LOS NEGOCIANTES INGLESES Y EL DINERO ITALIANO DE CARLOS DE AUSTRIA. Por Víctor Manuel Galán Tendero.

22.01.2016 06:53

                La guerra de Sucesión a la corona de España fue una guerra auténticamente mundial. El nieto de Luis XIV, Felipe V, tuvo enfrente al archiduque Carlos de Austria, cuya causa fue secundada por distintos motivos por las potencias marítimas de las Provincias Unidas e Inglaterra y por Portugal, entre otros Estados.

                

                La Inglaterra que había derrocado a los Estuardo tras la Gloriosa Revolución de 1688 aspiraba a cortarle las alas a la Francia de Luis XIV en Europa y en los mares. La entronización de un príncipe de origen francés en el imperio español lesionaría el equilibrio de poderes o cualquier pretensión de tal. La expansión comercial de los ingleses también se vería lastrada.

                Los comerciantes y hombres de negocios de Inglaterra se habían mostrado bien activos en el Mediterráneo del siglo XVII y en líneas generales secundaron el esfuerzo de guerra de su país en lo logístico y diplomático. La financiación de la guerra contra el Rey Sol alzó no pocas protestas en el Parlamento inglés, pero los más decididos partidarios de la lucha impusieron su criterio durante varios años.

                En 1703 se suscribió con Portugal, que abandonó la causa borbónica, el tratado de Methuen, bautizado así en honor a su negociador inglés. Los tejidos de lana ingleses entrarían sin aranceles en el mercado portugués a cambio de que los vinos de Portugal accedieran en las mismas condiciones a Inglaterra.

                En nombre del rey Carlos III de Austria los ingleses se hicieron con el dominio de Gibraltar en 1704. La zona del Estrecho, vital para vigilar el comercio indiano, les había atraído vivamente desde fines del siglo XVI.

                

                En 1705 Mitford Crowe, hombre que había hecho fortuna en las islas Barbados (de las que fue gobernador en 1702), negoció el pacto de Génova con los representantes de los catalanes contrarios a Felipe V. Los ingleses se comprometieron a enviar al Principado 8.000 soldados de infantería y 2.000 jinetes, además de asoldar a 6.000 naturales.

                Génova era una importante plaza comercial y financiera a comienzos del XVIII, aunque no pasara por sus mejores momentos, y la Corte de Carlos III en España se nutriría con las letras concertadas allí, en Liorna y en Roma.

                

                En 1706 Crowe estuvo en Génova como miembro de la comisión económica del Habsburgo, ya que también desempeñó la función de tesorero militar. Entre 1707 y 1711 tanto los ingleses como los holandeses concertaron créditos en Roma y en aquella plaza a favor de su candidato a la corona española.

                La guerra exigió grandes sacrificios en todos los frentes. En 1708 los anglo-holandeses completaron el dominio del reino de Mallorca con la conquista total de Menorca, que pasaría a manos británicas al final, y en 1709 el Parlamento inglés decidió enviar a Cataluña, el puntal de Carlos en la Península, una fuerza de 13 regimientos de infantería, 2 de caballería y 8 adicionales. Además los holandeses reforzaron sus fuerzas con 1.000 reclutas más. Muchos de aquellos soldados no eran de origen inglés, sino alemán, que combatían por una buena paga y  no retrocedían a la hora de pelearse con los paisanos por muy aliados que fueran.

                Es cierto que los subsidios ingleses (administrados desde 1708 por John Mead) fueron vitales para la Corte de Carlos III en Barcelona, lo que ha sido considerado a veces motivo de atracción de capitales, pero sus grandes fuentes de ingresos terminaron siendo las rentas reales del Milán y del reino de Nápoles, dominios arrebatados a los borbónicos. Gracias a los estudios de historiadoras como Elisa Badosa sabemos que entre marzo de 1708 y junio de 1713 las fuentes napolitanas dispensaron 202.090 libras, de las que 188.430 llegaron a Barcelona entre mayo de 1711 y junio de 1713.

                Las armadas anglo-holandesas resultaban esenciales para mantener las comunicaciones entre el Principado e Italia, pero las relaciones entre los aliados y los comunes catalanes estaban deteriorándose. En el otoño de 1710 los conservadores o tories se habían impuesto en las elecciones al Parlamento y se mostraron dispuestos a negociar la paz con los borbónicos, lo que se reforzaría cuando al año siguiente Carlos de Austria accediera al imperio.

                Los catalanes partidarios del Habsburgo se consideraron abandonados. El 21 de agosto de 1712 el Reino Unido y las potencias borbónicas suscribieron un armisticio y el 25 de agosto del mismo mes los ingleses dejaron de llevar la correspondencia italiana a los principales ministros de Carlos III en Barcelona. El vicealmirante inglés pidió el 9 de septiembre el puerto de Tarragona para concentrar sus tropas. Al día siguiente se descubrió el armisticio en el Principado.

                En estos tensos momentos se temió que los ingleses se hicieran dueños de la misma Tarragona. Al final sus fuerzas ubicadas aquí se embarcarían por Salou y el resto por la orilla septentrional del Besós.

                El 11 de abril de 1713 se firmó el primer tratado de Utrecht y el 13 de julio el acuerdo entre los británicos y Felipe V. Gran Bretaña salió de la guerra fortalecida, como es bien sabido, con las llaves del Mediterráneo Occidental e importantes concesiones comerciales en sus manos. Sus hombres de negocios habían realizado valiosos sacrificios, pero cosecharon buenos frutos. Los fondos italianos pasaron durante un tiempo a Carlos de Habsburgo, el emperador que en numerosas ocasiones recompensó a sus españoles fieles (los austracistas, considerados hoy en día el primer gran exilio político de nuestra Historia) con asignaciones a cargo de su Consejo de Italia.