LOS PODEROSOS RICOS HOMBRES DE ARAGÓN. Por Víctor Manuel Galán Tendero.
Desde el siglo IX se fueron forjando linajes endogámicos en los valles fortificados de Ansó, Hecho, Sobrarbe y Ribagorza, donde practicaron la trashumancia. Dirigidos por verdaderos jefes, algunos linajes se hicieron con los mejores pastos y tierras de cultivo, en un momento de fuerte inseguridad militar y política, en medio de las disputas entre musulmanes y francos. Jefes como Galindo Aznárez o Aznar Galíndez alzaron pequeñas torres de piedra y se rodearon de una comitiva de parientes y dependientes armados. Así surgieron los nobles o señores, que verían reconocido su dominio del valle y de sus gentes primero por los condes de Aragón y por los reyes de Pamplona desde el 925, el del grupo de los que serían llamados ricos hombres.
La unión entre Aragón y Pamplona, que alcanzó su mayor poder bajo Sancho III Garcés (1004-35), reposó en el entendimiento entre los grandes linajes vasco-pirenaicos, a modo de una gran confederación de valles dominados por familias enlazadas entre sí. Mientras la unión matrimonial con León y Castilla fracasó (aparte de las diferencias entre Alfonso el Batallador y la reina Urraca) por la falta de adaptación de los nobles aragoneses al sistema de dependencia política castellano-leonés, el enlace con el condado de Barcelona se vio enormemente facilitado por seguir pautas de la antropología familiar aragonesa, la de la absorción del varón (en este caso Ramón Berenguer IV) al linaje de la esposa.
En 1200 los ricos hombres de Aragón, al igual que los barones de Cataluña, todavía dependían mucho del ejercicio de las tenencias y de la cercanía al rey, pues podía entregar aquéllas a la muerte de su titular. Sin embargo, el panorama se modificó en Cortes como las de Ejea de 1265, al confirmarse que los honores y castillos fueran hereditarios. Cuando un Jaime I influido por el Derecho Romano pretendió controlar varios castillos y juzgar a los nobles directamente, se encontró con la oposición cerrada de los ricos hombres aragoneses, encabezados por los Ahones y los Luna. El monarca no podría retirar a su voluntad sus honores y debía atenerse en sus litigios con ellos a las sentencias del Justicia de Aragón.
En este período, los Luna, los Urrea, los Alagón, los Cornel, los Lizana y los Castro ascendieron en el reino de Aragón, declinando los Ahones. Paralelamente en Cataluña los Montcada se convirtieron en senescales, y los Cardona y los Anglesola se fortalecieron.
Mientras que en la estructura familiar aragonesa los parientes varones de un linaje mantuvieron prietos lazos políticos, en Cataluña arraigó el modelo del Casal o casa solariega principal, con un heredero que evitara la disgregación. Tal diferencia, que venía de antes, se codificó con la compilación de los Fueros de Aragón en 1247 y la consolidación de los Usatges de Barcelona. A diferencia de la Cataluña donde los feudos no podían fragmentarse, para preservar la fuerza militar y política, en Aragón el linaje horizontal de las parentelas se había consolidado plenamente. Con las conquistas de Mallorca y Valencia, no pocos segundones de la nobleza catalana fueron agraciados (preservándose el Casal), a la par que los linajes de los Luna y los Alagón aumentaron su patrimonio.
El resultado de tales diferencias fue una alta nobleza aragonesa más cohesionada ante el monarca frente a una catalana más dispersa. El derecho aragonés protegió fuertemente el principio de troncalidad, pues los bienes familiares debían retornar al tronco del linaje si no había descendencia. De heredar una mujer por falta de varones, el linaje del marido podía absorber con mayor facilidad que en Cataluña su patrimonio, pues se pretendía extender la red de parentesco del apellido.
Guillem Ramón de Montcada contrajo matrimonio con una hija ilegítima de Jaime I, Constanza de Aragón, lo que le permitió ganar preeminencia política en el reino aragonés. Los Urrea y los Alagón enlazaron con hijas de barones catalanes. El matrimonio de Juan Jiménez de Urrea (señor de la Tenencia de Alcalatén) con la dama Teresa de Entenza es una muestra notable de una auténtica ingeniería dinástica y de la concentración señorial. Casaron a su hija Toda Pérez de Urrea con Artal V de Alagón, haciéndose efectivo el matrimonio en 1309. Se creó así un formidable bloque de poder territorial que abrazaba el Alcalatén a las tierras aragonesas del interior por medio del modelo nupcial aragonés de extensión del linaje.
Este tipo de agrupamientos familiares facilitaron enormemente los movimientos de las Uniones aragonesas, ligas con notable participación nobiliaria que se oponían al autoritarismo real. En la batalla de Épila (21 de julio de 1348), encajaron una severa derrota los ricos hombres unionistas, como los de las ramas de Biota y Aladrén de los Jiménez de Urrea o parte de la casa de Luna. Pedro IV ordenó confiscar su patrimonio, repartiéndolo entre los caballeros de la pequeña nobleza que le habían sido adictos. Atacó los lazos de solidaridad de los linajes ofreciendo prebendas y títulos a segundones y otros de sus integrantes a título individual. Cada vez más dejó de gobernar con el consejo de los ricos hombres, fortaleciendo su cancillería de servidores profesionales. Por todo ello se considera que, por mucho que conservaran privilegios y enormes riquezas, los ricos hombres de Aragón terminaron cediendo ante el poder del monarca, compitiendo por los cargos políticos, embajadas, matrimonios de ventaja y mitras eclesiásticas que les dispensaba.
Aunque esta alta nobleza no alzó una nueva Unión, retuvo un notable poder institucional. Al exigirse la unanimidad en las Cortes aragonesas, el brazo de los nobles (el de los ricos hombres) podía bloquear a su antojo una iniciativa del rey. No dejó de impulsar la figura del Justicia Mayor. La agresividad de los bandos, como los que opusieron al de Lope Jiménez de Urrea con Juan de Luna en 1432, acreditó con creces su fuerza sobre el terreno.
La dinastía de los Trastámara supo sacar provecho de tales divisiones con astucia. Fernando I se presentó en 1412 como el garante de la paz tras el asesinato del arzobispo de Zaragoza García Fernández de Heredia. Las campañas italianas sirvieron a Alfonso V para canalizar en su provecho los ímpetus de los linajes. Juan II jugó con sus divisiones hábilmente, apoyándose en figuras como Lope Jiménez de Urrea, al que nombró virrey de Sicilia. A través del sistema de la insaculación, Fernando el Católico logró poner freno a las disputas de bandos por el dominio de instituciones tan importantes como la Diputación del General del reino de Aragón. Bajo los Austrias, las Ocho Casas Principales de Aragón (como la de los duques de Villahermosa, Luna, Híjar o Sástago) se asimilaron a la grandeza de España. Durante las Alteraciones de 1591 se hizo visible que sus tiempos de rebeldía pertenecían al pasado.
Para saber más.
Gregorio Colás y José Antonio Salas, Señores y vasallos en el Aragón de los Austrias, Zaragoza, 1984.
Ana Isabel Lapeña, La nobleza aragonesa en el siglo XI, Zaragoza, 1986.
Esteban Sarasa, La nobleza en el Reino de Aragón en el siglo XIII, Zaragoza, 1981.
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