REYES HOMÉRICOS. Por José Hernández Zúñiga.

28.05.2018 15:41

               

                Los poemas que solemos atribuir a Homero han dado pie no solo al disfrute y al homenaje literario, hecho a veces maravillosamente, sino también al acercamiento a un mundo tan remoto como fascinante, el de la Hélade de los micénicos a las primeras polis. Época tan brillante como a veces oscura, llamada en el pasado la Edad Media de los griegos tras la caída del poder micénico, ha sido iluminada más si cabe con el trabajo de la arqueología, de la lingüística y de la crítica histórica.

                En la Ilíada apreciamos una coalición de reyes comandada por un gran rey que intenta conquistar la ciudad regida por otro poderoso monarca, y en la Odisea a otro rey que intentando retornar a su reino se convierte en soberano de sí mismo. Las andanzas de sus personajes han suscitado enormes reflexiones morales. Con mayor laconismo, la historia intenta extraer el licor de la verdad, o algo que se le aproxime, de los monarcas helénicos del siglo XI al VIII antes de Jesucristo.

                En aquel tiempo los reyes ya se enorgullecían de su estirpe al modo aristocrático, y consideraban que el origen de su poder (simbolizado en su cetro) era divino. Hefestos, según la Ilíada, elaboró el cetro que empuñó el mismísimo Zeus, que más tarde regalaría a Hermes. Más tarde fue pasando a Pélope, Atreo y Tiestes antes de llegar a Agamenón, el rey de reyes que comandaba a las huestes que se afanaban en rendir Troya.

                Aquellos monarcas eran tipos con autoridad, habilidad y riqueza, capaces de hacerse respetar por su energía individual. Pélope fue domador de caballos, Atreo caracterizado como pastor de pueblos, y Tiestes como señor de numerosos ganados.

                No era nada conveniente enojar a los reyes, según reconocen con franqueza los poemas homéricos. El temor ayudaba a mantener el orden jerárquico, pero entre los distintos reyes también imperaban las normas del intercambio aristocrático de dones o de presentes, ejemplo de buenas relaciones según los cánones de las sociedades antiguas.

                Sin embargo, como certeramente observó Pierre Vidal-Naquet, los poemas homéricos nos hablan más del descenso que del ascenso social, y en los mismos encontramos a Eumeo, el hijo de rey que acabó de porquero de Laertes. En el competitivo mundo de los micénicos y en el que le siguió, el del retorno de los Heráclidas, la suerte podía trocarse en adversidad, como muy bien experimentó el bregado Ulises.