PROTEGER AL REY DE PORTUGAL. Por Víctor Manuel Galán Tendero.

02.06.2021 14:59

               

                Durante la Baja Edad Media, se fueron configurando los ejércitos cada vez más permanentes de los competitivos reinos de Europa. En el ajedrez del campo de batalla, la protección del rey era esencial, pues a su condición de cabeza del reino se sumaba muchas veces la de comandante supremo de las tropas.

                Dentro de la mesnada real, se fue diferenciando una fuerza más específica encargada directamente de la protección del monarca. Existía en 1335 una guardia de cámara en el reino de Portugal, la de Alfonso IV, con un capitán al frente. El guarda mayor del enérgico Pedro I (1357-67) fue Joâo Lourenço Buval.

                Consta que en la batalla de Aljubarrota (1385) Juan I estuvo acompañado de su guardia, que no solamente asumiría funciones palaciegas. Aquel mismo rey la reordenó, junto a otros elementos de la administración, y se estableció que en la casa real deberían vivir ochenta escuderos, como mucho, incluyendo los mismos guardias reales.

                Las ordenanzas de Alfonso V no la descuidaron, ni de lejos, mediado el siglo XV. La seguridad regia se encomendó a veinte fieles caballeros o escuderos, capitaneados por un hombre de máxima confianza. Por tal responsabilidad recibió anualmente 10.000 reales Gonçalo Rodrigues de Sousa.

                El capitán Pedro Anes do Rio, en 1449, supervisó el cumplimiento de los deberes de los guardianes, retirando los privilegios a los remisos. Tenía la obligación de mantenerlos entrenados, con ejercicios caballerescos dominicales, a cambio de medio marco de plata por caballero y de sus luctuosas en caso de muerte, como si de su propio sacerdote párroco se tratara.

                Bien armados, los guardianes llegaron a tener la función única de proteger la real persona, en una época políticamente agitada.

                Con Juan II (1481-95), el llamado príncipe perfecto, se perfeccionó la institución. En una nueva ordenanza se estableció que el rey fuera acompañado de sesenta lanzas, más tarde aumentadas hasta doscientas. Más allá de su misión estricta, la guardia real había participado y favorecido el desarrollo militar y administrativo del expansivo Portugal de la Baja Edad Media y comienzos de la Modernidad.

                Bibliografía.

                Joâo Gouveia, A guerra em Portugal nos finais da Idade Média, Lisbia, 1998.