LOS EJÉRCITOS COLONIALES. Por Víctor Manuel Galán Tendero.

30.04.2015 06:52

               

                La conquista no siempre ha resultado fácil y los aspirantes a imperios se han encontrado innumerables dificultades a lo largo de la Historia. Los españoles tuvieron la fortuna de extender sus dominios en las Indias gracias a la ambición e iniciativa de grupos de aguerridos particulares. Una hueste llegada de la Península no hubiera gozado de sus triunfos y hubiera disparado los dispendios de la conquista astronómicamente.

                Entre 1862 y 1867 los franceses sostuvieron una agotadora guerra en México, que no les benefició en absoluto, en especial en vísperas de su decisivo enfrentamiento con Prusia en 1870. Para muchos franceses el imperialismo fue una manera de sanar su herido nacionalismo a costa de otros, aunque para colonizar era necesario dominar y recurrir a las armas.

                                                    

                En Cochinchina habían tenido la suerte de disponer de la colaboración de las unidades filipinas de España. Otros españoles, a título particular, también les habían auxiliado con gran eficacia en la conquista argelina.

                Ahora se enfrentaban a un enorme reto, el de ser imperio sin querer ser soldados más allá de la madre patria. Recurrieron a sus particulares lecturas del imperio romano, especialmente intelectuales como Leroy-Beaulieu a fines del XIX y principios del XX.

                Los ejércitos metropolitanos no deberían de partir a la conquista africana o asiática como lo harían los conscriptos españoles que derramarían su sangre en el Rif. No se quería aumentar el descontento popular, pues la colonización imperialista en teoría debería de servir para calmarlo.

                Las tropas indígenas como los spahis de Argelia, los regimientos annamitas de Tonkín o los laptots del Senegal rindieron y rendirían un enorme servicio al estar bien adaptados a un medio desconocido para los europeos. Se debería licenciarlos a los cincuenta y cinco años y concederles lotes de tierra y determinadas dignidades para garantizar su fidelidad. Su servicio militar ayudaría a que adoptaran costumbres europeas, sirviendo el ejército de “escuela”.

                                            

                Estas unidades se complementarían con fuerzas de europeos voluntarios pagados con salarios elevados, lo que permitiría liberarse de “indeseables” a las conflictivas sociedades metropolitanas sin perder la población más natalista y familiar. Tal fue el propósito de la Legión Extranjera y la lógica de un sistema avasallador y saturado de prejuicios como el del imperialismo conquistador.