PEDRO IV IMPONE SU DOMINIO EN MALLORCA. Por Víctor Manuel Galán Tendero.
La conquista (o “reintegración”) del reino de Mallorca a la Corona de Aragón no fue un acontecimiento cualquiera, pues vino acompañada de una fuerte lucha legal y propagandística en el competidísimo Mediterráneo Occidental de la época.
Un domingo 25 de mayo de 1343 Pedro IV de Aragón desembarcó al frente de sus tropas en la bahía de Santa Ponça, donde libró batalla con las fuerzas de Pedro III de Mallorca, que derrotado terminó marchando hacia el Rosellón. Un acuerdo ya concertado con el patriciado mallorquín (encabezado por el linaje de los Roig) le abrió las puertas de la Ciudad de Mallorca el viernes 30 de mayo. Las devaluaciones monetarias, los impuestos comerciales y las confiscaciones forzosas de un Jaime III visto como autoritario, en un tiempo de crecientes dificultades, allanaron el camino de Pedro IV.
El domingo de Pentecostés (ya primero de junio) el rey aragonés se encontraba de excelente humor, haciendo gala de su sarcástico humor, y el día siguiente ordenó la liberación de los caballeros roselloneses Pere de Fenollet y Asmar de Mosset. Pedro IV quiso ganarse así la voluntad de la nobleza de los territorios continentales del reino de Mallorca (el Rosellón, la Cerdaña y el Conflent), igualmente descontenta con la autoridad de Jaime III. Al alcaide del estratégico y simbólico castillo de Bellver, Nicolau de Marí, le exigió la rendición. Tras una noche de negociaciones, Pedro IV obtuvo el dominio de tan singular fortaleza el miércoles 4 de junio, evitándose una enconada batalla.
Aunque el rey pensó en escribir la Crónica de su reinado en 1349 (una vez derrotadas las Uniones aragonesa y valenciana y vencida la batalla de Lluchmajor a Jaime III de Mallorca), su Libro III (el de la empresa de Mallorca) no comenzaría a estar listo hasta 1382-3 y ya de manera definitiva en 1385, tras años de intensos conflictos y no menos intensa recopilación documental. El secretario de su Cancillería Bernat Descoll, que sustituyó a Bernat de Securó al frente de las tareas, y el ayudante de la real cámara Arnau de Torrelles sobresalieron en su redacción definitiva. Supieron utilizar con destreza el archivo real como arma política.
Con vivo interés, la Crónica presenta la conquista como un paseo militar, pero su teatralización de la piedad (con órdenes de contención de los almogávares, perdones y rezos) no evitó que aflorara el humor mordaz y cínico de Pedro IV. Fue una persona que se hizo adulta convencida que el poder no le correspondía inicialmente, fuertemente amenazada de joven y temerosa de perderlo todo. Sus sarcasmos, a su modo, fueron las demostraciones de su fuerza, de su corazón de león. Quizá sabía mejor que nadie que un rey lo era más por sus acciones que por su título.
A primera vista, Pedro IV no pareció asimilar en su Crónica con la misma elegancia que el Jaime I del Llibre dels feits los severos golpes de la infancia. Más que el Conquistador no pudiera ocultarlos como él o que fuera de temperamento más hipócrita o contenido, Pedro IV dispuso de unos instrumentos de gobierno superiores a los de su predecesor, un monarca caballeresco con una cancillería todavía en formación. Pedro IV, de todos modos, también gustó de la caballería, como acreditan las gualdrapas alemanas y de tela de oro que hizo poner a su corcel en la entrada triunfal en la Ciudad de Mallorca, unos atavíos dignos de un emperador. No en vano, el rezo a Santa Ana, la madre de Santa María Virgen, puede verse como una forma de tutela de la niña Mallorca por la maternal Aragón. Así recoge este interesante episodio el Libro III de la Crónica de Pedro IV en sus capítulos 36-39, que ofrecemos en versión traducida al castellano actual:
“Y ordenamos que los almogávares se retirasen a las naves para que el pueblo no se asustase ni se espantase. Y fuimos vestido para el calor del verano, y el caballo con gualdrapas a la manera alemana y de tela de oro. Y mandamos poner nuestra señera en la torre más alta del castillo (el del palacio de la Almudaina), que llaman del Ángel. Y fuimos a la capilla de Santa Ana y allí hicimos nuestras oraciones. Y el domingo después, que fue Pentecostés, primero de junio, hicimos celebrar oficio solemne y comimos con los barones. Y respondimos un día en nuestra cámara, riendo: "Pedro, por la gracia de Dios, rey de Aragón, de Valencia, de Mallorca, de Cerdeña y de Córcega, y conde de Barcelona, porque el reino de Valencia está muy ennoblecido y mejorado". El lunes después ordenamos la liberación de mosén Pere de Fenollet y de mosén Asmar de Mosset, que estaban retenidos. El martes después enviamos a exigir a Nicolau de Marí la entrega del Castillo de Bellver bajo pena de muerte si no se rendían.”

