LOS SEÑORES DEL REINO DE PAMPLONA ANTE SUS MONARCAS. Por Víctor Manuel Galán Tendero.
En el 905 ascendió al trono del reino de Pamplona Sancho Garcés I. Este tipo guerrero, iniciador de la dinastía Jimena, lo logró en buena medida por el pacto con los señores, los antiguos jefes de los linajes locales que habían ido asimilando costumbres visigodas y carolingias con el tiempo.
En esta monarquía pactada nació el mito del rey alzado sobre un escudo y jurado por los señores. Esta aristocracia emparentó con la familia real y se aplicó a la guerra contra los musulmanes. La conquista de las tierras de Estella y de La Rioja les dispensó bienes. Con rapidez cayeron en sus manos los honores o tenencias de fortalezas. Sin embargo, el rey podía cambiar al noble de honor para evitar que terminara ostentando todo el poder local.
A la muerte de Sancho el Mayor en el 1035 sus dominios se dividieron. La Pamplona de las siguientes décadas se las tuvo que ver con el crecimiento del poder de Aragón y de Castilla (unida a León finalmente). Los reyes García Sánchez III y su sucesor Sancho Garcés IV procuraron afirmar su autoridad y su poder. Al imponer parias o tributos a los poderes musulmanes del valle del Ebro redujeron las campañas de saqueo fronterizo y utilizaron las sumas de los tributos para ganar la voluntad de los señores.
Todo ello sembró no poco descontento. Sancho Garcés IV fue acusado de arbitrariedad a la hora de asignar los honores, y en el 1076 terminó despeñado en Peñalén de resultas de una conspiración de parte de la nobleza.
De todos modos, los señores se vieron en un grave aprieto tras al asesinato del rey, pues Alfonso VI de León y Castilla pretendía dominar el reino de Pamplona, lo que significaría su más estrecha subordinación a los dictados de un monarca con autoridad. En vista de ello, se acercaron al sol que más calentaba y prometía, el de Sancho Ramírez de Aragón, primo del despeñado.
Entre el 1076 y el 1134 los reinos de Pamplona y Aragón unieron sus destinos bajo los mismos monarcas. Los nuevos reyes valoraron la experiencia de los nobles pamploneses y respetaron el sistema de tenencias de su reino. Estos señores combatieron en las grandes campañas de Huesca, Tudela y Zaragoza, obteniendo pingües beneficios.
Es cierto que la fundación de Jaca en el 1077 por Sancho Ramírez fue un acto de afirmación ante los magnates pamploneses, al establecer una nueva sede episcopal y encauzar hacia allí los suculentos peajes del Camino de Santiago que antes beneficiaban fundamentalmente a la cuenca de Pamplona. Tal movimiento, sin embargo, no coartó en absoluto que varios aristócratas pamploneses descollaron en el servicio a los reyes de Aragón. El señor de Vizcaya Lope IñÍguez ayudó eficazmente a Sancho Ramírez a estabilizar la frontera con los castellanos. También resultaron igualmente valiosos al respecto los hermanos Íñigo y Lope Garcés de Estella. En los días de Alfonso I brillaron Lope Garcés de Alagón (cohesionador de las fuerzas de la monarquía en el Pirineo) y Fortún Garcés de Cajal, uno de los grandes comandantes de las campañas de Zaragoza y gobernador de las cruciales tenencias de Nájera y Viguera.
Por muchas afinidades y aspiraciones comunes que compartieran con los ricos hombres aragoneses, los pamploneses terminaron rivalizando con ellos por el desempeño de los honores sobre las nuevas tierras conquistadas. Por otra parte, a los aragoneses no les placía la primacía de la sede episcopal de Pamplona y el protagonismo de los pamploneses en la corte.
La muerte de Alfonso I y su inusual testamento pusieron patas arriba toda la situación. Pamploneses (a punto de convertirse en navarros) y aragoneses compartieron su rechazo al testamento del Batallador, pero terminaron separándose. Los navarros, inquietos con Castilla y León, vieron con inquietud que el peso de la monarquía se había trasladado a Zaragoza, mirando hacia el Mediterráneo.
Un grupo significativo de la nobleza navarra apostó por García Ramírez, saludado posteriormente como el Restaurador. La decisión de los ricos hombres aragoneses de sacar el monasterio al hermano del Batallador, Ramiro, no les gustó en absoluto, entre otras razones por la amenaza de Alfonso VII de León y Castilla. El obispo de Pamplona Sancho de Larrosa rechazó tajantemente la entrega de los reinos a las órdenes militares del Temple, de San Juan del Hospital y del Santo Sepulcro, y convocó la asamblea de nobles que legitimó la separación. El señor de Sangüesa Lope Íñiguez neutralizó los movimientos militares aragoneses por el Este, el acaudalado García Almoravid puso en la balanza tanto su riqueza como su control de las fortalezas centrales del desgajado reino, y Lope López de Larraga decantó la fidelidad de la nobleza de Estella y del valle del Arga a favor de García Ramírez, en lugar de hacia Alfonso VII.
Vistas las cosas con perspectiva, si la fundación de Jaca fue un primer aviso de la posible disolución del peso del reino de Pamplona dentro de la unión, el autoritarismo de Alfonso I y su particular testamento impulsaron a la nobleza navarra a dar un golpe de timón definitivo. Escogieron a un infanzón o pequeño noble García Ramírez, un bastardo de la antigua línea real pamplonesa. Desearon un monarca dúctil para controlar sus tenencias y su influencia en el reino. En verdad, García IV no resultó ser un simple títere, pero sí un rey muy condicionado por el obispo Sancho de Larrosa o el linaje de los Almoravid.
Para saber más.
Julia Pavón, Historia de Navarra de la Alta y Plena Edad Media, Madrid, 2024.
