LUCES Y SOMBRAS DE LA NUEVA ESPAÑA. Por Víctor Manuel Galán Tendero.
La Nueva España tuvo una gran importancia dentro de la extendida Monarquía hispánica, tanto por su estratégica ubicación como por su riqueza, sobresaliendo el México Central. Experimentó el territorio mexicano desde 1540 una verdadera expansión económica de la mano de la agricultura, la minería, la artesanía y el comercio. Entre 1531 y 1580 el cultivo de la seda se extendió por tierras de Mixteca, proveyendo de buen género a los obradores de Ciudad de México, Puebla y Antequera. Florecieron entonces las hilaturas de seda y de lana, junto con la elaboración de muebles, satisfaciendo junto a las necesidades locales las de puntos del virreinato de Perú. La producción azucarera arraigó en Cuernavaca y los maíces de Puebla alimentaron a la Ciudad de México y a las flotas de Indias.
No pocos españoles vieron en la Nueva España una auténtica tierra de promisión, hasta tal punto que las 63.000 personas blancas de 1570 se convirtieron en 125.000 en 1646. La Ciudad de México concentró el mayor número de población originaria de Europa, pasando por las mismas fechas de 18.000 a 48.000 personas. En su cúspide se situaron encomenderos y comerciantes, los del Consulado, que no desdeñaron en absoluto los modos de vida aristocráticos de los encomenderos.
Sin embargo, la fragilidad de aquel sistema era evidente, al reposar sobre la explotación de la mano de obra amerindia. En el centro de México los 16.871.408 amerindios de 1532 se vieron diezmados a 1.069.255 en 1608, acusando las duras condiciones de trabajo y las severas epidemias de 1546-48 y de 1576-81. No pocos de los supervivientes, desorientados, cayeron en el alcoholismo. Sus comunidades terminaron perdiendo tierras y aguas a favor de los blancos, que alentaron la ganadería.
Tal pérdida de población afectó inevitablemente a la economía, tanto a los trabajadores como a los consumidores. En 1595 el virrey Velasco se quejó de la carencia de abastecimientos y de la subida de los precios, provocando dificultades dignas de las vividas por entonces en la península Ibérica. Los estratos más modestos de la población blanca acusaron igualmente el golpe. No bastaron los repartimientos de mano de obra amerindia y se compraron numerosos esclavos africanos, cuyo número pasó de 20.000 en 1570 a 35.000 en 1650. La competencia de las sedas chinas, una vez establecida la ruta del Galeón de Manila, y las restricciones que la corona impuso a la producción y comercialización de la sedería novohispana empeoraron el panorama.
Con todo, la producción minera de metales preciosos aumentó de 1570 a 1620, dispensando las fabulosas minas de Zacatecas un tercio de toda la plata novohispana. Allí llegaron a trabajar hasta 5.000 mineros, amerindios nómadas muchos de ellos. A partir de 1620 se hizo patente la escasez de mercurio de Almadén, conducido a Perú en mayor proporción por orden real. Con paso firme, la economía novohispana se fue orientando a explotaciones rurales que alcanzarían gran nombradía, las haciendas, sobresaliendo los ranchos del Norte. Se calcula que en los pastizales situados al Mediodía de Querétaro se acogieron en 1580 unas 200.000 ovejas, 100.000 vacas y 10.000 caballos. Por entonces estaba emergiendo con vigor una Nueva España criolla y mestiza.
Para saber más.
John Lynch, España bajo los Austrias/2. España y América (1598-1700), Barcelona, 1984.

