RENDIR MONTESA, UNA EMPRESA COSTOSA Y ARRIESGADA. Por Víctor Manuel Galán Tendero.

03.08.2026 12:15

             

              Entre el 21 de agosto y el 29 de septiembre de 1277 Pedro III de Aragón asedió una fortaleza imponente, la mola y el castillo de Montesa en manos de los musulmanes alzados contra el dominio cristiano desde 1276. Dejando aparte las valoraciones de cronistas como Bernat Desclot, unos centenares de combatientes islámicos se apiñaron allí (un punto tan fuerte como limitado) frente a las huestes del monarca aragonés, que rondarían el millar de caballeros y un número superior de fuerzas de infantería.

              Se libró una verdadera guerra de desgaste, talando los campos circundantes de la fortaleza para inducir a sus defensores a la capitulación. Mantener tal sitio resultó ser una pesada carga financiera de decenas de miles de sueldos en un momento de escasez de las arcas reales. El apurado Pedro III echó mano del impuesto de su coronación, exigió tributos extraordinarios a las comunidades mudéjares que se habían mantenido obedientes y se endeudó más con los financieros judíos.

              Esta empresa hubiera sido del todo impensable sin la asistencia de los veteranos servidores del difunto Jaime I, como el obispo de Huesca y su círculo, y la ejecución en 1275 del hermanastro de Pedro III, don Fernando Sánchez de Castro, que encabezó la oposición aristocrática aragonesa al autoritarismo real. Sin embargo, los ricos hombres de Aragón no cejaron en su oposición y los barones de Cataluña comenzarían en 1277 una rebelión ante la exigencia del impuesto de coronación.

              De la ayuda ofrecida por la Castilla de Alfonso X, que miraba con deseo los territorios valencianos, Pedro III desconfió, resultándole en verdad favorable la crisis política abierta en Castilla tras la muerte del heredero al trono don Fernando de la Cerda. La guerra de la Navarrería de 1276, por otra parte, obstaculizó una acción más contundente de los navarros contra las fronteras aragonesas. A pesar de todo, el señor de Albarracín Juan Núñez I de Lara sí se mostró bien presto a ponerle las cosas difíciles a Pedro III. Tras rendir homenaje a Felipe III de Francia, sirviéndole con trescientos caballeros a cambio de catorce mil libras tornesas, ayudó a sus gobernadores a imponer su control sobre Navarra. En 1277 atacó al rey aragonés desde Estella y Albarracín.

              En los comienzos de su reinado, pues, Pedro III se vio sometido a una durísima prueba, que acreditó su temple y veteranía previa. Tras rendir Montesa y sofocar la insurrección mudéjar en el reino de Valencia, tomó en 1280 Balaguer (epicentro de la rebelión acaudillada por los condes de Urgel y de Foix) y en 1284 asedió y rindió por hambre la fuerte Albarracín. Sucesivamente las tomó con sus modestas fuerzas.

              El asedio de Montesa reverdeció las lecciones de las campañas valencianas y murcianas de Jaime I, y dispensó una notable experiencia táctica, logística y psicológica a Pedro III, que aplicaría exitosamente ante Balaguer y Albarracín. Las fortalezas encaramadas a molas de roca natural se conquistaban por asfixia, alzando bastidas o fortificaciones provisionales de cimientos de tierra apisonada y fajinas con notables armazones de madera, a la par que lanzaba a los almogávares a asolar los cultivos de alrededor. También acreditó el enorme valor propagandístico y moral de figurar el monarca en primera línea, en lugar de conducirse como un comandante distante.

              Ciertamente el cerco de Albarracín representó un culmen de la guerra de asedio de Pedro III, al tender una verdadera línea de circunvalación de bastidas a lo largo de los cerros y las crestas ante Albarracín, con la bastida real en las eminencias de la Torre del Andador, desde donde sus alacranes y trabucos arrojaban piedras contra unas murallas más bajas, destruyendo techumbres y aljibes. Años antes, frente a Montesa, Pedro III se tuvo que conformar con erigir bastidas más elementales por los aprietos del tiempo y de la falta de dineros. No se pudo bombardear con eficacia al estar emplazadas a una cota inferior a las de Albarracín. En estas circunstancias, el rey de Aragón no tuvo más remedio que ordenar un arriesgado asalto a pie, trepando por las laderas bajo una lluvia de piedras.

              Pedro III se decidió contundentemente por la guerra psicológica del liderazgo de vanguardia. Según Bernat Desclot, embrazó su escudó, se caló su yelmo y encabezó la ascensión a la mola junto a sus caballeros más fieles. Los mudéjares le lanzaron una granizada masiva de piedras y rocas desde los adarves, destrozando el escudo del rey. Arriesgar su vida fue su mejor arma de asedio, en un acto audaz forzado por la precariedad de su situación militar y política. Así fue tejiendo Pedro III su propia leyenda.

              Para saber más.

              Christopher Gravett, Guerras de asedio en la Edad Media, Madrid, 1994.