LOS EMIRES DE ZARAGOZA Y EL CID. Por Víctor Manuel Galán Tendero.

13.06.2026 12:32

             

              Las taifas que sucedieron al Califato de Córdoba en Al-Ándalus no han tenido tradicionalmente buena prensa. Sus refinamientos culturales han sido censurados con severidad en términos morales particularmente estrictos, y sus enfrentamientos se han tachado de suicidas. Todo ello es muy discutible, pues no se tiene en cuenta la diversidad territorial y humana de un Al-Ándalus que se extendía más allá de Córdoba.

              El emirato de Zaragoza se erigió en el rico valle del Ebro, no siempre en buenas relaciones con las autoridades de Córdoba, en el que florecieron importantes ciudades desde la Antigüedad. No en vano fue uno de los grandes emiratos de las primeras taifas junto a los de Toledo, Badajoz o Sevilla.

              Las disputas entre los emiratos andalusíes resultaron altamente provechosas para los reyes de León y Castilla, Pamplona, Aragón y los condes de Barcelona. Más allá de servir como mercenarios en los ejércitos califales o en los de sus sucesores, impusieron tributos o parias a sus teóricos protegidos musulmanes. Los Banu Hud de Zaragoza se las tuvieron que ver en distintos momentos con las pretensiones de catalanes, aragoneses, pamploneses y castellanos.

              El amenazado emir Al-Muqtadir de Zaragoza contrató los servicios de la hueste de un destacado noble castellano que fue desterrado por Alfonso VI en el 1081, Rodrigo Díaz de Vivar. Su sucesor Al-Mutamin lo mantuvo a su servicio durante todo su reinado, del 1081 al 1085. El emir, un consumado matemático y hombre de cultura, le confió el mando de sus ejércitos para enfrentarse a los de su hermano Al-Mundir (que regía Lérida y Tortosa) y a los de otros potentados cristianos. Si en el 1082 venció en la batalla de Almenar a las fuerzas coaligadas de Mundir y del conde Berenguer Ramón II de Barcelona, en la de Morella de 1084 volvió a derrotar a las de Al-Mundir, esta vez aliadas con las de Sancho Ramírez de Aragón.

              Precisamente en la campaña de Morella Rodrigo desplegó sus dotes militares. Al lanzar incursiones contra los territorios de Al-Mundir, le obligó a combatir. Sin embargo, él dispuso el campo de batalla más provechoso para su causa. Fortaleció el castillo de Olocau y decidió combatir en las accidentadas tierras del interior de la actual provincia de Castellón. Tras formar a sus disciplinadas fuerzas de caballería en sucesivas haces o líneas, supo resistir la embestida enemiga antes de pasar a un victorioso contraataque.

              En los combates, más de un noble hispano-cristiano terminó cautivado, siendo liberado a buen precio. Ya por entonces Rodrigo se había ganado el tratamiento de Sidi, señor, que derivaría en nuestro Cid. De hecho, se ha considerado decisivo su triunfo en Morella: venció a un aliado de Alfonso VI, reafirmó el emirato de Zaragoza, consiguió un notable botín y se consolidó plenamente como libérrimo un señor de la guerra. Rodrigo también gozó del favor de Al-Mustain II, el hijo de Al-Mutamin.

              En la primavera del 1086 las fuerzas de Alfonso VI pusieron sitio a la ciudad de Zaragoza, pero el Cid no cruzó armas con aquéllas. Se mantuvo a la expectativa, sin incumplir teóricamente su fidelidad al emir, pero sin enfrentarse a su señor natural, con el terminaría reconciliándose tras la victoria de los almorávides en la batalla de Zalaca o Sagrajas. Aunque Zaragoza sobrevivió como poder independiente hasta el 1110, cuando fue conquistada por los almorávides, la marcha de las huestes del Cid contribuyó a debilitarla frente a sus enemigos.

              Para saber más.

              Alberto Montaner, El Cid en Aragón, Zaragoza, 1998.