RAGUSA, CIUDAD-ESTADO ENTRE IMPERIOS. Por Víctor Manuel Galán Tendero.

07.06.2020 12:11

                En su clásico El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en época de Felipe II, Fernand Braudel contempló el siglo XVI como el de los grandes imperios, capaces de eclipsar a las ciudades-Estado de la Baja Edad Media. El ápice del poder de los imperios español y otomano así lo acredita. Sin embargo, no todas aquéllas padecieron tal fortuna. Venecia fue capaz de enfrentarse al poder español con razonable éxito y Génova de extraerle buenos provechos. La rival de los venecianos en el Adriático, Ragusa, se condujo con gran habilidad en aquel Mediterráneo de imperios en colisión.

                La Ragusa independiente emergió en 1358 de la derrota del poder de Venecia a manos del rey de Hungría y de sus aliados. Al principio de esta andadura, tuvo que satisfacer un canon y asistir navalmente el rey de Hungría, pero aquella dependencia era más nominal que verdadera. Los raguseos ampliaron sus dominios terrestres en 1399 por compra al rey de Bosnia y se dotaron de instituciones republicanas, con puntos de similitud con las venecianas.

                Aunque a su frente se encontrara un rector temporal, el verdadero poder correspondía a su aristocrático consejo mayor, que escogía el más ejecutivo consejo menor, de once integrantes hasta 1667. Con el paso de los años, ganó protagonismo el senado, con cuarenta y cinco miembros mayores de cuarenta años. La nobleza ragusea controlaba todo este entramado y los ciudadanos enriquecidos solo podían ejercer funciones de gobierno subalternas. Para asegurar la posición de los nobles, se prohibieron los matrimonios con personas de otra categoría social. El catolicismo de la república de San Blas, contrario a sus vecinos ortodoxos, no impidió que acogiera a familias sefardíes tras la expulsión de 1492.

                Aliados de Ancona y enemigos de Venecia, Ragusa jugó con habilidad en el tablero diplomático. Supieron entenderse con los poderes más fuertes del momento, sin exponerse a represalias de los contrarios. Si en 1443 lograron no pagar por sus mercancías tres dineros por libra en la Corona de Aragón, liberándose de la condición legal de italianos, acordaron en 1458 un tratado con el sultán otomano, triunfante en Constantinopla y en los Balcanes. En 1480 los turcos tomaron fugazmente Otranto y al año siguiente Ragusa les pagó un tributo anual de 12.500 ducados, lo que no impidió que prosiguieran sus tratos con el reino de Nápoles.

                Enclavada en un importante cruce de caminos entre la Europa central y la balcánica, sus consulados desempeñaron un importante papel en el comercio internacional de metales, especies y textiles, alcanzando desde el mar Negro al estrecho de Gibraltar. Algunos raguseos tomaron parte de forma indirecta en el tráfico con la América española. Conocedores de su valor como intermediarios (con doscientos barcos en su mayor período de gloria) los poderes imperiales del momento los toleraron.

                Por mucho que procuraran no enemistarse con sus poderosos vecinos otomanos, avisaron puntualmente de los movimientos de sus armadas a los españoles desde 1543. En el reinado de Felipe II se afianzó la alianza hispano-ragusea, a despecho de la no participación de la república de San Blas en Lepanto, y en 1566 se autorizó a sus comerciantes a proveerse anualmente de mil carros de trigo en el reino de Nápoles. Aquí también invirtieron los eclesiásticos raguseos en distintas rentas. La hostilidad común hacia Venecia fortaleció la alianza hasta bien entrado el siglo XVII y en la vida política de la república apareció el partido salamanquino, pro-español, aristocrático y partidario de formas autoritarias de gobierno. Sus rivales del partido sorbonés se inclinaban hacia Francia.

                El espantoso terremoto de 1667, seguido de un incendio no menos terrible, costó la vida de al menos cinco mil personas, según los documentos de la época, y ha sido considerado una adversidad de primer orden para Ragusa. Se solicitó la ayuda del virreinato de Nápoles a la Monarquía hispánica, recordando anteriores privilegios comerciales.

                Los raguseos supieron navegar en aquellas turbulentas aguas mediterráneas y se aprovecharon en 1713 de la alianza hispano-francesa para denunciar un complot de los partidarios españoles de Carlos de Austria en Viena para entregar la ciudad a los turcos. Fueron tan diestros diplomáticos como astutos comerciantes.

                Fuentes y bibliografía.

                ARCHIVO GENERAL DE SIMANCAS. Estado, Legajo 3592, 74.

                Harris, R., Storia e vita di Ragusa. Dubrovnik, la piccola Repubblica adriática, Treviso, 2008.