qué acabaron los imperios del pasado, Madrid, 1992, p. 204.