PONER ORDEN EN LAS HUESTES LOMBARDAS. Por Víctor Manuel Galán Tendero.

28.12.2025 11:19

              

               En el 636 ascendió al trono de los lombardos el duque de Brescia, Rotario. En su reinado, que duró hasta el 652, batalló contra los romanos de Oriente, que habían establecido el exarcado de Ravena, establecido hacia el 584. Les ganó las tierras de Liguria y del valle del Po. Por aquellas fechas los romanos de Oriente habían perdido sus posiciones de Hispania y se enfrentaban a duras pruebas en los Balcanes y en el Próximo Oriente, con los inicios de la expansión árabe. Rotario aprovechó bien la ocasión, dictando en el 643 un importante Edicto en el que regulaba cuestiones tan importantes como las del orden a observar en los ejércitos.

               El ejército de los lombardos era comandado por los mismos reyes, al igual que en otros pueblos germánicos. Todo atentado o conspiración contra su vida estaba castigado con la pena de muerte y la confiscación de bienes. Como según el mismo Rotario los corazones de los monarcas estaban en manos de Dios, todo aquel que cumpliera una orden de muerte del rey sería exonerado de culpabilidad. Estos problemas no eran privativos de los lombardos, sino compartidos con otros reinos germánico-romanos. En el V Concilio de Toledo, convocado por el monarca visigodo Chintila en el 636, se amenazó gravemente a los conjuradores y se vedó toda adivinación sobre el porvenir del monarca reinante.

                Los reyes lombardos eran asistidos por una serie de comandantes o duques, siguiendo la denominación de los romanos. Los duques lombardos, al igual que los romanos del Bajo Imperio, no debían ejercer poderes civiles sobre el territorio a cargo. No obstante, se penalizó con veinte sueldos en efectivo a todo aquel de sus tropas que le impidiera administrar justicia, satisfaciéndolos tanto al mismo duque como al rey. De la importancia de la penalización da idea que un traumatismo craneal de un siervo doméstico se sancionaba con sólo cuatro sueldos.

                Tuvieron severos problemas los monarcas lombardos con sus subordinados, hasta tal extremo que se amenazó con la muerte y la privación de bienes a los que intentaran huir de sus dominios, introducir enemigos o auxiliarlos. También debieron satisfacer veinte sueldos todos aquellos que no desearan obedecer las órdenes de custodiar las fortificaciones o puestos de vigilancia, de particular importancia frente a los romanos de Oriente y el control del territorio.

               Las relaciones entre el duque y sus soldados no fueron fáciles, amenazándose a los sediciosos con la pérdida de la vida. Podía intervenir en caso de conflicto el encargado civil de administrar justicia, el gastaldo. Asistía entonces al militar acosado injustamente por un duque, llevando su caso ante su duque o el rey. De todos modos, un duque también podía ayudar legalmente al militar de ser el gastaldo el infractor.

               La camaradería de armas dejaba a veces mucho que desear, y era ejecutado todo aquel que abandonara a sus compañeros en el combate o los traicionara. El reparto del botín ocasionaba no pocos problemas. El duque debía atender las reclamaciones de bienes de un militar dentro del ejército. En caso que el duque o el juez nombrado por el rey no observara la verdad, pagaría veinte sueldos al interesado y al rey mientras la causa prosiguiera. Con el ejercicio de la justicia, Rotario se esforzó en preservar la autoridad y formas de gobierno propias del Bajo Imperio, ante el incuestionable vigor de las fuerzas centrífugas.

               Fuentes.

               Edicto de Rotario, Biblotheca Legum, en línea.