LOS NOBLES QUE NO QUERÍAN EJERCITAR LAS ARMAS. Por Víctor Manuel Galán Tendero.

17.03.2026 17:04

              

               En tiempos medievales se había asociado estrechamente la nobleza con el ejercicio de las armas, pues según el orden estamental era la defensora de los que rezaban y de los que trabajaban por los demás. El caballero, celebrado en numerosas y populares novelas, se convirtió en su tipo ideal, a despecho de sus flaquezas humanas. En los reinos hispánicos floreció la caballería, compuesta de distintos linajes, en villas y ciudades. En la corona de Castilla los caballeros pudieron intervenir en el gobierno de los municipios, algo no siempre permitido en otros territorios. Sin embargo, la nobleza local fue perdiendo importancia militar en distintas localidades. En verdad, la conquista del sultanato de Granada puso fin a la frontera, pero no a los peligros en otros frentes, debiéndose encontrar más razones. En sus Discursos históricos de la muy noble ciudad de Murcia (1573), el licenciado Cascales expuso otros motivos:

               “Acuérdome yo que en Murcia había mucha gente de a caballo tan práctica en el manejo de un caballo, tan instruida en jugar una lanza y espada, que ahora no puedo dejar de llorar esta falta de caballeros y caballos. De esto deben avergonzarse todos los nobles caballeros, escuderos e hidalgos. Como no están los nobles ejercitados, se arrinconan y acobardan. De esta manera no lucen, vienen a menos, cada día más pobres porque no tienen cargas ni rentas con que ayudar su patrimonio, que por fuerza si valía 20.000 ducados con cuatro hijos que tengan se reparten, y casados éstos a la segunda repartición les cabe uno, y a la tercera no hay que partir, porque uno no es número y así no se divide, y necesariamente por esta cuenta verdadera queda la nobleza oscurecida y aun acabada. De manera que hacemos menester ejercitarnos para salir, salir para medrar, medrar para sustentar la honra, sustentar la honra para enriquecer la casa y enriquecer la casa para tener en pie el linaje.”

               Por mucho que se recurriera al mayorazgo, los ímpetus militares de la nobleza no cobraron nuevos bríos, como se desprende de lo comentado por el sargento mayor de la isla de Lanzarote Luis Pacheco de Narváez en su Compendio y filosofía de las armas (1600):

               “Mejor es pelear con buenos aunque sean pocos contra muchos malos que con muchos y malos contra pocos buenos. Y no fiarse de hombres bajos ni oficiales mecánicos, sino de hidalgos y hombres conocidos en virtud de esfuerzo, muy diferente de lo que en nuestros tiempos se practica pues vemos que un capitán hace gente cualquiera que quiera ser soldado de cualquier suerte que sea, la recoge debajo de su bandera sólo por hacer más número. Y es sinrazón gravísima que a un porquerizo y a otros semejantes se les dé investidura y honrado hábito, pues es propiamente de los reyes y hombres nobles.”

               Tomar las armas no suscitó los afanes de muchos Quijotes, por muchos prejuicios sociales que se tuvieran.

               Fuente.

               Nuria Sales, “La desaparición del soldado gentilhombre”, Saitabi, XXI, Valencia, 1971, pp. 41-69.