LOS SOLICITADOS MERCENARIOS SUIZOS. Por Víctor Manuel Galán Tendero.

20.06.2015 09:18

               La idílica Suiza nos ha parecido a las personas de nuestro tiempo un pacífico país entre montañas en el que depositar con toda confianza el dinero más o menos confesable. Lo cierto es que la neutral Suiza no lo fue en el pasado precisamente y los contenidos suizos pueden exhibir una Historia militar digna del más pintado.

                En la Plena Edad Media los campesinos y los pastores de las tierras altas de lo que hoy en día es Suiza, entonces parte oficial del Sacro Imperio Romano Germánico, padecían las mismas privaciones que los europeos de otras tierras de naturaleza similar y también siguieron el camino de la emigración, del bandidaje y del servicio militar. Desde este punto de vista presentan paralelismos con los almogávares hispánicos, tan familiares a los lectores de historia de la Corona de Aragón.

                Estas gentes rústicas se agruparon en unidades en las que imperaba una disciplina estricta, que el posterior humanismo caracterizaría de romana. Sus huestes de base local se armaron con picas y alabardas especialmente. Supieron hacer un magnífico uso de tales al formar apretadas y erizadas filas, capaces de frenar los ímpetus de la caballería.

                    

                Las grandes ciudades de las llanuras suizas, como Zurich, comenzaron a contratar a los montañeses en calidad de mercenarios para sus guerras particulares. La gran prueba de fuego de la infantería suiza fue la batalla de Sempach en 1386, en la que consiguieron aniquilar a los caballeros enviados por Austria para someter Suiza.

                En vista del buen resultado la Dieta de la Confederación Suiza tuvo el acierto de favorecer la contratación de semejantes unidades, que también se hicieron famosas en otros puntos de una Europa en transformación. Alcanzaron el pináculo de su fama hacia 1476-77, cuando contribuyeron decisivamente a la derrota del borgoñón Carlos el Temerario.

                Muchos monarcas y señores vieron la necesidad de contratar también sus servicios, como el francés Luis XI, que dejó a un lado las fuerzas de arqueros ensayadas por Carlos VII a partir de la experiencia en la guerra de los Cien Años. Los Papas de Roma formaron una afamada Guardia con ellos.

                            

                Por el contrario, el rey de romanos Maximiliano de Habsburgo, abuelo de Carlos V, alentó la formación de unidades de infantería al estilo suizo, los landsknechte, compuestos de aventureros y guerreros de toda clase y condición. Las nuevas fuerzas requerían mucho dinero, sólo al alcance de pocos. Paulatinamente las grandes monarquías europeas crearían sus remozadas infanterías, como la española, y el reinado de los suizos en los campos de batalla se desvanecería.